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El fenómenu de Pablo Iglesias: saber enciclopedicu

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Sigue provocando les risaes de mediu mundu col so saber enciclopédicu: estos díes, colo de Barcelona y Cambrils, dixo "wasabismo" (que debe ser l'enfotu en comer wasabi, supónse, la salsa d'un rábanu picante del mesmu nome) con "wahabismo", que ye l'islamismu salafista.

Más disparates qu'aquel otru fenómenu que ye Rodríguez Zapatero.

¡Polo menos entretiénnenos, porque ilustranos...!

Bocayaes (I)

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Con frecuencia sentimos: "hai que cambiar el modelu económicu (o productivu)" o les sos variantes: "el Gobiernu nun fai nada por camudar el modelu económicu", etc.
Bocayada.
Naide puede cambiar el modelu económicu. El Gobiernu nun puede cambiar el modelu económicu (o productivu). Son los axentes económicos, los empresarios, les empreses, los que van camudando, si acasu, el status quo económicu, y faenlo si nun ganen perres no que les están ganando o si van amenorgando la so capacidá de ser competitivos (primera condición), y si tienen, pa pegar el saltu a otres actividaes, los conocimientos, la tecnoloxía y el capital necesariu.
Pero nun se puede camudar de modelu económicu como se camuda de chaqueta, nin se fai mediante una inserción nel BOE (o nel BOPA). Además, los gobiernos NUN PUEDEN (nun pueden, digo, que significa "ser pa ello" non "deber") cambiar el modelu productivu: nin son pa saber qué ye lo que fai falta nel futuru, nin, de sabelo, pa diseñalo o ponelo en práctica. NINGÚN GOBIERNU (salvo que sea un gobiernu totalitariu, como'l de Cuba, Corea del Norte, la URSS, etc. y fabrique entós calcetos que naide quier y dexe de fabricar bufandes azules, poles que tol mundu nagua, por un decir) PUEDE.
Y toles esperiencies parciales nesi sentíu (como bien sabemos n'Asturies) de xente que "planifica" dende l'Alministración y la burocracia nun son más que desastres económicos, eso sí, qu'abelluguen amigos y enchufaos y anicien grupos de presión, sindicatos y colectivos sociales.
¿Y por qué cree vusté que dende'l 2002 vien diciendo'l PSOE que hai que camudar el modelu económicu -con aquellos dos pintorescos Rodríguez Zapatero y Miguel Sebastián Gascón atestoniando nello tol día, como agora lo repite Pedro Sánchez- y nun lo fizo? 
PORQUE YE UNA BOCAYADA



LA CELADA REQUESONIL MADRILEÑA

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Madrid —el poder allí ubicado, al menos— parece con frecuencia convertir los sesos en requesón, pero no de modo ficticio, como en el quijotesco episodio de los leones, sino de forma, aunque metafórica, más bien real. Un empirista decimonónico atribuiría, tal vez, esos efectos al calor del secarral mesetario; un sociólogo contemporáneo doblado en psicólogo, a la progresiva conversión de políticos y partidos hacia un progresivo autismo autocrático.

Una de las más destacadas manifestaciones de ese autismo autocrático estriba en el desconocimiento de lo que es la realidad del Estado a la hora de legislar. La última muestra de ello es lo que la ley Wert de educación (LOMCE) prevé en relación con la enseñanza del asturiano o del aragonés: nada, o, mejor, su eliminación del currículum, puesto que no se contempla un hueco para la impartición de la asignatura. Entiéndanme bien, no es tan solo que se dé un trato justo o injusto al asturiano, que, una vez más, se lo persiga y prohíba de facto, sino de algo más profundo: la ley desconoce la existencia de estatutos de autonomía —textos de cosoberanía que priman sobre cualquier ley orgánica parcial— que garantizan la enseñanza de una lengua no declarada «cooficial» y depositan la capacidad de reglar su impartición en la comunidad política depositaria de esa soberanía. En otras palabras, y en nuestro caso, el gobierno y el ministro hacen caso omiso del Estatuto de Autonomía de Asturies y su derivada Ley de uso y promoción del bable/asturiano.

¿Desconocen por completo su existencia? ¿Es posible que ninguno de los asesores jurídicos del Estado haya hecho advertencia de ello? ¿O es simplemente que, no siendo nadie los asturianos, ni siquiera se den cuenta de nuestra presencia y realidad? En todo caso, la obligación de los mandatarios es conocer el conjunto del estado y las leyes que obligan en sus actos.

Es cierto que, seguramente, desde aquí, ni una palabra habrá sido dicha por los conmilitones asturianos del PP. En primer lugar debido a que a ellos les es bastante despreciable la realidad del asturiano y una nonada nuestra autonomía, en segundo lugar porque, como todos los partidos centralistas asturianos, están a lo que les manden desde sus casas centrales, y no a plantear problemas desde la sucursal. En el caso del PSOE, la consejera de Educación, doña Ana González, dice aquí haber manifestado alguna cosa, a modo de protesta, en Madrid, pero lo cierto es que esa manifestación no aparece en ningún medio de comunicación estatal. Sí aparecen, por el contrario, las que son las verdaderas «razones» del PSOE para oponerse a la ley Wert, la cuestión de la religión y el igualitarismo milagrero.

Pronto van a cumplirse, por otra parte, seis años de otro acto de desconocimiento de lo que es el Estado, que nos ha llevado a esta situación: la reunión en que don José Luis Zapatero y don Artur Mas se encerraron en La Moncloa con tabaco Marlboro, jurista Caamaño y dos cráneos privilegiados, los suyos, para parir un texto legislativo, el Estatuto de Cataluña, que desconocía la realidad del Estado y de la legalidad, y que, por otra parte, constituyó el mayor engendro jurídico que nunca haya visto la luz en este país, ¡y ha habido muchos! Seguramente, las razones y las pulsiones, sobre todo estas últimas, de don José Luis son muy distintas a las de don José Ignacio para perpetrar sus disparates, pero parten ambas del mismo desconocimiento y desprecio de lo que son el Estado, su realidad y sus normas.

Por cierto, no sería de extrañar que en la actual deriva de don Artur Mas pesasen las burlas y tomaduras de pelo que le hicieron el PSOE y don José Luis: a principios del 2003, el señor Zapatero transmitió en persona, y en el propio palacio de la Generalitat, al Conseller en Cap, señor Artur Mas, la promesa de que Cataluña y Euskadi tendrían más capacidad de autogobierno. Más tarde, PSOE y ERC arrebataron a Mas unas elecciones que había ganado. A continuación, el de León afirmó: «aprobaré el Estatuto que me llegue de Cataluña». El 21 de enero de 2006, el Presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero y el jefe de la oposición de Cataluña, Artur Mas, se encerraron, como he dicho, toda una tarde en La Moncloa para pergeñar lo que pergeñaron. Después, vino lo que vino.

Por cierto, todo ello había arrancado un 30 de agosto del 2003 en Santillana, donde el PSOE —con el «prudente», «centralista», «igualitario», «mesurado» y «hombre de estado» don Javier Fernández a la cabeza— se había propuesto impulsar el «federalismo asimétrico» y establecer españoles de primera y de segunda (o tal vez, incluso, de tercera, los asturianos). Pues bien, hoy, tras aquella desastrosa aventura para todos, tras aquellos polvos y estos lodos, el PSOE, con don Javier Fernández otra vez como principal promotor, se dispone a impulsar un «Santillana2» para tratar de nuevo de instaurar en España el federalismo asimétrico e inigualitario. Y, otra vez, con la finalidad de, entre otras cosas, ayudar a sus íncubos del PSC (o súcubos, que ellos sabrán).

En cualquier caso, un nuevo episodio de esa celada madrileña que, entre el autismo y la autocracia, convierte los sesos en requesones y hace ignorar lo que es el Estado y cuál su legalidad y legitimidad.

Enrique Álvarez Sostres, Antonio Trevín, Mercedes Fernández y Gaspar Llamazares pa EL COMERCIO en semeya d'Álex Piña

PROFECÍAS Y JACULATORIAS

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¿Se han dado ustedes cuenta que desde el año 2008, desde el estallido de la crisis, estamos asistiendo a una continua serie de profecías que no se cumplen y de jaculatorias que no tienen otra efectividad que la de su emisión y, en ocasiones, más que una efímera presencia en el discurso público?

El tiempo de don Rodríguez Zapatero fue pródigo en unas y otras, desde aquella de Leire Pajín —cuando no cholleaba aún en la Organización Panamericana de Salud, sino que fingía ser ministra de Sanidad con pulsera mágica— al anunciar que la confluencia de las presidencias de Obama y Zapatero constituiría algo así como la Parusía, o, al menos, la estrella de Belén («les sugiero que estén atentos al próximo acontecimiento histórico que se producirá en nuestro planeta), hasta las igualmente creativas del simpático don José Luis: «En esta Champions League de las economías mundiales, España es la que más partidos gana, la que más goles marca y la menos goleada», «Quizá España tenga el sistema financiero más sólido de la comunidad internacional», y, en una superación de sí mismo, «Superamos a Italia, pronto superaremos a Francia y en cuatro años alcanzaremos a Alemania».

(Don José Luis y algunos de los suyos, de todas formas, venían con carrerilla. El primero había profetizado que el Estatut «resolvería la cuestión catalana para veinticinco años». Don Javier Fernández y otros conspicuos socialistas asturianos habían saludado desde el balcón de la Generalitat el éxito electoral que abría paso al citado texto, calificándolo de «oportunidad de oro para el progreso y la solidaridad en toda España».)

Pero de aquellas antiguallas ha quedado especialmente en la memoria colectiva la troquelación «brotes verdes», con que doña Elena Salgado anunciaba un futuro más venturoso en 2009 que en 2008. Sin duda lo hizo con tan poco acierto (¿o con tanta cara dura?) como con el que, a finales de 2011, anunció que tendríamos un 6,3% de déficit al terminar el año. Ya saben ustedes que fue tres puntinos más, y que gran parte de nuestro problema de crédito exterior y de nuestras dificultades financieras se deben a ello.

Este año están de moda las profecías del desastre inminente, profecías que, hasta ahora, no se han cumplido y sobre las que, por supuesto, tras manifestarse su incumplimiento, nadie reconoce su error. Les recordaré algunas de ellas. La que reiteró, por ejemplo, que durante el verano se agravaría la prima de riesgo y que se acercaría a los 600 o 700 puntos obligando a la intervención. O las tres veces que, en poco más de un mes, la «siempre bien informada» agencia Reuters anunció la inmediata petición de rescate por parte de España, en una de cuyas ocasiones tuvo el señor Rajoy una hilarante intervención que, naturalmente, muchos corrieron a descalificar y a acusar de mentirosa. ¿Qué quieren que les diga, sino recordar a John Galbraith: «Las predicciones económicas convierten la astrología en una ciencia respetable»?

Y, respecto a las jaculatorias, ¿qué les voy a contar? La verdad es que sus relatores las emiten con unción reverencial, confiados en su valor milagroso o apotropaico, aunque sean, en la práctica, nada más que eso, jaculatorias, píos recitados con que pedir el milagro o espantar el miedo.

¿Se acuerdan ustedes de aquel «Hay que cambiar el modelo económico», como si ello pudiese hacerlo por decreto o voluntad y de un día para otro? ¿Y que me dicen de la petición de la emisión de eurobonos, imposibles a no ser que previamente se den las necesarias condiciones de unificación de déficits y control de los presupuestos (es decir, cesión de toda soberanía nacional) por un organismo central?

¿O qué de la recitación que exige unir austeridad y estímulos al crecimiento, como si ello fuese posible sin reducir notablemente el gasto (y, por tanto, el gasto social), aumentar aún más los impuestos (contrayendo la demanda) o propiciando la inflación mediante la emisión de moneda (para lo que evidentemente no tenemos instrumento alguno)? En fin, como he contado recientemente, las huelgas generales que, en el fondo, piden que la realidad no sea como es son otra especie de jaculatoria, una fórmula de itinerancia apotropaica cuya ejecución y virtud son las mismas que las de las rogativas para impetrar el agua o el cese de esta.

En todo caso, y ya que vamos de profecías, permítanme que yo reitere otra: si las variables de argentinización de nuestra sociedad y las de la evolución de la cuestión catalana no pesan demasiado; si, como parece posible, los asuntos de la estabilidad del euro y de la financiación bancaria se resuelven, si cumplimos razonablemente el objetivo de déficit, pronto se calmará el panorama y, antes de lo que pensamos, empezaremos a crecer, aunque muy lentamente.

Tengan por seguro que, por equivocarme, no me premiarán, como a doña Elena Salgado, con un chollín en ENDESA de muchos miles de euros anuales. Me los quitarán, aun acertando, PSOE, IU y UPyD. Pero ese es otro tema, que para ustedes, sin duda, tiene un interés menor.

¿Está cobrando Artur Mas las humillaciones pasadas?

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A principios del 2003, el señor Zapatero transmitió en persona, y en el propio palacio de la Generalitat, al Conseller en Cap, señor Artur Mas, la promesa de que Cataluña y Euskadi tendrían más capacidad de autogobierno.
 El 21 de enero de 2006, el Presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero y el jefe de la oposición de Cataluña, Artur Mas, se encerraron toda una tarde en La Moncloa y, tras fumar un montón de paquetes de tabaco, llegaron a un preacuerdo sobre la definición de Cataluña en el nuevo Estatuto y sobre el modelo de financiación.
            Con posterioridad, el Tribunal Constitucional vertió agua en el vino de las promesas y libaciones de Rodríguez Zapatero y Artur Mas.
            Para Artur Mas aquello hubo de ser una tomadura de pelo y una humillación personal. Algo de eso, sin duda, ha de pesar en su actitud y sus decisiones actuales (al margen de sus razones ideológicas, emocionales o estratégicas).
            Y, para rematarlo, viene a "Madrid" a pedir un concierto económico a Mariano Rajoy y le dicen otra vez que no.
           Al margen de otras cosas y de otras razones, en lo personal, Artur Mas ha de ser una ser buscando resarcirse de tanta humillación.

Mas, humillado y vengante

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A principios del 2003, el señor Zapatero transmitió en persona,  y en en el propio palacio de la Generalitat, al Conseller en Cap, señor Artur Mas la promesa de que Cataluña y Euskadi tendrían más capacidad de autogobierno.
 El 21 de enero de 2006, el Presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero y el jefe de la oposición de Cataluña, Artur Mas, se encerraron toda una tarde en La Moncloa y, tras fumar un montón de paquetes de tabaco, llegaron a un preacuerdo sobre la definición de Cataluña en el nuevo Estatuto y sobre el modelo de financiación.
            Con posterioridad, el Tribunal Constitucional vertió agua en el vino de las promesas y libaciones de Rodríguez Zapatero y Artur Mas.
            Para Artur Mas aquello hubo de ser una tomadura de pelo y una humillación personal. Algo de eso, sin duda, ha de pesar en su actitud y sus decisiones actuales (al margen de sus razones ideológicas, emocionales o estratégicas).
            Y, para rematarlo, viene a "Madrid" a pedir un concierto económico a Mariano Rajoy y le dicen otra vez que no.
           Al margen de otras cosas y de otras razones, en lo personal, Artur Mas ha de ser una ser buscando resarcirse de tanta humillación.

¿Cómo fue lo de Cataluña? Los viejos camelos federales del PSOE

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PSOE: CAMELORUM FEDERALORUM ( LA NUEVA ESPAÑA, 22/09/03)
                                              


            Permítaseme sentar, ante todo, una premisa, la del punto de vista desde el que se escribe este artículo. Para quien lo hace, el cáncanu de Asturies, nuestro mal colectivo, nuestra enfermedad social —de la que es principal consecuencia la decadencia económica— no es un exceso de Asturies o de identidad, sino un exceso de España y un alto menosprecio de lo propio. No tenemos un problema con el resto de España, sino con nosotros mismos. No necesitamos, pues, más España, sino más Asturies.
            Y dicho eso, pasemos ya al objeto de este artículo, al análisis de lo que significan el ruido y las propuestas del PSOE en torno a la reforma de los estatutos de autonomía y su vago discurso federalista. Pero, sobre todo, centrémonos en lo que pinta Asturies en todo ello y en lo que significa para nosotros, como ciudadanos del Estado español. 
El documento donde esos asuntos se plasman es el llamado «Manifiesto de Santillana». Constituye, básicamente, un conjunto de vacuidades a las que se suman algunas propuestas un poco más concretas pero no muy precisas, como las de la reforma del Senado, la conferencia de Presidentes o la de una cierta presencia de las autonomías en la toma de decisiones de la Unión. Sobre ello una idea general: la de que se modificarán solamente algunos estatutos, los que sean precisos y cuando exista un consenso generalizado al respecto. Podríamos pensar la declaración constituye un puro acto propagandístico (que mucho hay de ello) o tener por bueno lo que susurran muchos socialistas: que una vez pasadas las elecciones catalanas, y cumplido el trámite de prestar al candidato Maragall un soporte de credibilidad autonomista / catalanista, todo quedará en agua de borrajas. No lo hagamos: creámoslos, tomémoslos en serio.
En política el significado fundamental de los textos no reside en sus palabras, sino en los móviles y destinatarios del mensaje, así como en las circunstancias del mismo y en su virtualidad para convertirse en realidad: acción social o norma. Es sabido que, desde el primer momento de la constitución del estado de las autonomías, vascos y catalanes no se encuentran cómodos en su encaje constitucional. Una parte porque no quieren estar en España, otra porque no acepta que los niveles de autonomía tengan una cierta homogeneidad en las diecisiete comunidades. De esa manera, vascos y catalanes han hecho, desde 1982, diversas propuestas de modificación del statu quo. La del PSC de Maragall se conceptúa como «federalismo asimétrico» y busca, en sustancia, una Cataluña menos integrada en España y que transfiera menos riqueza al resto de comunidades. La propuesta no solo responde a la concepción que el candidato socialista catalán tenga de su país o del Estado, sino que se constituye como un elemento básico para tratar de captar votantes de CiU en las elecciones autonómicas.
Sobre esta realidad y sobre la necesidad de hacer propuestas en Euskadi de forma diferenciada al PP, es sobre la que se construye el discurso del PSOE de renovación de estatutos para todos y de federalismo (supuestamente, generalizado). Pero en el propio PSOE saben bien que esa propuesta no es más que una artimaña seductora, una manera de edulcorar para el resto de España la voluntad de conceder a Cataluña y a Euskadi más capacidad de autogobierno (voluntad que, por cierto, el señor Zapatero transmitió en persona, a principios del 2003 y en la Generalitat, al Conseller en Cap, señor Artur Mas).
Que esto es así, que no va a haber reformas estatutarias para todos, no lo dice únicamente el panfleto santillanense, lo vienen reconociendo, de forma más explícita o velada, los principales responsables socialistas asturianos. Cuando señalan que la reforma no está en el calendario (Javier Fernández), apelan al consenso generalizado para ella (María Luisa Carcedo), la consideran un teórico futurible (Rubalcaba) o piden antes extraer las máximas potencialidades del actual estatuto (además de los socialistas, se incluyen aquí los comunistas asturianos, de una sorprendente moderación desde que comen del presupuesto también), quieren decir que, con respecto a una ampliación estatutaria seria para Asturies, tararí que te ví.
Por otro lado, además, la generalización de un nuevo “café para todos” dejaría insatisfechos a vascos y catalanes, con lo que la reforma no cumpliría el principal objetivo de la misma, que es la satisfacción de muchos de los pobladores de esos dos países. No menos importante es la propia estructura ideológica del partido proponente, fuertemente centralista en toda España, y muy especialmente en Asturies, que hace muy difícil cualquier avance descentralizador. En el mismo sentido opera el escaso peso que la FSA tiene dentro del PSOE: no hay más que ver los reportajes de los medios de comunicación estatales sobre las reuniones federales o autonómicas del mismo, oír a los responsables del PSOE (incluido Maragall) hablar, para observar que ni los socialistas asturianos existen ni el señor Areces tiene conspicuidad alguna, ni en España ni en su partido.
Y, en otro orden de cosas, a propósito del federalismo. Aun suponiendo que lo que desean los soñadores (dejémoslo así, en soñadores) fuese posible, ¿es que alguien piensa de verdad que una España de diecisiete estados federados (más aún que las entidades previstas por la constitución pimargalliana de la Primera República) es viable? ¿Pero están hablando en serio? Digámoslo con claridad: cuando los que deciden de verdad proponen algún tipo de federalismo, hablan de un Estado a tres o cuatro: Cataluña, Euskadi, España. ¿Sería, de verdad, ahí, mejor o mayor nuestra autonomía como asturianos?
En todo caso, mientras en el conjunto del Estado sean las fuerzas mayoritarias PP y PSOE, las únicas modificaciones esperables de alto calado en la estructura estatal son el reconocimiento de algún tipo de derecho de autodeterminación para Euskadi y un avance simbólico hacia la cosoberanía o el semifederalismo para Cataluña. Así, pues, quienes, en las demás comunidades, se muevan en el discurso federalista (especialmente en esas coordenadas) no harán más que empujar el cumplimiento de las voluntades políticas de esos países, nunca del suyo. Y, de esa forma, empequeñecerán a Asturies y agrandarán la diferencia que nos separa de otras autonomías.
Por eso, pues, resulta lamentable ver al Presidente de los asturianos, el señor Areces, como palmero del señor Maragall. Porque, cuando actúa así, ya sea a título individual (en Barcelona, por ejemplo el 4 de julio de 2001, apoyando al candidato del PSC o proponiendo que sea el estado español (no Cataluña únicamente) el que promocione a Joan Maragall, Carme Riera o Salvador Espriu —pero no a los autores asturianos), ya colectivo (en los órganos estatales del PSOE), va contra los intereses de Asturies, y no únicamente los políticos, sino también los económicos, pues el desenganche de Cataluña significará, sin duda, menos transferencias económicas para los asturianos. 
De modo que los socialistas asturianos, con el Presidente Areces a la cabeza, no solo se están mofando de los asturianos con propuestas de reforma que nunca habrá, sino que están ayudando intereses que son objetivamente contrarios (en los órdenes político y económico) a los de los asturianos. Es un camelo, pero dañino para los asturianos y beneficioso para catalanes o vascos.
Todo parece ser válido para esta gente mientras el engaño les permita seguir manteniendo su negocio.

SOCIALISMO ES BLA, BLA, BLA

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Cuenta la facecia que, en un pequeño pueblo, desesperado porque todas las noches le robaban alguna pera, el dueño decidió apostarse al lado del peral, en silencio y con disimulo. Por fin alguien traspasó la entrada y comenzó a subir al árbol. El dueño se acercó y, cogiéndolo en el aire por las partes dolorosas —esto es, pudendas—, comenzó a apretar mientras preguntaba «¿quién eres?». Solo el silencio le respondía, y, a cada silencio, volvía a efectuar la dolorosa torsión. Al fin, tras varias vueltas, una voz apenas audible, ronca, como salida de las mismas entrañas —o aun más abajo— del ladrón: «El muuuudooo».

Pues así estos del PSOE. Da igual que sea el señor Griñán, el señor Daniel Fernández, del PSC, la señora Soraya, el señor Rubalcaba, el señor Lastra: por más que aprieten ustedes (a doña Soraya por otro lado, evidentemente), a la pregunta de su solución para el órdago catalán no recibirán más que una respuesta: «federalismo».

Pura logomaquia. Porque no le aclararán en qué consiste ese federalismo, ni en qué es distinto ese federalismo del estado autonómico actual, ni si ese federalismo supone el reconocimiento de la soberanía previa de los estados o naciones federadas (como lo era el de la I República), ni si… Puro bla, bla, bla, una palabra mágica, toda emoción y ningún contenido.

Es evidente que para ellos tiene su utilidad: tratar de seguir navegando en las procelosas aguas de Cataluña y de seguir engatusando a sus votantes allí; no romper el PSOE con el PSC; tratar de colocar al PP (fundamentalmente, también a UPyD) como un partido cavernícola, no dialogante, y echarle a él la culpa de lo que ocurra. Pero ello no evita que sean incapaces de poner un solo concepto en el interior de la palabra, todo lo más vaguedades como el manoseado, vetusto y cansino tópico de la «reforma del senado».

Pero si son incapaces de decir, sí son capaces de hacer. Estos tipos, todos ellos, diputados y senadores, miembros de la Ejecutiva y del Comité Federal, impulsaron desde 2003 el «federalismo asimétrico» para Cataluña. Estos tipos, todos ellos, desde Rubalcaba a Javier Fernández y Areces, apoyaron, votaron y aplaudieron el Estatuto de 2006 y fueron parte importantísima en el proceso de excitación de la opinión pública catalana que desembocó en la actual demanda de independencia.

Y estos tipos, todos ellos, incluidos militantes y votantes, sostuvieron aquel estatuto de «federalismo asimétrico» que incluía privilegios económicos y políticos que nos hacían a los demás inferiores en derechos y que contenía cláusulas tan escandalosas como el 208.3 (eliminado por el Constitucional) que limitaba la «solidaridad» (la aportación de Cataluña) a la sanidad y la educación pero excluía otros ámbitos, por ejemplo, las infraestructuras o las redes informáticas; y todo ello, con la condición de que las demás comunidades realizasen un «esfuerzo fiscal también similar».

He sido muy bondadoso. Socialismo, este, el del PSOE, no es únicamente logomaquia, es también, como se comprueba, desigualdad.

Cerrando ya el artículo, se me aparece Abrilgüeyu, mi trasgu particular. «Pon tú —me dice— que históricamente federalismo es igualdad, y que «federalismo asimétrico» es como un cura que no cree en Dios». Me gusta, pero acabado de plasmar ello en el texto, descubro en internet y en las televisiones que ese latiguillo pertenece a don José Bono, que lo repite con su untuosidad habitual en cada sitio a que va a presentar su libro de memorias. Mientras dudo si borrarlo, vuelve a colárseme en el ordenador Abrilgüeyu:

—¿Ej que creej que te va a demandar por la autoría intelectual?

Ante mi dubitativo silencio, interviene otra vez:

—Y añade ahí que él asistió impertérrito a todo el proceso de generación del federalismo asimétrico catalán siendo nada menos que Ministro de Defensa. Ya verás cómo no dice nada.

Tiene razón mi trasgu particular. ¡Qué tipos, estos socialistas!