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LOS ORÍGENES Y EL FONDO DE LA CRISIS (V)

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Publico aquí una serie de artículos con los que en años anteriores predije la crisis, analice sus causas o propuse soluciones. Releerlos nos ayuda a entender el fondo de nuestros problemas, a ver lo que aún no hemos solucionado (las causas estructurales de nuestra economía) y a intuir el camino que hemos de recorrer.

Por otro lado, los datos y las informaciones nos permiten salir del presente y recordar lo que sucedía solo hace tres, cuatro cinco años.


           ¿HACIA LA ARGENTINIZACIÓN DE ESPAÑA?

                        (12/02/10)

En los últimos tiempos no es infrecuente leer u oír (también en la calle, no sólo en los medios) la idea de que nos acercamos a una «argentinización» de nuestra sociedad: empobrecimiento generalizado, degradación social, destrucción del tejido productivo, estancamiento, control total de la sociedad por unos partidos con un alto nivel de corrupción. Todo ello, tras un largo período en que las decisiones políticas, apoyadas una y otra vez por los ciudadanos, acaban por «comerse el país». ¿Es ello sólo un discurso derrotista o destructivo o tiene puntos de apoyo en la realidad para mantenerse?
Déjenme decir, ante todo, que no me parece probable que vayamos a recorrer ese camino, pero creo que, de todas formas, debemos señalar cuáles son los elementos estructurales o de coyuntura que invitarían a recorrer esa senda.
En primer lugar el déficit, que se sitúa en algo más del 11% del PIB en las cuentas del Estado, y al que habría que añadir el de ayuntamientos, comunidades y diputaciones. Pese a la subida del IVA y algunos otros impuestos, no es probable que mientras no se produzca una recuperación muy vigorosa (y ello va a ir más allá de este 2010) esa cifra disminuya. Existe, es verdad, un cierto colchón en nuestro nivel de deuda, pero se agotará pronto. En segundo lugar, la previsible evolución del número de pensionados, amenazadora desde hace mucho tiempo. En tercer lugar, el mercado de trabajo y la negociación colectiva, con desajustes importantes y barreras que dificultan la contratación, encarecen los costos relativos de las empresas e impiden asentarse en el empleo a los trabajadores recién llegados. En cuarto lugar, y muy especialmente, nuestra escasa productividad y la composición de nuestra estructura productiva, que nos hace muy poco competitivos y, por tanto, poco capaces de crear empleo. En relación, al tiempo, con esta escasa competitividad y con la burbuja «de expectativas de ganancias y crecimiento futuros» de los últimos años, está uno de los vectores de nuestra mala posición para competir —el otro, es el tecnológico—: los costos salariales (recuérdese el análisis del Nobel «zapateril» Krugman afirmando que los españoles deberíamos rebajarnos el sueldo un 25%). Y, finalmente, nuestra enorme deuda exterior y los problemas de algunas entidades financieras, que en las últimas semanas ha tenido una traducción visible en la retribución de nuestros bonos de deuda y en la desconfianza de los mercados hacia España, causante de la estrepitosa caída bursátil de estos días.
¿Tiene solución todo ello? En estos momentos, mientras redacto este artículo, el señor Campa y la ministra Salgado lo andan repitiendo por Europa: «España ya ha salido de una situación como esta». Cierto, lo que no dicen es que ni el PSOE ni el Presidente, Zapatero, están dispuestos a tomar ninguna medida que lo pueda solucionar. Tenemos estos días tres ejemplos: la propuesta y retirada del aumento de la edad de jubilación, la propuesta y retirada del período para el cálculo de las pensiones, el inconcreto y escurridizo documento sobre la reforma laboral. Y si acudimos a estos últimos años, en especial, desde el 2007, lo que caracteriza fundamentalmente a este Gobierno es la voluntad de inacción en materia económica y de relaciones laborales.
Así pues, la cuestión no es si podemos evitar un hipotético camino hacia la argentinización, sino si la sociedad —tanto los representantes políticos como los ciudadanos que los avalan y que les reiteran su aval— quiere poner los medios para evitarlo.
El más notable de los elementos que empobinen en esa dirección es la «peronización» de nuestra economía, poniendo en manos de los sindicatos decisiones fundamentales en materia económica y todas las relativas a las relaciones entre las partes en el ámbito de la producción de riqueza. Esta peronización, primorriverismo u organicismo, tan del gusto de siempre del PSOE, no sólo es una anomalía democrática, sino un disparate en sus efectos económicos (no así en los políticos, que parece ser un buen negocio).
El segundo y definitivo reside en la sociedad. España, pese a todo, dispone de buenos activos y es un país con unas estructuras sociales potentes: somos un país moderno, nos hemos constituido en la octava potencia económica del mundo, la red de infraestructuras es envidiable (quizás, salvo en Asturies), tenemos notables empresas que estos años se han convertido en multinacionales, existe una red de empresas que innova y exporta, la educación (aunque muy mejorable) se extiende a toda la población, existe una parte de nuestra sociedad que actúa como sociedad civil al margen de los poderes públicos, somos un estado relativamente homogéneo, con unas clases medias amplias…
Todos esos elementos representan un importantísimo bagaje para que podamos dar la vuelta a esta situación y volver al crecimiento, la modernización y la búsqueda de puestos de cabeza en el mundo. Ahora bien, si como ocurrió en algunos países latinoamericanos, quienes deberían constituir lo más dinámico y progresivo de nuestra sociedad se empecinan, por prejuicios de secta, de discurso o de falsa representación de la realidad (alguno de los que el Barón de Verulam llamaba «idola»), en sostener los métodos, los actores y las organizaciones que se empeñan en llevarnos hacia el empobrecimiento generalizado y el desastre social, entonces el camino será recorrido y el destino final será inevitable y, seguramente, irreversible, pese al euro y pese a Europa.
P.S. El PSOE y el Gobierno acaban de lanzar la consigna: la causa de las últimas turbulencias financieras es «una conjura del capitalismo financiero internacional». Acabarán convocándonos a la Plaza de Oriente, donde la Leire y el Blanco repartirán de nuevo la pancarta «Si ellos tienen Onu, nosotros tenemos dos». Se llenará, ya lo verán.
¡A uno siempre lo sacude un ramalazo de emoción estética cuando confirma la inmarcesible continuidad histórica del casticismo español!

LOS ORÍGENES Y EL FONDO DE LA CRISIS (IV)

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Publico aquí una serie de artículos con los que en años anteriores predije la crisis, analice sus causas o propuse soluciones. Releerlos nos ayuda a entender el fondo de nuestros problemas, a ver lo que aún no hemos solucionado (las causas estructurales de nuestra economía) y a intuir el camino que hemos de recorrer.
Por otro lado, los datos y las informaciones nos permiten salir del presente y recordar lo que sucedía solo hace tres, cuatro cinco años.





              NUN YEREN BROTOS, YEREN ESCAYOS

       (17/06/09)


El 20 de enero de este año publicaba yo en estas páginas un artículo titulado “¿En el 2011? Permitan que lo dude”. Lo que cuestionaba en él eran los pronósticos que el Gobierno hacía de que en el 2011 la economía española comenzaría a crear empleo. Y lo hacía basándome, entre otras cosas, en que ni se había puesto en marcha ninguna de las reformas profundas que necesitamos (comercio, energía, empleo, administración, capacidad tecnológica y un largo etcétera) ni Zapatezeus parecía dispuesto a emprenderlas. En aquel momento, por otro lado, las previsiones del Gobierno eran éstas: durante el 2009 se destruirían 600.000 empleos, el paro llegaría al 15, 9% (cuatro millones), el déficit alcanzaría el 5,85% de lo presupuestado para gastar y el PIB decrecería un 1,6%.
Hoy, menos de cinco meses después, las previsiones de quienes llevan el timón de la nave hacia les restingues son que este año la caída del PIB será del 3,6% y el déficit llegará al 9,5%. Por otro lado, la tasa de paro se situaba en el primer trimestre (datos EPA) en el 17, 36% y se habían destruido 766.000 empleos en sólo ese tiempo. Y fíjense cómo andarán las cosas del paro que el gobierno, en el consejo de ministros del día 12, ha tenido que acudir a un crédito extraordinario de 17.000 millones de euros para afrontar las prestaciones por desempleo.
Este reconocimiento de la nueva situación lo realizaba, en lo sustancial, doña Elena Salgado, la ministra de Economía, quien, pocas semanas antes, había afirmado aquello de que en el horizonte estaban apareciendo “algunos brotes verdes”. Pero bastó con que pasasen menos de cuatro semanas para que se le pudiese cantar aquello de nuestra tonada: “Al saltar la portiella vite los baxos, vite los baxos / non llevabes puntielles, yeren pendaxos”.
Pero este (semi)reconocimiento de la realidad no lo es todo: llega inevitablemente unido a las consecuencias de la misma y a las de reparar parcialmente los continuos despilfarros e improvisaciones de Zapatezeus (o Zapatesoda, que diría el señor Leguina) y sus marionetas gubernamentales. Tras los 400 euros, el cheque-bebé, el plan E, las ayudas al coche, los ordenadores en correspondencia biunívoca con los escolinos, y un largo etcétera viene aquello que con tanta gracia narraba Caveda en “La cuelma”: “Si güei se llimieron cuerpos / y molleres y costazos, / llime mañana les bolses / del llugar el escribanu; / y véndese la reciella / y los potes y los cazos, / pa pagar les llozaníes / de la danza de Santiago.”
O, dicho en traducción al asturiano, suben, de momento, los impuestos del tabaco (¡qué fruición al hacerlo la de doña Elena Salgado!) —en un 30%— y los de los combustibles —2,9 céntimos por litro—. Lo hará pronto la luz y esperen para principios del año que viene el del IRPF (y posiblemente alguno más de los personales), nuevas subidas de los impuestos especiales y, probablemente, el de algún tipo de IVA.
Por otro lado, las cosas seguirán empeorando, porque, cuando las demás economías empiecen a repuntar (la de EEUU podría hacerlo a no tardar mucho), nosotros no habremos modificado ni uno solo de los factores que hacen de nosotros un país poco competitivo y, por tanto, con enormes dificultades para crecer y crear empleo. Y, como, además, en la política —al igual que en la escritura—el estilo (o el destino) es el hombre, don José Luis Rodríguez seguirá tomando las decisiones que más lastren nuestra competitividad y más encarezcan nuestros productos, así el cierre de Garoña.

De modo que, ya lo ven, los brotos anunciados por doña Elena Salgado eran en realidad escayos. Y amenazan con crecer a tal velocidad que, si ustedes no ponen a salvo su pellejo, acabarán hechos un eccehomo, si es que, como tantos millones de españoles, no lo están ya.

LOS ORÍGENES Y EL FONDO DE LA CRISIS (III)

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Publico aquí una serie de artículos con los que en años anteriores predije la crisis, analice sus causas o propuse soluciones. Releerlos nos ayuda a entender el fondo de nuestros problemas, a ver lo que aún no hemos solucionado (las causas estructurales de nuestra economía) y a intuir el camino que hemos de recorrer.
Por otro lado, los datos y las informaciones nos permiten salir del presente y recordar lo que sucedía solo hace tres, cuatro cinco años.


             ENTRE LA BABAYADA Y LA MAGIA

                        (10/05/09)

El discurso sobre la crisis ha puesto de manifiesto mucha incompetencia, mucha mentira y mucha desorientación en los discursos de los economistas y los políticos. Diagnósticos y pronósticos han sido en su mayoría, al igual que las actuaciones, más palos de ciego que otra cosa. Algunas de las afirmaciones sobre el discurrir futuro han destacado especialmente por constituir un puro eructus vocis, una especie de cruce entre la babayada —el puro hablar por no callar— y el conjuro mágico. Permítanme destacar cuatro de ellas.
Entre las más recientes y notables se encuentra la que, con motivo de la visita a nuestro país, el jueves 23 de abril, pronunciaba en portada de La Nueva España el Ministro de (Cada Vez Menos) Trabajo, don Celestino Corbacho: «Para crear más puestos de trabajo y salir de la crisis hay que activar el consumo, no abaratar el despido». Desde luego, con esta tochura, don Celestino Corbacho (¿de la inteligencia?) bien puede ocupar un puesto de honor al lado de aquel presidente estadounidense de los años veinte del siglo pasado, Calvin Coolidge, que llegó a enunciar aquella perogrullada de que «si se despide a mucha gente se produce paro». Porque es evidente que, si hay dinero, hay consumo. El problema es cómo conseguir que haya dinero, esto es, trabajo. Pues, de otra manera, ¿cómo va a gastar quien no tiene para ello por no ganarlo o cómo hacer que el que aún tiene ahorros no tema por su empleo futuro? Por lo demás, ese camino ya lo intentó este gobierno con los 400 euros que devolvió y no tuvo ello ninguna incidencia en la economía.
Aguantó casi dos años en cartelera el recitado de que «ahora que la construcción va perdiendo fuerza tomará su puesto la industria como creadora de empleo». Recordarán ustedes que no constituía sólo una logomaquia de políticos o sindicalistas, sino que abundaban en ello también algunos expertos en economía. Y, sin embargo, la proposición carecía por completo de sentido. En primer lugar, porque si la industria hubiese sido rentable ya habría tenido en aquellos momentos una mayor proporción en el PIB y en el empleo. En segundo lugar, porque la rentabilidad (la posibilidad, en realidad) de la industria implica una superior concentración de capitales que la construcción, necesita de complejos procesos de conocimiento y técnica, un mayor tiempo para su inserción en el mercado y, sobre todo, depende de la capacidad de las nuevas industrias para competir en el ámbito internacional, tanto en innovación como en calidad y precio.
            Sigue siendo una formulilla habitual la de que «es necesario un cambio de modelo económico». He aquí otro no-sentido, otro eructus intellectus. Supongamos que no se quiere afirmar mediante la troquelación que se deba pasar de una economía de mercado o libre a una economía planificada o comunista (que algunos, sí, es lo que quieren decir). De no ser ello, nada se dice entonces, porque la economía (el modelo económico) no se planifica: acuden las voluntades, los saberes y los capitales allí donde creen que pueden satisfacer necesidades, con ganancia para quienes a ellas subvienen. Y ahí no cabe hacer otra cosa que facilitar que fluyan las voluntades creadoras, moviendo obstáculos legislativos o de otro tipo, proporcionando facilidades económicas, agilizando trámites, etc. ¿Se está haciendo algo de todo ello? Como muchas veces he sostenido en estas páginas, rotundamente no. Cuando en el resto de Europa empiece a crecer la economía nosotros, ni los asturianos ni los españoles, no habremos puesto un solo pegollu para levantar el edificio.
            La última jaculatoria es la de que «despedir en España es muy barato, por eso hay ya cuatro millones de parados». Dejemos a un lado cuáles son las condiciones del despido en España y olvidémonos —que ya es bastante olvidarse— de que la cuestión es la de si la legislación vigente facilita el contratar y anima a ello, no la de si es dificultoso o no rescindir contratos. Pero, reitero, echémoslo a un lado, vengamos al tópico recitativo. ¿Se puede concluir del número de parados que el despido es barato? Pues no. Se podría concluir que es caro el puesto de trabajo, y por eso se despide; que si no fuese tan caro el despido habría aún más parados, y, entonces, sería una bendición su alto costo; que por ser muy caro y dificultoso han tenido que cerrar muchas empresas, y que por eso hay tantos parados. O, incluso, se podría concluir lo que la frase afirma. De modo que el fervorín nada dice, es una pura flatulencia que no puede ocultar la magnitud del problema: tenemos el doble de parados que la media europea.
            Así que unas veces nos mienten, otras hablan por hablar y, en ocasiones, emiten conjuros mágicos, por ver si propician que la realidad cambie al llamado de las palabras.
            Claro que, ritual por ritual, los antiguos tenían más estilo para fórmulas apotropaicas. Tal Jerjes cuando mandó azotar el Helesponto a fin de que no se le rebelara en una segunda ocasión y no volviera a fundir su puente de barcas. ¿Qué tal si don Zapatero y sus ministros —acolitantes Cándido Méndez e Ignacio Fernández— azotasen en plena plaza de Oriente a la crisis, para que se sometiese de una vez?
            Podrían completar el acto doña Bibiana Aído y las ministras, realizando, en el otro extremo de la explanada, un acto simétrico, sólo que, en su ritual, azotarían al crisos, para que así se llevase al extremo la imprescindible igualdad de género. Con zurriagos, con vergajos, con rebenques. O si se quiere, con Corbachos.

            El caso es castigar a la insolente crisis, para que se vaya de una vez por todas y, sobre todo, para que deje de poner en peligro los puestos de trabajo… de las ministros y los ministras.

LOS ORÍGENES Y EL FONDO DE LA CRISIS (II)

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Por otro lado, los datos y las informaciones nos permiten salir del presente y recordar lo que sucedía solo hace tres, cuatro cinco años.




                LA RECESIÓN: UNA TARTA DE TRES PISOS
                                               (21/11/08)

           
            La inestabilidad en el sistema financiero mundial (que, En España, no es enteramente importada: también nuestros bancos han estado comiéndose el futuro y subiendo envites al modo en que se suben en el juego de dados llamado «el mentirosu») concluirá cuando se alcance el límite marginal de la desconfianza. Entonces, el sistema se volverá por un tiempo más cauto y las exigencias para la concesión de créditos serán mayores, esto es, no dispondremos de un dinero tan fácil y abundante como el que permitió el crecimiento exponencial de la economía mundial durante más de dos lustros. Todo ello, evidentemente, condicionará la actuación de las empresas y limitará fuertemente el desenvolvimiento económico.
            Pero en el momento en que se produzca ese arranque de la nueva situación,  España deberá enfrentarse a los problemas que desde hace décadas presenta su economía productiva: una «pésima» estructura del PIB, basado fundamentalmente en el turismo, la construcción y el endeudamiento de las familias y las empresas (que, además, exige un notable recurso a la financiación exterior); nuestra baja productividad; el déficit por cuenta corriente (el mayor del mundo en términos absolutos, después de EEUU); la alta dependencia de la energía exterior (hasta el 80% del total) con los costos que ello supone; el permanente diferencial de nuestra inflación, que restringe progresivamente nuestra competitividad; el limitado número de actividades industriales en que estamos a la cabeza de la tecnología. A ello podríamos añadir otra serie de diferencias negativas con respecto a nuestros competidores, desde las relativas a la enseñanza a aquellas que afectan al mundo del trabajo o el gasto público. Todo lo cual hace más difícil que las empresas crezcan, que exporten, que sustituyan los bienes de consumo importados por otros propios; en una palabra, que la economía se desarrolle notablemente y cree empleo. No es necesario decir que, sin esa base, no puede haber políticas sociales mantenibles ni inversión pública sostenida.
            Pero Asturies, a su vez, tiene sus problemas peculiares, también inveterados, como los del conjunto de España. Durante décadas el Estado y Europa han venido invirtiendo en nuestro país cantidades ingentes de dinero que, en general, se han desaprovechado: nuestra economía no despega ni siquiera en los períodos de ultrabonanza generalizada; nuestros jóvenes han de emigrar en cantidades notables, no sólo los titulados, sino los que pretenden empleos para los que no se exigen estudios superiores; la incorporación de la mujer al trabajo es diez puntos más baja de lo que es en España, ya baja con respecto a Europa; salvo las industrias básicas, nuestra capacidad exportadora es escasa y el tamaño de las empresas, pequeño; la capacidad de innovación tecnológica, minúscula. Además, aquí los problemas se eternizan (por ejemplo, las líneas de alta tensión de la energía eléctrica llevan ya casi veinte años paralizadas) y, lo que es más grave, la irresponsabilidad parece ser la característica más común de la administración y los partidos políticos: así, son los mismos los que impulsan dichas líneas de alta tensión y los que las paralizan. En otros casos, como en la gravísima e inminente cuestión de Cogersa, se evita enfrentarse a los problemas con tal de garantizar el bienestar y el sillón de las organizaciones políticas gobernantes. Actuaciones elementales, como la de la disposición de suelo industrial abundante, barato y bien comunicado, tardan lustros en concebirse y décadas en ejecutarse. Además, en general, nuestras clases dirigentes, más retardatarias aún que la sociedad, han preferido, en el ámbito económico, ciar para mantenerse lo más cerca posible del pasado, antes que bogar hacia el futuro.
            De modo que nuestra crisis, que ha dado en recesión y probablemente incurrirá en depresión, es una tarta de tres pisos de la que nosotros somos responsables por entero de dos de ellos (con sus peculiares paladares y texturas) y de parte del tercero.
            ¿Y ahora que se va a ir Jorgito (Bush) a quién echarán la culpa estos fenómenos?
            Acabarán pidiendo su vuelta para tener aquello que, a partir del Levítico, se llama «el chivo expiatorio», que es lo mismo que los griegos, bajo otra figuración, apodaban «fármacos».

            Claro que a la realidad le es absolutamente indiferente que el chivo sea blanco o negro, bicorne o moco. Y, si las cosas vienen muy mal dadas, incluso algunos votantes llegan a insensibilizarse ante esa farmacopea apotropaico-embaucadora.

LOS ORÍGENES Y EL FONDO DE LA CRISIS (I)

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Por otro lado, los datos y las informaciones nos permiten salir del presente y recordar lo que sucedía solo hace tres, cuatro cinco años.

                       

                   ¿EN EL 2011? PERMITAN QUE LO DUDE

                        (20/01/2009)

                             

            El señor Zapatero y el PSOE acaban de reconocer en cifra la gravedad de la situación: durante el 2009 se destruirán 600.000 empleos, el paro llegará al 15, 9% (cuatro milloninos), el déficit alcanzará el 5,85% de lo presupuestado para gastar y el PIB decrecerá un 1,6%. Puesto que las previsiones proceden de un gobierno, que de un lado, se ha venido negando de forma sistemática a reconocer la realidad y, de otro, nos ha venido mintiendo de forma reiterada, no será aventurado suponer que esas cifras serán, desgraciadamente, más negativas.
            Junto con el reconocimiento inevitable de lo inmediato, el gobierno ha abierto el calendario zaragozano y, mirando las témporas, ha realizado previsiones para en lo futuro. Entre estas se halla la de que la economía española empezará a crear empleo de forma apreciable a partir del 2011. Permitan que lo dude. Sé que la mayoría de los pronósticos sobre el futuro tienen la misma fiabilidad que los que se realizan mirando las entrañas de las aves. Pero, en todo caso, permítanme exponer aquí algunas razones para dudar de esa afirmación.
            Al margen del rabión financiero internacional, España tiene una grave crisis en su estructura económica y financiera, crisis que es independiente de la global y que ya se venía manifestando meses antes de estallar ésta. En sustancia, nuestros problemas se basan en nuestro modelo de crecimiento, basado no sólo en el ladrillo a cuenta de beneficios futuros, sino, fundamentalmente, en el consumo a base de endeudamiento. Ese consumo se ha financiado con mucho dinero del exterior (gastamos más que ahorramos); dinero que, ahora, los bancos, nosotros como particulares y el estado (de forma exponencial a partir de este momento, por causa del déficit) debemos devolver (y no tenemos, en parte). Por otro lado, nuestra economía productiva es escasamente competitiva: por trabas burocráticas para la empresa, por la carestía de nuestra energía, por nuestro atraso tecnológico, por el diferencial inflacionista, por los problemas de contratación laboral, por estrangulamientos y oligopolios en el sector comercial.
            Ahora bien, el gobierno socialista no piensa abordar ninguna de estas cuestiones. Se comporta como si estuviésemos ante una tormenta pasajera, desvanecida la cual todo volviese a ser lo mismo, y, en consecuencia, pudiésemos seguir ­—con nuestra estructura productiva escasamente competitiva y con nuestro endeudamiento— creciendo en el aire y al margen de la realidad. De ahí que todas las medidas que se tomen estén encaminadas hacia el gasto temporal no productivo (el Plan Caxigalines, la chapuza de los 8.000 millones de euros que los ayuntamientos gastarán en nonadas), a ampliar el dinero destinado al paro y a disimular con artificios el número de parados, a apoyar (de forma no muy eficaz) coyunturalmente a algunos sectores. ¿Se debe ello a pura incompetencia, al prejuicio derivado de sus anteojeras ideológicas o a que piensan que, sea cual sea el desastre, sus votantes seguirán siéndolo con tal de que les proporcionen suficiente estímulo discursivo para mantener activa su adicción?
            Por lo demás, aparte de ese planteamiento general erróneo o escapista, fuera del endeudamiento, no se conoce que ningún plan, de los salidos hasta ahora de este gobierno, relacionado con la economía productiva haya tenido efectividad alguna. ¿Las razones? El hacer por hacer, el hacer que hacemos, la hiperactividad a base de esparavanes y parajismos no lleva a sitio alguno. Pero es peor aún. Algunas de sus medidas caminan en dirección contraria a la proclamada. Así, mientras, para aliviar los bolsillos y estimular el consumo, se demanda la rebaja de los tipos de interés y se exige a los bancos que pongan crédito a disposición del público, el gobierno pugna por disminuir el numerario de los ciudadanos. De ese modo, por un decir, no se ha deflactado el IRPF en relación con la inflación del 2008. En otro orden de cosas, mientras la inflación crecerá en el 2009 entre un 0,5% y un 1,5 %,  la luz sube un 4,1%, el teléfono lo hace el 4,12%, los taxis el 7,7%, correos el 2,04%, el transporte en torno al 6%. Y también los ayuntamientos (del PSOE, del PP y de IU) se han abalanzado sobre nuestros bolsillos con idéntica avidez. Así, los conceyos de Uviéu, Xixón y Avilés, por centrarnos en los principales de nuestro país, además del mordisco del IBI para diez años sucesivos, han subido las tasas por servicios en un 5% de media, casi cuatro puntos por encima de la inflación prevista. No está mal, ¿verdad?

                        ¿Creen todos estos tipos en algo más que en su propio negocio, en sus escaños y en sus votos (no sus votantes)? Permítanme que lo dude en la misma medida en que pongo en duda los pronósticos del zaragozano gubernamental para el año 2011.u