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Babayada de Casado

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Ofrez-y a Rivera'l Ministeriu d'Esteriores d'un futuru Gobiernu: eso nun pue tomase más que como una ufiensa, y ye una babayada: 1) nun facilita los alcuerdos, 2) fai que nun se los tome en serio.
A estos rapazos del PP fálten-yos un par de bones cuchaes.


Güei, en LNE: Líderes e institutrices

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(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)
L'aprecederu

Casado: líderes e institutrices

El comentario del presidente del PP sobre los horros y los frisuelos

Levantemos un poco la vista sobre la babayada esa de los frisuelos y los horros. No es de Casado la culpa, sino de quienes le ponen la gracia bajo la barba, esto es, los de aquí. Los líderes estatales viajan con un discurso propio, sujeto a la coyuntura, a comunidades y pueblos, y ahí intercalan las morcillas que les indican los indígenas. Las repiten.
(Por cierto, hay una cosa que hace muy bien el prócer del PP: habla fluido y sin papeles, lo que quiere decir que estudia la lección, injertos locales inclusos, antes de salir a escena).
Una vez eructada, el hedor de la morcilla infecta el ambiente. Las redes sociales vibran en comentarios; los líderes de otros partidos se ven obligados a retrucar, en una penosa cadena de inmediatez y vuelo rastrero. He ahí, por ejemplo, al eurodiputado Jonás Fernández en una poco afortunada composición comiendo frisuelos ante un hórreo que es, según algunos, no de Asturies, sino de Valdeón.
En ocasiones el tentempié local tiene un carácter altamente tóxico. Recuerden ustedes aquel "Aceptaré cualquier estatuto que venga de Cataluña". Años más tarde, el señor Zapatero tuvo la impudicia y la cobardía de reconocer, a modo de disculpa, que la frase no era suya: que se la habían puesto para que la soltara.
Mudando "institutriz" por "líder", podríamos decir aquello del cuplé de Pilar Franco: "¡Ay, señores, y qué peligrosa / es la vida de la institutriz, / siempre expuesta, si es joven y hermosa, / a tener, a tener un desliz!".
No miren, pues, a Casado, sino a sus conmilitones asturianos. [....................................................]

RENOVAR LA FE

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                      RENOVAR LA FE (LNE, 22/07/2017)

               Sé que no tiene mérito el decirlo ahora, pero mi impresión fue siempre la de que Pablo Casado iba a resultar el ganador. ¿Las razones? Las que he confirmado en la calle, en el lugar en que me encuentro, atreviéndome a preguntar a algunas personas desconocidas cuyas manifestaciones jubilares ante el éxito de don Pablo me dieron pie para ello: “es joven”, “no tiene nada que ver con lo anterior”, “hay que cambiar”.
               Digamos que es posible que los motivos que hayan dirigido el voto mayoritario de los compromisarios del PP en su congreso sean, precisamente, los mismos que guiaban las expectativas y deseos de los votantes del PP, no exactamente los de quienes se manifestaron con sus sufragios en las primera vuelta de las primarias: el deseo de cambio, un deseo de cambio que puede tener muchas excusas o aparentes razones: rechazar la corrupción, el enfado por la gestión en Cataluña, las promesas incumplidas de rebajas de impuestos, etc.,  pero que responde a una emoción tan profunda como inconsciente de los votantes del PP y de una gran parte de la sociedad española: lo viejo se ha agotado, ha pasado de moda, se ve como algo rancio y obsoleto que hay que apartar…, conceptuúenlo como quieran. El caso es que hay que barrer lo viejo, bueno o malo, es igual, y abrir las puertas a lo nuevo. Ha sido así para Podemos, lo ha sido en el PSOE con Pedro Sánchez, lo es ahora con Casado.
                No importa tampoco que se haya identificado al candidato del PP con Aznar o que se lo haya tildado de situarse más a la derecha que doña Soraya (por cierto, flaco favor le ha hecho el ex Zapatero a ésta al manifestar sus preferencias por ella en vez de por Casado, si hubiese estado “comprado” por él no habría favorecido más sus intereses); ni siquiera su desaliñada sombra de bigote ha pesado en su contra. Han contado a su favor, es cierto, su dispuesta sonrisa, su mirada directa a la cámara, su facilidad comunicativa y la rotundidad de su mensaje, con menos matices que el de Soraya y con menos referencias al pasado. Pero nada de todo esto hubiera valido de algo si no hubiese existido esa general predisposición social previa de dar por periclitado el pasado y entender que ha llegado la hora de lo nuevo.
Lo que, además, para militantes y votantes  del PP —tanto de los que han seguido fieles como de los que se han ido a otros partidos— es el pretexto perfecto para renovar su fe o volver a ella, sin sentirse comprometidos con un pasado del que ellos mismos han sido cocausantes, en lo bueno y en lo malo, en la medida que lo han aplaudido, votado o no censurado en aquello en que acaso disentían. Para esa catarsis, la candidatura perdedora ha sido el chivo expiatorio; el congreso, su Jordán.
Por cierto, y como siempre, el PP asturiano, con doña Mercedes a la cabeza, se ha quedado en la orilla de lo rancio y de lo que ha perdido pie en el presente social. Y es que su apoyo a doña Soraya constituía  un claro presagio del resultado final.
¡Pobre doña Soraya, que nunca sabrá quién contribuyó a hundir más su barco, si el aplauso de Zapatero o el entusiasmo de doña Mercedes y los suyos!