Entrevista en LA NUEVA ESPAÑA, el 26/12/05

XUAN XOSÉ SÁNCHEZ VICENTE | Presidente del PAS, profesor jubilado de Lengua y Literatura y autor de "Picu'l Sol", una selección de los artículos que ha publicado desde los años ochenta

"El único discurso es el que llega de Madrid, no hay opinión pública asturiana"

"En treinta años la agricultura y la ganadería tenderán a desaparecer, y - quizá crezca el turismo; de industria, quedarán Arcelor y la alta tecnología"

26.12.2015 | 03:54
Xuan Xosé Sánchez Vicente, en un céntrico café gijonés.
Xuan Xosé Sánchez Vicente, en un céntrico café gijonés.
Xuan Xosé Sánchez Vicente (Gijón, 1949), presidente del PAS, profesor jubilado de Lengua y Literatura, asturianista firme y articulista tenaz, acaba de publicar "Picu´l Sol", una selección de colaboraciones, en su mayoría en el diario LA NUEVA ESPAÑA, durante los años 2012 al 2014, con temática variada y mirada lúcida. Escribe de política, de economía y, sobre todo, de Asturias y de los asturianos.
-¿Cuánto tiempo lleva escribiendo artículos?
-Desde principios de los ochenta. Eche cuentas.
-¿Se reconoce en el Xuan Xosé Sánchez Vicente articulista de hace 35 años?
-Por supuesto. Mi visión del mundo sigue siendo la misma.
-Y mire que el mundo cambió...
-Cambió en muchas cosas, en otras no tanto. Yo soy de los que opinan que la esencia del ser humano se mantiene desde los neandertales y aún más atrás. Se expresaban, pensaban y rendían culto a los muertos. Y buscaban explicaciones, como hacemos nosotros: qué somos y adónde vamos. Preguntas inevitables pero sin ningún sentido.
-¿Por?
-Porque no tienen respuesta.
-Su visión es pesimista. Casi se diría que catastrofista.
-El único discurso que vale es el que llega de Madrid. No existe opinión pública asturiana porque nunca tuvimos la idea de Asturias como conjunto. Somos capaces de poner en marcha una enorme emocionalidad cuando hablamos de Gijón y de Oviedo o cuando salimos a la calle con una bandera porque Fernando Alonso gana una carrera, pero, más allá de estas cosas, todo es menosprecio hacia lo nuestro.
-¿Cómo explicar esa tendencia al menosprecio sin echar mano del masoquismo?
-Es difícil, pero hay ejemplos a montones. En tiempos de Trevín, Asturias y Cantabria organizaron dos exposiciones parecidas. La de Cantabria se titulaba "Cántabros, el origen de un pueblo", y la de Asturias "Ástures, pueblos bárbaros en la frontera del Imperio". Es la idea que tenemos de nuestros propios orígenes, unos bárbaros a los que vinieron a salvar. En cualquier lugar de España, usted entra en una cafetería, pide un agua mineral y se la dan de algún manantial de la zona. En Asturias, encontrar un agua de aquí requiere ser como Diógenes con su candil. Puede parecer anecdótico, pero nuestra forma de ser supone una permanente pérdida de riqueza y empleo.
-¿Hablamos de nacionalismo?
-No. No hablo de eso. Hablo más bien de mentalidades, de una curiosa incapacidad para transmitir lo que tenemos y lo que somos, una tierra con dos siglos de Historia como Estado, por ejemplo. Hablo de una comunidad donde en 2003 el PSOE asturiano cometió el disparate de apoyar el federalismo asimétrico en España, que es como aceptar que me quiten a mí les perres para dárselas al otro, que es más guapo. Ocurre también con los sectores nacionalistas de izquierda, que siempre apoyaron a opciones como Batasuna o ERC. Se querían parecer a ellos porque lo que faltaba era proyecto propio.
-Grandones para unas cosas y, quizás, demasiado cohibidos para otras.
-El grandonismo es un discurso ficticio que permite soportarnos a nosotros mismos y tapar la ausencia real de un interés por lo nuestro. El grandonismo es autoengaño, falsa conciencia. Somos muy autodestructivos. Junto a ese exceso de "Asturias es España y lo demás tierra conquistada", vivimos en el recelo hacia el otro. El "esti, ¿que querrá?" o el "cómo va a triunfar esti, si ye vecín míu", como si la cercanía fuera un problema. Eso sí, todo ello contrasta con la admiración con la que miramos a los que vienen de fuera.
-¿Es un problema sociológico más que político?
-Claro. Es una cuestión de identidad como pueblo más allá de lo epidérmico y lo festivo. Ese interés por lo nuestro del que le hablaba está muy por debajo del que puedan tener los sorianos o los segovianos por su tierra. En Asturias seguimos mirando para atrás. Es como si lleváramos décadas caminando en sentido contrario al mundo y a la Historia.
-¿Soluciones?
-No las veo. Lo siento.
-En Asturias hay talento.
-Es verdad. Hay un sector de la sociedad que apenas tiene voz en los medios de comunicación. Visibilizarlo nos ayudaría a fomentar esa perspectiva colectiva que tanto necesitamos.
-¿Cómo se imagina Asturias dentro de treinta años?
-Con menos población, por supuesto. La agricultura y la ganadería tienden a desaparecer y quizá crezca algo el turismo. Y en cuanto a la estructura industrial, quedará Arcelor, si es que tenemos suerte, e industria de última tecnología.
-¿Ha votado en estas elecciones?
-Voté por correo. Voto siempre, lo considero una obligación moral y social. Un solo voto no va a ningún sitio, pero está bien participar en las elecciones, aunque solo sea para evitar que nos gobierne el peor.
-¿Lamentó alguna vez el sentido de su voto?
-Hombre, yo votaba al PAS, y, como se puede imaginar, muy convencido. Pero cuando no nos presentábamos, jamás tuve la sensación de haber cometido un error.
-Una visión del mundo desde Asturias.
-Vivimos épocas en las que todo el mundo opina. Sólo basta subir al móvil la primera caxigalina que se nos ocurra. No existe pensamiento, solamente impulsos, reacciones inmediatas y espontáneas. Un mundo banal y efímero. Recuerde qué quedó de la Primavera Árabe. Todo cambia muy rápidamente, pero la corriente de fondo de la opinión pública se mueve lenta. Llegas a los veinte años con el almacén lleno de datos y prejuicios. Somos conservadores, no sólo a la hora de votar.

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