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Ayer, en LNE: Cuando llegue septiembre

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                                              CUANDO LLEGUE SEPTIEMBRE


                “Todo será maravilloso”, dice el cantar. Pero no será así en el mundo de la enseñanza, será extremadamente problemático, aun en la perspectiva actual, es decir, suponiendo que los contagios no se acerquen al nivel de catástrofe.
                La experiencia previa. La enseñanza a distancia durante estos meses ha demostrado cuántos problemas conlleva: menor rendimiento, incluso en los mejores escolares; pérdida de motivación en los alumnos; disminución de los aprendizajes. Además, el aprobado general que de facto se ha dado constituye un incentivo para que en el futuro algunos alumnos entiendan que esa especie de “derecho” (que, por cierto, se refuerza con ciertos discursos institucionales) los libra del esfuerzo por superar metas difíciles.
                La enseñanza en casa, además, refuerza las diferencias en el aprendizaje según del tipo de familia de que cada alumno provenga, en lo relativo a estímulos, ayudas, ambiente cultural etc. La escuela palía en alguna medida esas diferencias, por la ayuda y la competitividad entre los escolares, por la presencia directa e inmediata de un educador, lo que no puede hacer la familia. Porque el mayor problema de la instrucción en casa no es el de la brecha digital, como el papanatismo contemporáneo reitera, sino el de la brecha familiar.
                Y finalmente, la ausencia de los amigos, los compañeros, los juegos y la soledad generacional provocan problemas de índole variada, cuya gravedad no sabemos evaluar con precisión y seguramente distintos en cada individuo, pero no triviales.
                Señalemos también que el alumno en casa solo no puede estar, de modo que es un problema si los padres trabajan fuera, pero también si lo hacen en el hogar, pues en este caso el que lo hace tiene una doble ocupación, no siempre compatible.
                El próximo curso y los pollos sin cabeza. Si se tratase de echar unas risas, demóstenes Celaá sería una tipa estupenda, como ministra es más bien penosa. Por un lado, sus opiniones duran lo que un paquete de golosinas a la puerta de un colegio. Así, en poco más de un mes ha pasado de proclamar para el próximo curso una enseñanza fundamentalmente a distancia o alternante a requerir una enseñanza presencial. Ello con ocurrencias como las de unos “grupos burbuja” que nadie sabe lo que son, o dar clase en los patios, los gimnasios y en espacios municipales fuera del centro.
                Enseñanza presencial. Es una convicción universal que el próximo curso la enseñanza debe ser presencial y continuada, igual para todos los alumnos de cada curso y grupo. Ahora bien, se presentan varios problemas. El de la distancia entre mesas es el primero. Se ha señalado como ideal la de dos metros, la norma ahora (por el acuerdo más surrealista jamás visto, entre C’S y Gobierno) es de metro y medio; algunas comunidades proponen un metro. El de las mascarillas es otro: hasta los diez años, se dice ahora, no habrán de llevarlas. Concuerda mal ello con que en la calle las tengan que llevar desde los seis años. El tercero es el del tamaño de las aulas y el número de alumnos en ellas. Si se va a una reducción de ocupación son necesarias, no en todos los casos, más aulas y más profesores. ¿Hay más aulas? Las propuestas de Celaá y otras semejantes no parecen muy convincentes. Para multiplicar el número de profesores hará falta un dinero que seguramente no existe (cuarenta millones, ha calculado la cicerón de nuestro ministerio llariegu de Educación, émula de Celaá en el  discursear con escaso rigor). Al final, supongo, se hará lo que se pueda. En todo caso, el objetivo es la enseñanza presencial, salvo desastre social generalizado.
                Por cierto, desde que pueden salir a la calle, la generalidad de los niños juegan juntos y sin mascarillas en los parques; los mozalbetes, en su mayoría, circulan en tropa y sin medidas de protección. No parece que ello haya tenido mayor influencia en la cifra de contagios de esas cohortes, otra cosa es que sean portadores asintomáticos. Debería ser un dato para considerar, lo mismo que parece obligatorio aprender de la experiencia que ya tienen otros países. Puesto que ya “inventaron ellos”, copiemos nosotros.
                La cabeza sin pollo. Lo relativo a la enseñanza universitaria flota aún más en la confusión y en la indefinición. Hemos de señalar, además, que si en los ámbitos de la educación primaria y la secundaria nuestras luminarias, la de aquí y la de allí, deambulan sin rumbo y desorientadas, como pollos sin cabeza, el ministro Castells –cuya fama pretérita ahora que se encuentra bajo los focos de la plaza pública parece un tanto injustificada– se asemeja más bien a una cabeza sin pollo detrás o, tal vez, solo a una cresta.
                Ya lo decía quejumbrosa la esposa traicionada al saber que su marido tenía un asunto con una charlatana vecina de su mismo portal:
                –¡Ay, qué desgracia! Colo mal que lo fai. Ahora todo el mundo se va a enterar.
                ¿Los escogerán por eso, o sea, para que todo el mundo se entere?

Güei, en LNE: Cuando llegue septiembre

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Cuando llegue septiembre

La enseñanza en la nueva normalidad
(Enseñanza presencial y con problemes d'espaciu, llocales y salú)


Aprobáu xeneral. Los problemes de la enseñanza y la evaluación

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                               Asoleyóse en La Nueva España del 16/4/2020.

                                        (Escribióse una selmana enantes)


                  LOS PROBLEMAS DE LA ENSEÑANZA Y LA EVALUACIÓN



                En realidad, el título debería haber sido el de “aprobado general”, porque, ¿para qué vamos a engañarnos?, eso es lo que va a haber en la práctica. No en el sentido de que se haga tabla rasa y se dé a todos una calificación igual, sino en el de que nadie repita curso, que es lo que quiere decir el Consejo Escolar del Estado cuando recomienda que la repetición de curso sea “en casos realmente extraordinarios”. Pero, además, las disposiciones que están tomando las comunidades autónomas van todas en ese sentido. Salvo en el caso del segundo de bachiller, cuyos estudiantes han de enfrentarse a la EBAU, las orientaciones llevan idéntica línea: siguiendo las recomendaciones del citado Consejo, en unas autonomías, como la nuestra, no se avanzará sobre lo visto hasta ahora; además la recomendación es en muchas que, aunque se avance, la nota (la evaluación) se centre más bien en las competencias, y no en los saberes (para los profanos, se llaman competencias a un conjunto de comportamientos sociales, afectivos y habilidades cognoscitivas, psicológicas, sensoriales y motoras que permiten llevar a cabo adecuadamente un papel, un desempeño, una actividad o una tarea”, por ejemplo, “aprender a aprender” o “autonomía e iniciativa personal”). Comoquiera que sea, aprobado general, salvo resistencia numantina por parte del alumno.
                Todo ello va a acarrear, sobre una pérdida parcial de los aprendizajes del curso, un marco general de desigualdad e injusticia, especialmente para aquellos alumnos que más se han esforzado o que podían aprovechar más en el tercer trimestre. Y plantea problemas especiales en segundo de bachiller, en la prueba antesala de la universidad.
                Es sabido que la ausencia de clases trata de paliarse, más o menos, mediante la comunicación en casa entre profesores y alumnos por vía telemática, en lo que existen problemas de capacidad de las redes y las conexiones o de la disposición de equipos en las casas. Se habla, a propósito, de la “brecha digital” y se señala esta como el mayor obstáculo para el aprendizaje igualitario entre los alumnos. Observaciones que vienen acompañadas de un pánfilo discurso sobre el beneficio de la telemática y el trabajo a distancia.
                No nos engañemos, el principal problema en continuar las clases en el domicilio no reside en la brecha digital, sino en la “brecha familiar”. El alumno, desmotivado y aburrido en casa, necesita tener unos padres que lo ayuden, que lo estimulen, que lo acompañen en el cumplimiento de las tareas e, incluso, a veces, que le expliquen; y que, en general, lo ayuden a mantener un tono positivo durante el encierro. He ahí el verdadero problema. Carecen, además, los escolinos de dos estímulos, el directo del buen profesor en la interacción dentro del aula y el de la emulación, la competencia y la cooperación que suponen sus compañeros en la misma.
                De modo que, en general, el trabajo, el rendimiento y el aprendizaje tenderán a rebajarse: los buenos alumnos seguirán siéndolo acaso igual, los medianos perderán y quienes ya pasaban de todo en clase o tenían muchas más dificultades seguirán del mismo modo o les será más difícil. Pregunten si no.
                Problemísimo es el de la EBAU, la selectividad universitaria. Malo si se acorta el temario, malo si no. Pero es que, además, la evaluación a distancia provocará calificaciones dispares donde probablemente saldrán perjudicados aquellos que, por sus méritos reales, deberían tener más nota para acceder a sus carreras preferidas.
                Y quedan, por fin, los problemas del examen de todos los aspirantes a universitarios. Seguramente no se podrá efectuar con proximidad física. Para solucionarlo se está proponiendo la realización simultánea e “instantánea” de pruebas por interné. ¿Se imaginan ustedes la logística necesaria para que todo el mundo pueda hacerlo y para garantizar que no habrá trampas?
                Por cierto, vayan pensando en septiembre y la vuelta al colegio. ¿Cómo lo harán? ¿Qué pasará si empiezan los contagios y hay que volver a cerrar las escuelas y los padres tienen que volver a abandonar el trabajo?
                Lo siento, pero no siendo el gobierno, me siento obligado a prevenir.