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No todo son los políticos

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(Ayer, en La Nueva España) L’APRECEDERU NO TODO SON LOS POLÍTICOS Entre los políticos hay de todo, creo que proliferan mucho más los enteros que los corruptos, aunque existe una forma de corrupción intrínseca a la militancia en un partido, el sometimiento, velis nolis, a los mandatos de los de arriba. Ahí tienen ustedes las bajadas de pantalones de los diputados del PSOE, aquí en Madrid y en Europa con la cuestión del lobo, por amparar a Teresa Ribera. Es cierto que, frente a Hugo Morán, brilla Nino Rodríguez. Pero los ciudadanos tenemos también mucha culpa de deficiencias en el deterioro de la vida social o de su ineficiencia. Un ejemplo patente es el del reciclaje de las basuras, que es escaso, y, en ocasiones, depositando los desperdicios en contenedores inadecuados o dejándolos al pie para que los recoja el “esclavo” de turno. Estos días han saltado a la prensa dos muestras más de desidia ciudadana. Con claridad: las pintadas son una gochada y un acto de vandalismo, realizadas, además, sobre una propiedad que no pertenece al engochador. Pues bien, el Ayuntamiento xixonés tiene en marcha un plan de limpieza de esos chafarrinones, ahora bien para actuar sobre la pared emporcada necesita el permiso del propietario de la misma. Sin embargo, la respuesta de los propietarios y los vecinos es decepcionante: la mayoría ni contesta. La segunda es una alerta que lanzan los centros de la Seguridad Social y que ha dado lugar a una campaña de concienciación de los ambulatorios de Mieres: cuando los llaman, muchos pacientes no cogen el teléfono al ver un número que desconocen. Uno comprende que se puede estar cansado de llamadas impertinentes, pero también el ciudadano debería saber, por lo menos, que está esperando ser llamado para una cita, y, en todo caso, se levanta el teléfono y se corta si no nos interesa. No, no son solo los siempre vituperados políticos, nosotros tampoco nos acercamos a la excelencia cívica.

Administración, dineros, ciudadanos

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(Ayer, en La Nueva España) ADMINISTRACIÓN, DINEROS, CIUDADANOS Hace pocas fechas el ministro Escrivá (el tipo con la mejor fama inmerecida de España desde antes de ser ministro) se ponía como una pantera al negar que se exigiese cita previa en la Seguridad Social, pese a que en la página web del citado organismo se especifica: «La atención al ciudadano en las oficinas de la Seguridad Social requiere disponer de una cita». Pero seguramente a ninguno de ustedes le hace falta recurrir a testimonios externos para saber que en muchas oficinas de la Administración se exige aún hoy cita previa, sin la cual no se puede realizar trámite alguno. Y aunque es verdad que en algunas dependencias o servicios de las Administraciones se ha eliminado la demanda como exigencia sine qua non para ser atendido, sigue siendo requerida en otras. Conozco varios casos recientes en que un ciudadano se ha personado en una oficina, con todas las ventanillas vacías, para realizar un trámite y no ha podido hacerlo por carecer de esa previsión. Sin ir más lejos, los remito a ustedes a la página 48 de LA NUEVA ESPAÑA, edición de Xixón, del miércoles 24 de mayo, donde don Celeste Pérez cuenta esa experiencia en una AEAT prácticamente vacía, en Xixón. La parte dura de la pandemia, con sus exigencias de precauciones y separación, dio lugar en un principio a razonables cautelas para evitar la acumulación de ciudadanos en las oficinas, pero, en parte, esas exigencias han seguido manteniéndose, sin justificación alguna, en el momento actual, constituyendo una comodidad para los empleados públicos y una carga para los usuarios. En general, los tiempos estimados en la cita previa son demasiado largos y, además, hay ciudadanos que no acuden a cumplimentarla, con lo que se suceden esos panoramas de funcionarios mano sobre mano y sillas o ventanillas vacías. Vayan ustedes a un ambulatorio y verán que ocurre lo mismo, pese a las reiteradas quejas de los sindicatos de los profesionales de la sanidad. Paralelamente, entre una parte del funcionariado se ha puesto en marcha una cadena de reivindicaciones de más comodidad y de más salarios, la del teletrabajo, por ejemplo, ocupación que, si muy moderna, es difícil de evaluar en su rendimiento desde la Administración, por muchas razones. En el ámbito de la sanidad, también se ha abierto una carrera de reivindicaciones salariales y de relajación del trabajo, que unos sindicatos aceptan y otros no. Y no digamos nada ya del mundo de la justicia, en que parece haberse establecido una cadena de relevos para paralizarla: primero los letrados, después jueces y fiscales, ahora los funcionarios, en una especie de ejecución de la canción del “todos queremos más, y más, y más, y mucho más”. Con esos antecedentes, exitosos además, con la presión de la inflación sobre los sueldos, y con el pésimo ejemplo dado por el Gobierno mediante la subida de las pensiones en la cuantía del IPC, no será de extrañar que en meses próximos más grupos de la Administración inicien sus movimientos reivindicativos. Quiénes ganan está claro. Y quiénes pierden, también: los ciudadanos que ven sus juicios aplazados sine die (claro que algunos delincuentes son premiados con esa demora), aquellos cuyas citas en la Sanidad se retrasan (más), y todos nosotros, en general, que somos los que pagamos esperas, retrasos y subidas salariales, a sumar a los regalos del Gobierno para viajes y entretenimiento del ocio (entre otras cosas). Y no puedo evitar, es un vicio personal, traer aquí una cita de la Ilíada: -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos, los que bebéis en la tienda de los Atridas Agamenón y Menelao el vino que el pueblo paga!