Mostrando entradas con la etiqueta aldea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aldea. Mostrar todas las entradas

Güei, en LNE: Cacarexar (Los pitones y l'acosu al mundu rural)

0 comentarios

A propósitu del "sucesu" de Sotu Cangues: l'acosu al mundu rural y los disparates. 

El msmu sucesu, con otres reflexones, pero non distintes, en Nel Cañedo: 




Güei, en LNE: Alimañas y administraciones

0 comentarios
(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)


Alimañas y administraciones

Los efectos de una política dañina para con el campo y la vida en las zonas rurales de Asturias

02.03.2018 | 03:56
Alimañas y administraciones
La vida en las zonas rurales está llamada a reducirse a mínimos, siguiendo una tendencia universal de las últimas décadas: factores económicos, sociales y de identidad personal la impulsan. Pero al margen de esa corriente, en España y particularmente en Asturies operan factores de una intensidad especial, que podríamos sintetizar con el título de este artículo: "Alimañas y Administraciones", que no son dos factores independientes y que en algún caso podrían leerse como una pura tautología.
El 26/04/91 LA NUEVA ESPAÑA recogía unas palabras del que fue concejal del PAS en Amieva, Esteban Intriago de Diego: "El campo lleva el camino de ser el parque recreativo de lobos y jabalíes". No era un profeta, conocía simplemente la realidad. Pues bien, las alimañas constituyen un acicate más para el abandono del campo: en unos casos destruyen los cultivos y los campos; en otros, atacan los ganados. Y, entiéndase bien, el problema no estriba únicamente en las indemnizaciones, sino en el efecto desmoralizador de esos ataques (¿quién levantaría repetidas veces una casa que el río se llevase a cada poco?) sobre el aldeano o el pastor y la sensación de que no sólo están abandonados, sino también perseguidos, con la impresión de que la Administración, si no está en su contra, no tiene para ellos más que palabras engañosas.
La política de parques naturales con zonas habitadas dentro o con naturales que viven de sus recursos es también negativa para los habitantes de las zonas rurales con economías que dependen de la agricultura o la ganadería, y, al tiempo, procura incomodidades mil en forma de prohibiciones y permisos. Es cierto que hay una parte muy valorable -la de la preservación- en esas actuaciones, pero no es menos cierto que en las decisiones pesan más los intereses políticos y propagandísticos, también los de los alcaldes de los territorios afectados. En cualquier caso, los perjudicados son los vecinos.
Tampoco se atiende con diligencia a lo que podríamos llamar la "modernización de la aldea y su inserción en la economía global". En ese sentido, este periódico recogía en la última semana, las quejas de los negocios de la zona rural por los retrasos en la instalación de la banda ancha o las demandas de los vecinos de Boal de una conexión a internet "sin demoras". [.............................]
¿Y qué decir de la inmemorial expropiación de los comunales y del desaprovechamiento de los montes, con daño y perjuicio hacia vecinos y copropietarios, que Juan Luis Rodríguez-Vigil, el expresidente, viene denunciando desde hace tanto tiempo? Aquí, ni siquiera palabras de engaño. Y, en un tema relativamente menor en su singularidad pero importantísimo en el conjunto de cada singularidad, ¿no es la legislación sobre los hórreos -que algunos llevamos años denunciando y tratando de modificar inútilmente- un incordio para los vecinos y para el propio mantenimiento de tan singular bien identitario? Porque los hórreos apenas tienen ya utilidad para sus propietarios y, además, la mayoría de esos propietarios tienen una edad muy avanzada y escasos recursos. La voluntad aquí de preservar va contra el propio bien y es un problema muchas veces para quien lo posee: hay que darle utilidad y eliminar restricciones.
Pero no son solo las Administraciones de la Península quienes laboran contra el campo, lo son también las europeas [.............................................................................]

Güei, en LNE: Una muerte silenciosa (el campu)

0 comentarios
(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)


L'aprecederu

Una muerte silenciosa

22.01.2018 | 03:54
Una muerte silenciosa
La muerte de doña Carmen Ibáñez en Panes manejando un marallu d'herba invita a alguna reflexión. Los accidentes trabajando en el campo no tienen en los medios un reflejo como los de otras catástrofes; son, por así decir, silenciosos, pero son muchos: seis personas han fallecido en esas labores en los últimos diez meses.
Parte de esas muertes tienen probablemente su causa en que seguimos manteniendo les querencies cuando ya no tenemos les podencies (como nos ocurre, ¡ay!, en otros campos). Creemos que tenemos 18 años cuando tenemos 81. Es, sin duda, lo que pasa en otro ámbito, el de los accidentes de los pescadores de pedreru, también frecuente.
Esas muertes tienen, por otro lado, un valor simbólico, el de la muerte silenciosa del campo, un sector sometido no sólo a las contingencias y tendencias del mundo moderno, económicas y sociales, sino, al tiempo, cercado y acosado por todos lados: jabalíes, lobos y administraciones.
Todo el mundo habla de fijar población en el campo o de atraerla, pero lo único que se hace es poner dificultades para que se pueda vivir en él. [......................................................................]

EN LA BRAÑA DE CAMPEL

0 comentarios
El sábado 31 de agosto estuve por primera vez en la braña allandesa de Campel. Me situó allí la fotografía de Antonio Vázquez, reproducida en una de las magníficas láminas con que La Nueva España nos regala los sábados. Desde una ligera altura contemplo un total de siete edificaciones, dos de las cuales se hallan en perfecto estado de conservación, y cuatro, aunque deterioradas, podrían tener un uso parcial; de una octava construcción no quedan más que les murueques. Aunque no exactamente iguales, tienen una tipología semejante y la mayoría posee un piso superior para tenada; las dos en mejor estado han reconstruido su tejado con materiales y técnicas más modernas. Todas ellas, según se nos informa, han tenido un destino exclusivamente ganadero. Junto con las edificaciones, salta a la vista un continuum de muries de piedra que establecen separaciones del uso o la propiedad en lo que es probablemente un espacio comunal. A nuestra izquierda, seis vacas de pies, cinco de ellas pastiando; debajo de nosotros, al pie, una echada. El suelo es, en la mayoría de los predios, prado, lo que indica su uso y su cuidado.


Pero el ojo nos lleva enseguida hacia otras estampas. ¡Porque la lámina nos habla de tantas cosas! Nos habla, por ejemplo, de la apropiación y humanización del espacio por el hombre, de derromper, de hacer borronaes, de perseverar después durante siglos contra la naturaleza, convirtiendo lo espontáneo en previsible y manteniéndolo en su ser a través de  generaciones. De la socialización de los individuos y las familias, haciéndolos compartir esfuerzos colectivos en pro del interés al tiempo colectivo y particular, encaminándolos a resolver los conflictos eliminando la violencia y llegando a acuerdos tal vez incómodos para todos; de la erección del derecho, repartiendo obligaciones, estatuyendo el uso y reparto del territorio, conformando la propiedad y la obligación, el ámbito de lo privado y lo común, sus normas y épocas de uso, los caminos y su cuidado en sextaferia, el egoísmo particular y la cooperación. Asimismo, la cultura de los conocimientos constructivos, el saber en el manejo de los materiales, las mejoras en las técnicas de extracción y su acarreo. Y, sobre todo, del trabajo, mucho trabajo, generación tras generación. Acaso, si el ojo tuviese la capacidad de una mayor empatía transgeneracional, su visión ensoñativa nos retrotraería hacia aquellos pastores que, en el neolítico, comenzaban a dominar con sus ganados y sus dólmenes las alturas medias de nuestras montañas.
Pero es posible que nuestra mirada no quiera ir tan atrás, y que se limite a inspeccionar tres, cuatro décadas atrás. Entonces lo que contemplará será una progresiva y acelerada desaparición de esos parajes que hace muchos siglos se constituyeron en «campelos» y en Asturies y que, durante tantos centenares de años, se conservaron como «campelos» y como Asturies. Y si nuestra mirada tiene una vocación escrudriñadora de lo social y lo económico, sabrá que esa tendencia de abandono del mundo rural a favor de lo industrial, lo comercial y lo urbano es una riada casi universal e imparable, y que las gentes prefieren, por lo general, fundirse en la grey a encontrarse a sí en la soledad o entre los pocos; pero conocerá asimismo que, en alguna medida, es ligeramente graduable el caudal de las aguas y la velocidad de su curso. Y que aquí, en nuestra tierra, hemos hecho en estos últimos años todo lo posible, a tuerto o a derecho, por vaciar la aldea y llenar la ciudad. Pues, sobre esa tendencia universal, aquí hemos legislado para dificultar o hacer imposible la vida al ciudadano del campo. Hemos perpetrado parques naturales con vecinos dentro, lo que ha supuesto ponerles trabas en todas sus actividades económicas y cotidianas; hemos levantado todo tipo de dificultades para el mantenimiento de la actividad ganadera en puertos y brañas, dificultando los accesos, la higiene, las comodidades, como si nuestra sensibilidad urbanita solo se sosegase manteniendo al pastor como un buen salvaje del pasado. Se ha convertido la vida en el campo en un ir y venir burocrático y reglamentado  que, sobre los costos, requiere un tiempo y unos saberes técnicos de que en ocasiones no se dispone. Se ha mostrado poca inclinación a reparar de forma urgente los daños que la fauna causa en las propiedades y se ha conseguido instalar en los hombres de la aldea la idea de que los animales son tenidos en más consideración que ellos por la administración y por la prédica social. Hemos desaprovechado nuestros montes y nuestras maderas, sobre los que poco discurso práctico tenemos más allá del ritualizado «ocalitos non». Y, en general, y únicamente por concluir, las ensoñaciones de los teóricos, las manías de los especialistas en tal o cual materia, las visiones de los señoritos que quieren gozar del campo en sus excursiones tal como ellos creen que debe ser han conformado las políticas sobre la tierra y el campo en contra de sus propietarios, de sus habitantes, de quienes en él se ganan su vida. ¡Como si, además, eso que conocemos como naturaleza y que pretendemos gozar fuese otra cosa que la no naturaleza que, contra esta, han construido a lo largo de la vida nuestros antepasados! ¡Como si, fugados y expulsos sus habitantes, la belleza de esa naturaleza se fuese a mantener sola, sin ser devorada en pocos años!
Yo he estado en Campel este sábado 31 de agosto de 2013. Y he podido ver ahí, las manos, los afanes, los sueños, el trabajo de tantas generaciones de nuestros antepasados. Dentro de treinta, de cuarenta años, nuestros nietos y los hijos de nuestros nietos, ¿qué Campel verán, si alguno? ¿Y qué contemplarán en él cuando su vista se abstraiga del presente para recorrer las trochas y senderos de la historia?