Xuan Xosé Sánchez Vicente: asturianista, profesor, político, escritor, poeta y ensayista. Articulista en la prensa asturiana, y tertuliano en los coloquios más democráticos. Biógrafo no autorizado de Abrilgüeyu
De Canga a Cangues
Ayer, en La Nueva España: Predicar trigo y darlo
EL TRIGO: PEDRICARLO Y DARLO
El verano me entusiasma porque durante él se realizan excavaciones que van poniendo al descubierto un pasado que ignorábamos o concretándolo en imágenes. Las de La Carisa, por ejemplo, y nuestra resistencia a Roma; el pecio hallado en el Eo que venía a comerciar con los habitantes de los castros; los continuos hallazgos en Gauzón, donde se fabricó la Cruz de la Victoria, entre los cuales me emocionan dos alquerques con cuyo juego la tropa del castillo se entretendría…
Pero es la hora también de las quejas. En Peñerudes se quejan del estado del Turruxón, como también se quejan del de su lugar en Cenero o como lloramos el de Tudela. Asimismo sobre los palacios se derraman lágrimas en algunos concejos. De todas formas, habrá que irse haciendo a la idea de que no nos es posible conservar tanto patrimonio (como los hórreos), y de que, al margen de mejorar la legislación, si acaso, no hay trigo para tantos peticionarios.
Porque una cosa es pedirlo, otra prometerlo y otra darlo. Lo sabe bien el presidente Barbón, que junto a sus mensajes animosos va dejando en las últimas semanas un largo rastro de lágrimas y quejas por el siempre insuficiente dinero: no lo tenemos para cofinanciar los proyectos del maná europeo, demandamos que se aflojen los límites del déficit y del endeudamiento, porque, si no, seríamos incapaces de elaborar los presupuestos de 2021. Y es que una cosa es predicar eficacia y voluntad y otra dar trigo.
De todas formas, a don Adrián habría que recordarle que tanto su Administración como la de los ayuntamientos acrecentarían notablemente sus ingresos si actuasen con más diligencia para los permisos de obras e inversiones, puesto que los paralizan durante meses y años. Y esa ineficacia se ha multiplicado exponencialmente con la pandemia.
“Devuelvan al menos la Administración a su nivel de ineficacia anterior”, he aconsejado aquí hace tres semanas.
PECULIARIDADES ASTURIANAS
Las excavaciones arqueológicas de la estación veraniega suelen traernos magníficas sorpresas a los asturianos: sobre el paleolítico, sobre la edad del bronce, sobre el arte parietal, sobre nuestros primeros mineros, sobre los castros, sobre la ocupación romana. Y es lógico que cada excavación nos traiga sorpresas: acerca de nuestro pasado, como hombres o como asturianos, no sabemos apenas nada aún, más allá de cuatro indicios que permiten imaginar un panorama más o menos fabuloso, construir un relato enteramente provisional.
En ocasiones algunos hallazgos tienen un valor especial, porque proyectan luz no sobre el pretérito, sino sobre lo que hoy somos, o, por decirlo en términos más precisos, sobre el relato imaginario de quienes creemos ser y de quiénes queremos ser.
Desde ese punto de vista, la aparición de una moneda visigótica en el castillo de Gauzón (lugar, por cierto, donde la tradición supone recubierta de oro y piedras preciosas, por mandato de Alfonso III el Magno, la cruz que Pelayo, al decir de la leyenda, habría enarbolado en Covadonga) ha dado lugar a escenas sorprendentes y altamente significativas. Describámoslo: Pocos días antes del Día de Asturies (8 de septiembre) uno de los arqueólogos de la excavación, don Iván Muñiz, la consejera de Cultura, doña Ana González, el director general de Patrimonio Cultural, don Adolfo Rodríguez Asensio, y la alcaldesa de Castrillón, doña Ángela Vallina, concurren exultantes en rueda de prensa para dar cuenta del hallazgo: una moneda de oro, de 1,5 gramos de peso, del tamaño de unos diez céntimos de euro y con un pequeño agujero en ella, cuidadosamente labrado. En el anverso tiene un esquema de cabeza y pecho y la leyenda «Recaredux Rex»; y en el reverso, la ceca, Zaragoza. Este tipo de monedas no se utilizaban como dinero, sino que eran signos de prestigio y poder de su poseedor.
Y es que nuestra élites, en general, tienen un problema: no se consideran nada si no se proyectan fuera de Asturies, en el gran río madrileño-españolista; escaso aprecio tienen a lo nuestro, siempre pequeño, sino es como escabel para los pies de lo grande, lo ajeno. De ese modo, los demás, lo de fuera, los conquistadores vendrían a civilizarnos a nosotros, a darnos entidad, a vaciarnos de nosotros para hacernos «algo», «fijosdalgo» de verdad, parte de la historia de verdad, de la economía de verdad, del mundo de verdad, de la cultura de verdad. He contado en alguna otra ocasión cómo esa mentalidad la ejemplifica perfectamente el comportamiento de la inteligentsia regional a propósito de una exposición organizada durante el gobierno de don Antonio Trevín: Ástures, pueblos bárbaros en la frontera del Imperio, se denominaba. En contraste, una muestra del mismo género en Cantabria llevaba por título el de Cántabros, el origen de un pueblo. Era la misma mentalidad que, ya nes aboquiaes del franquismo, hizo levantar en Xixón una estatua al invasor y sojuzgador César Augusto, en agradecimiento porque habría venido a librarnos de nosotros mismos, a «civilizarnos». ¿Causó ese simbolismo incomodidad alguna a los regnantes permanentes en Xixón de la democracia, PSOE e IU? Ninguna, y eso que la estatua al emperador vendría a ser —como ingeniosamente escribió Milio Rodríguez Cueto— igual que si los iraquíes levantasen en Bagdad una estatua a George Bush. (Por cierto, en Italia todavía recuerdan la explotación que de Augusto, sus emblemas y sus estatuas hizo el fascismo musoliniano.)Las élites asturianas tienen un problema consigo mismas («fecisti nos ad te» —podrían decir, con san Agustín, mirando hacia Madrid— et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te), y nosotros tenemos un problema con ellas. ¿O acaso creen que todo esto no tiene que ver con nuestra incapacidad para publicitar nuestras bellezas, para organizar nuestra economía, para unirnos como colectividad, para defender nuestros intereses en el conjunto del estado? ¿Acaso no creen ustedes que parte de lo que nos pasa es que somos lo que nos pasa?
¡Ah!, por cierto. ¿Y si en vez de imaginar el castillo de Gauzón poblado por verdaderos españoles-visigodos, que habrían perdido ahí la moneda-amuleto-útero, fingimos otro relato? Por ejemplo, que le habían cortado la cabeza al jefe de los visigodos invasores o que, habiendo realizado una incursión en la meseta los astures, trajeron la moneda como trofeo. U otros muchos. Ya ven, ¡qué escasos pegollos para tan grandes hórreos!

