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Guardar las formas y las esencias

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(Ayer, en La Nueva España) GUARDAR LAS FORMAS Y LAS ESENCIAS La doble celebración del día 8 de septiembre, la patriótica y la religiosa, ha venido este año precedida por una especie de novena concelebrada por doña Adriana Lastra y don Jesús Sanz Montes a través de puyas y censuras. Digámoslo con claridad. Tienen ambos un espíritu picoteru, y gustan de la engarradiella y la pugna dialéctica. Se quejaba doña Adriana el día de su toma de posesión como Delegada del Gobierno de que las homilías del Arzobispo el día de Asturias suelen tener un marcado tono político contra el Gobierno. El Arzobispo argumenta con su libertad de expresión y la defensa de la doctrina de la Iglesia. Bueno, no siempre. Criticar las medidas económicas del Gobierno o hablar del beso a Jennifer Hermoso no parecen cuestiones estrictamente de doctrina. Pero en todo caso, cuando se tienen invitados a la mesa, no parece lo más apropiado suscitar cuestiones hirientes. Se hace, acaso, porque se sabe que ese día, con los medios presentes, lo dicho va a poner el altavoz al máximo nivel. En cuanto a doña Adriana, aprovechar el día de su toma de posesión para atacar al prelado no parece actitud de decoro y contención. Es seguro que ninguno de sus antecesores hubiesen dado ese espectáculo picoteril. Y es que ni don Jesús ni doña Adriana saben guardar las formas. Finalmente, la polémica ha terminado como el rosario de la aurora. Don Adrián, el Presidente, ha manifestado que, por las mismas razones que doña Adriana, no acudirá al oficio religioso del día 8. Rompe así una tradición ininterrumpida que había comenzado Rafael Fernández, socialista, exiliado, participante en la Guerra Civil. Pero, al margen de ese alderique, la doble celebración del día 8 viene criticándose desde una parte de la izquierda, no solo por la asistencia de las autoridades civiles al acto religioso, sino por la confluencia misma de las dos festividades. Para una parte de esa opinión el Día de Asturies debería desvincularse de la idea de Cuadonga porque habría una fecha de mayor potencia representativa de la singularidad asturiana, la del 25 de mayo. En esa fecha de 1808, la Junta General del Principado se proclama soberana ante la ausencia del soberano, preso en Francia, y declara la guerra a Napoleón. Esa visión de la soberanía nacional -intrínseca, ab ovo, constitutiva- que se pretende contener en la declaración de guerra es, sin embargo, muy matizable. La Xunta no actúa en ese momento como expresión de soberanía propia, sino como depósito temporal de otra soberanía, la del Rey. Por otro lado, la propia proclamación de 1808 es una declaración de soberanía limitada: se realiza en tanto el verdadero poseedor de la misma se encuentre desposeído en ella. Además, bastó un soplo del marqués de la Romana para hacer ver lo limitado de la soberanía real de aquella Xunta, y pocos años más para que, con la llegada de una cierta modernidad política que reorganiza todo el territorio español, la Xunta desapareciese sin más rastro que algún libro melancólico. Pero, en todo caso, si aquella Xunta de 1808 atesoraba alguna legitimidad de autodeterminación, ella provenía de que había sido depositada en ella la legitimidad del heredero de la corona, y esa legitimidad simbólica provenía a su vez del patrimonio histórico de Asturies: su levantamiento contra el invasor islámico, su construcción como nación y Reino, su autonomía, expansión e imperio durante doscientos años, esto es, Cuadonga o, si se prefiere decir, Covadonga. A, digamos, enturbiar la valoración de Cuadonga como emblema de la nacionalidad asturiana viene a sumarse el rechazo a una línea de interpretación histórica, la de la instrumentalización que la derecha y el unitarismo españolista han hecho del lugar como germen de España, concebida de una determinada manera y con olvido de los doscientos años del Reino de Asturies, es decir, de “nuestra” historia. La materia es muy compleja pero hay que señalar que, si bien es cierto que esa “españolización” del santuario y la historia se intensifica a partir de la restauración borbónica tras la Primera República, esa potenciación simbólica viene de atrás. Recuérdese a nuestro Xovellanos escribiendo El Pelayo, o, en el plano político, su encargo a Ventura Rodríguez para construir en el lugar una iglesia monumental que fuese, al tiempo, mausoleo de Pelayo. Recientemente, ha venido a sumarse al difuminado de Cuadonga como núcleo de Asturies el discurso, defendido por profesionales, de que nunca hubo una batalla de Cuadonga, de que los relatos sobre la misma son, sobre tardíos, ficticios y remedo de otros. Aceptémoslo como elemento de discusión. Vale. Pero, de pronto, nos encontramos con un estado, reino o nación, que en muy poco tiempo, reconquista su territorio, se expande, crea un arte valiosísimo que implica riqueza y relaciones culturales y comerciales externas. ¿De dónde sale? ¿De ningún sitio? No se nos dice. Bien, pues aceptemos, entonces, Cuadonga, haya sido lugar de batalla, de engarradiella o, simplemente, lugar simbólico. A fin de cuentas, se encuentra al lado de Cangues, primera capital del Reino, y tiene al lado, por ejemplo, a Abamia, otro indicio del comienzo de “nuestra” historia. A mi entender, pues, la potencialidad simbólica e identitaria del lugar es muy superior a cualquier otra que podamos tomar como origen de nuestra nación o de nuestra historia. Por lo demás, no hay necesidad alguna de que los actos conmemorativos del nacimiento del Reino y los del culto a la Inmaculada Concepción (a la que, por cierto, bajo otras advocaciones que la del lugar de la cueva, se le rinde culto la misma fecha en otros muchos santuarios de Asturies) se celebren en el mismo lugar, aun siéndolo en el mismo día. Y para celebrarlo, ¿qué otro lugar que la sede de la primera capital de nuestro Reino, tan cerca, por otro lado, de Cuadonga?

De Canga a Cangues

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(Ayer, en La Nueva España) L’APRECEDERU DE CANGA A CANGUES Trataré de asuntos culturales, relativos a nuestra historia, digamos fundacional, pero no puedo evitar comenzar por un reciente episodio cómico, el que representó el cuadro escénico de la ministra Maroto, el pretendiente Canga, el presidente Barbón y el eurodiputado Jonás. El pretendiente anunció que la UE concedería una ayuda de 460 millones a Arcelor-Mittal. Lo hizo unas pocas horas antes de que la ministra, el eurodiputado y el presidente se enterasen de la efectividad de la ayuda. Primero lo acusaron de fabular, luego de utilizar «información privilegiada» e, incluso, de poner en riesgo la inversión. Posteriormente, ministra y eurodiputado, irritados, anunciaron con propiciar «una comisión de investigación». Todo ello no es más que un juego de niños de los habituales en política, que pocos frutos dará en términos de votos. Si acaso hinchará las ínfulas de los que trabajan con Canga e irritará temporalmente a algunos socialistas. Lo demás, el ruido habitual que quienes figuran en política están obligados a mantener a todas horas. Pero yo quería hablar no de Canga, apellido que vendrá de alguna de las localidades de ese nombre, sino de su plural, Cangues, donde se ubicó el primer núcleo de poder asturiano, el inicio de nuestro Reino y de la Reconquista. Y es que aparecen continuamente noticias arqueológicas que van poniendo figuras en el cuadro de lo que seguramente fue nuestro territorio hasta el momento político fundacional, de 722 (o 718), con Pelayo, Covadonga y Cangues: un espacio poblado por nativos y señores autóctonos, con riquezas y con una tradición constructiva y artesanal potente, que se había ido forjando en los siglos anteriores. Solo así se explica la formación del Reino y su expansión tan rápida, y la creación del arte asturiano, en forma de iglesias o palacios, así como la orfebrería. Las recientes informaciones sobre Gauzón o La Estaca que habrán visto en este periódico son parte de esa pintura.

Navidad en Cuadonga: Una asturiana excepcional

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(Antiyer, en La Nueva España) NAVIDAD EN COVADONGA: UNA ASTURIANA EXCEPCIONAL Navidades de 1936. El Gran Hotel Pelayo, en Covadonga, es un hospital de guerra. Al frente, en lo profesional, está Luis Laredo Vega, sobre médico, alcalde d’Uviéu y diputado por Izquierda Republicana. Su mujer es Ángeles López Cuesta, nada menos que nieta de Teodoro López Cuesta, el escritor más popular de nuestra literatura. (Teodoro no solo fue popular porque escribía literatura humorística. Como fue habitual en todo el XIX, también los asuntos o los momentos serios -la protesta por la posesión de Las Carolinas por Alemania, la vida y martirio del protomártir asturiano san Melchor de Quirós, por ejemplo- forman parte de su escritura). Pero volvamos a nuestra protagonista y su estancia en Cuadonga. Para evitar la destrucción o el expolio de la imagen de la Santina, la ocultan en un armario un tiempo, después la hacen llegar a Xixón, de donde embarcará a Francia y, más tarde, llegará a París. Tiempo después (1957), Ángeles recordará discreta y tangencialmente aquella estancia en «Nochegüena en Covadonga»: «Pel caminín de los Llagos / baxaba la Noche güena / a carrerines de galgu, / co la cara gayaspera / engüelta’n mantu d’escarcha / cuayáu d’estrelles […] / La lluna diba delantre / tocando la pandereta, / y oise música nel aire, / e na cascada, e na cueva, / onde xuntando les voces / canten col alma’nllena / de amor los de Covadonga / pa qu’haiga paz e na tierra… / Aquella noche Jesús / nació allí, ¡benditu sea!». Al final de la Guerra Civil, ella y Luis se refugian en Francia y de allí pasan a México: un poema de 1943 agradece a Lázaro Cárdenas la generosa acogida que dio a tantos expatriados, al tiempo que hace un señardosu recorrido por toda España, pensando en el pronto regreso: «Yo sé bien que cadún dientro del pechu / un nombre con unción lleváis d’afechu, / y esi nombre que todos repetimos / homes, muyeres, vieyos y neñinos / y’el de Cárdenas». Su marido muere en 1943. En 1946 vuelve a España, aquí reside en Madrid y Santiago. A partir de 1967, lo hace en diversos países europeos y en EEUU, siguiendo a su hija menor, casada con un diplomático estadounidense. Finalmente, y hasta su muerte en 1989, se asienta en México, con su hija mayor. En dos «Cartes a la Catredal (d’Uviéu)» muestra su amor y añoranza de Asturies, por sus gentes, su clima, su paisaje. En una de ellas llora también la muerte de un hijo de ella y de Luis (Ángeles casó dos veces, del primer matrimonio tuvo dos descendientes, del segundo, tres), Pepe Luisín. Algunos otros poemas suyos cantan asimismo temas luctuosos, por ejemplo, el dedicado a José Álvarez-Prida, primo de Luis, asesinado en 1936 en León, o el que tiene como destinataria la memoria de su hermano Tomás; otros, por el contrario, festivos, tal, «Na boda de Lenis y Brian», familiares suyos. Nacida en 1892, en el extranjero desde 1967, nunca pierde el contacto con Asturies, ni en lo emocional ni con su realidad. Así, en 1978 compone «El mio dolor ante’l robu y la destrucción na Cámara Santa de la mio Catredal d’Uviéu», que comienza «¿Quién me diba decir, torrina mía, / Catredal de mi Uviéu idolatrada…» y concluye con el deseo de reparación: «Entonces volverá el repicotéu / feliz de tos campanes, y la Bamba, / igual que cuando yo era rapacina, / llame a coru sonora y reposada». A comienzos del los setenta dedica un poema de ánimo y reconocimiento a los «Amigos del bable», asociación creada para la promoción de la lengua asturiana. De este modo concluye: «Y pa qué cansavos más / si con lo dicho ya fuelga / solo qu’habéis de antainar / e nesa noble tarea / por lo que vos doy les gracies / por asturiana y por nieta / d’aquel qu’al fuxir del mundu / dexóme la rica herencia / del amor a mio tierrina / y el apellidu de Cuesta». Si excepcional es su vida, también lo es su escritura. En primer lugar, por las materias tratadas, en segundo lugar por su tono, noticiero, moderno y lírico, a un tiempo, aunque mantenga el molde tradicional del verso. NOTA: La poesía de Ángeles, manuscrita y en posesión de sus herederos, fue editada por el editor y escritor Antón García, en 1994, con el título de «Cartes a la Catredal d’Uviéu». Es posible que existan más textos de la autora, de los que, de momento, no dispongamos.

Asturianismu y asturianismos

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(Ayer, en La Nueva España) ASTURIANISMOS Y ASTURIANISMU La palabra asturianismu (asturianismo) tiene tres acepciones fundamentales: 1) “Locución, giro o modo de hablar propio de los asturianos”, según el DRAE, y que el DALLA define de forma semejante, 2) “Doctrina política que centra sus prioridades en Asturies, la defensa de sus intereses y su identidad”, significado que el DRAE no recoge y que el DALLA traduce de forma timorata y elíptica, 3) “Amor o apego a las cosas características o típicas de Asturias”, que, con distintas formulaciones, acogen ambos diccionarios. Faltaría por formular una cuarta acepción: “Amor y defensa de las características de Asturies y de sus intereses, sin necesidad de adscripción a una doctrina política”. De la tercera acepción tenemos ejemplos múltiples y variados. «Verbi gratia, el noreñense Jesús Ortea, investigador marino, pone nombres de localidades o de personas asturianas a las especies nuevas que descubre; una científica de nuestro país, Carmen Martínez, bautiza como «Rosa Narcea» una rosa única en el mundo por su antigüedad. ¿Y quién de todos los emigrantes entrevistados por este periódico no han manifestado su amor o su entusiasmo por tal o cual lugar, por este o aquel alimento, por el conjunto de la tierra? Sin embargo, de lo que andamos muy escasos es de manifestaciones entre nosotros de la cuarta de las acepciones: el amor activo y con traducción efectiva en la defensa de nuestros rasgos de identidad, en la percepción de Asturies como un todo, en la defensa y lucha real por nuestros intereses como colectividad. Como dice un amigo, con lúcida aunque quizá exagerada imagen, muchos asturianos son capaces de llegar a las manos en Albacete por una discusión sobre algún personaje o paisaje asturiano, pero luego, aquí, son incapaces de mover un dedo por nada colectivo, si no es que manifiestan hacia ello el más absoluto desprecio o indiferencia. Por lo demás, no es infrecuente que seamos acérrimos de nuestra localidad, pero que permanezcamos inconmovibles ante lo que afecta a otras localidades o al conjunto del país. Y no digamos ya nada sobre la ignorancia que sobre nuestra tierra o nuestras cosas tenemos —parte de esa culpa es de la escuela, donde está ausente su conocimiento, o solo aparece en los programas, pero no en las clases—. “Pocos asturianos sabrían decir diez variedades de queso de aquí en una encuesta”, manifestaba la productora polesa Isaura Souza Ordiales en estas páginas. Sobre nuestra tolerancia para que nuestros representantes políticos sometan siempre los intereses asturianos a los de sus jefes políticos en Madrid o a los de otras comunidades, ¿qué les voy a decir? Es una tradición inveterada que pueden ustedes encontrar, por ejemplo, en el proceso de tramitación de los estatutos durante la Segunda República. Y, además, esa sumisión o indiferencia se viste como «sentido de Estado», «responsabilidad», «altruismo»…, algo de lo que nosotros estaríamos imbuidos y los demás (ciegamente egoístas), no. Ello, en la práctica, se traduce en lo que ustedes saben, ser los últimos de la cola, pero, además, en nuestra invisibilidad. En 2014 don Gaspar Llamazares presentaba, sin éxito, en las Cortes una proposición para que la RAE modificase la inaceptable (y discriminatoria) definición que del asturiano (lengua asturiana) daba. Con ese motivo escribí un artículo titulado «El DRAE nos desvela», en el que señalaba que en comparación con la definición de «gallego», la nuestra era discriminatoria, que frente a «galleguismo», «asturianismo» como “apego a las cosas asturianas” no había aparecido hasta el 2001, y que, así como constaba «galleguista», «asturianista» estaba ausente (ha aparecido más tarde). Y afirmaba que «Pese a que nos creemos los más grandes y afamados de la Tierra, por Covadonga o por el 34 o tal vez por nuestra capacidad potatoria (si acudimos a la copla popular que niega que no estemos en el mapa, pues «bebiendo sidra conoznos hasta el Papa), lo cierto es que somos unos grandes desconocidos: nosotros y nuestra cultura». Ni nos vemos ni nos ven titulé el último libro en que recopilo los artículos semanales que publico en LA NUEVA ESPAÑA. Es una implicación: «no nos vemos (como colectividad, no nos queremos) y, por tanto, no nos ven». ¿Creen ustedes que es una manía o un error de percepción de quien esto firma? Miren ustedes. En una entrevista en estas páginas el 17 de septiembre, Ramón Medrano Llamas, un alto ingeniero de Google, preguntado sobre nuestra patria, aseveraba: «Asturias tiene una historia muy larga y rica, y pocas cosas creo que nos faltan por hacer. Hoy en día pienso que debemos intentar pasar a la primera división en España, querernos y creérnoslo». Me limito a reiterar: «querernos y creérnoslo».

Identidá, discursos, empleos

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(Ayere, en La Nueva España) IDENTIDÁ, DISCURSOS, EMPLEOS Gustavo Bueno es una figura indiscutible en sus producciones y proyección. Con todo, en lo tocante a Asturias, don Gustavo, como otros muchos ciudadanos, tenía algunas, digamos, manías. Fue muy combativo contra la normalización del asturiano, y, en esa línea, formó parte nuclear de los autodenominados “Amigos de los Bables”. Uno de los argumentos del filósofo era el de que “pretender normalizar el bable es como pretender llevar la gaita al conservatorio”. El día tres de este mes LA NUEVA ESPAÑA titulaba: “La gaita asturiana hace historia con su primera promoción de titulados superiores”. Pues ya ven cómo si es posible “normalizar la gaita” y llevarla al conservatorio, al igual que la evolución del asturiano ha destrozado todos los tópicos sobre la incapacidad de nuestra lengua para ser una lengua “normal”: en la creación literaria, en la escritura periodística o en las redes sociales, en el ámbito filológico y normativo a través de la Academia... Los “Amigos de los Bables” (en realidad, sus enemigos, pues declararse partidario de su supervivencia en el mundo contemporáneo, sin establecer, como las demás lenguas, un estándar y sin darle los atributos sociales de “lengua normal”, desde los jurídicos a los de los medios de comunicación, es condenar a los hablantes a la marginalidad y a la lengua a la desaparición) eran incapaces -como lo son, es cierto, otros muchos ciudadanos- de sentir la lengua como una seña de identidad colectiva y, por consiguiente, de valorarla y querer su vitalidad. Pero no veamos en esa postura una muy particular idea de un grupo más o menos numeroso de ciudadanos, es parte de un entramado más general de desafección hacia Asturies o, si quieren, de minusvaloración de lo que somos y de atención preferente a lo general español, a lo europeo o a lo mundial. Siempre lo de fuera por encima de lo nuestro, siempre antes; lo que lleva, en la práctica, a la sumisión política y a no encontrar caminos propios para nuestros problemas económicos y sociales (no hablo, entiéndase, de nacionalismo). Ahora mismo, con motivo de la celebración de los 1.300 años de la batalla de Covadonga, asistimos a discursos de negación del hecho o, al menos, de relativización de su significado y consecuencias, como si Covadonga, Pelayo, Cangues, el Reino no hubiesen existido como una singularidad o fuesen una mera continuidad de algo más importante, por no-asturiano y de fuera, el reino visigodo. Permítase, a propósito, el inciso de señalar la razón que tiene el señor Barbón al censurarlo. Ese tipo de discursos entrañan una visión del mundo que implica nuestra inanidad política, nuestra desvertebración social y, en último término, nuestro enquistamiento económico. Pero ellos no son más que una de las caras de nuestro problema. El otro es el de nuestros discursos sociales, nuestra mentalidad general de exigencia de que el Estado solucione milagreramente nuestros problemas, la escasa simpatía que despiertan la innovación, el emprendimiento y la empresa privada; la desatención hacia ella del discurrir institucional y político. Tenemos, es cierto, un problema, de capitales (como en tiempo de Xovellanos), pero también de clima y ambiente para el crecimiento de las empresas, es decir de la economía, es decir, del empleo. Hace ya años publicaba en estas páginas un artículo donde destacaba las palabras de un recién llegado: “me pareció que había viajado a un país diez años atrás del resto”. Pues bien, desde hace meses LA NUEVA ESPAÑA viene publicando unas interesantísimas entrevistas con asturianos de todos los ámbitos (empresariales, científicos, docentes…) que han tenido que salir fuera a trabajar y triunfar. Lean. No hace falta que lo hagan con mucha atención, lo verán enseguida: todos ellos, todos sin excepción, señalan como negativas para nuestro progreso esas peculiaridades que acabo de apuntar y piden cambiar esas mentalidades y “querernos más”. Solo les pondré un ejemplo, las palabras (04/06/2022) de Víctor Fernández Coalla sobre lo que tenemos que hacer: “Vendernos mejor, borrar complejos y apoyar lo asturiano”. Como he troquelado, “Ni nos vemos ni nos ven”, es decir, “no queremos vernos –conocernos, reconocernos y querernos- y, por eso, no nos ven”. Ni, añadamos, enfrentar nuestros problemas y poner las bases para remediarlos. PS. Por cierto, mis felicitaciones a Daniel Meré, Fabián Fernández y Marco Antonio Guardado, que son los gaiteros que dieron sus audiciones finales tras cuatro años en el Conservatorio de Oviedo.

COVADONGUES

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(Ayer, en La Nueva España) COVADONGUES Covadonga es un complejo de al menos tres elementos. Al tiempo, esos elementos han tenido valoraciones o potencias distintas a lo largo de la historia o las tienen hoy. En torno a Covadonga debió de haber un combate entre moros y cristianos, de mayor o menor entidad: batalla, engarradiella. A partir de ahí, comienza la construcción del Estado asturiano, que dura más de cien años como tal, con su cultura específica (el arte asturiano es su muestra más notable), en la que destaca la supervivencia de técnicas y tradiciones romanas: innovación junto a tradición. La conciencia de esa singularidad histórica y de su trascendencia la subrayan los asturianos inmediatamente posteriores. Para la Crónica Pelayana los asturianos se habían convertido en el pueblo elegido por Dios: “Escoyó Dios Asturies y per tol redol d’Asturies punxo unos montes firmísimos, y ye’l Señor el protector del so pueblu dende entós, agora y mientres el mundu durar”, dice con palabras que nos recuerdan las promesas de Jehová al pueblo judío durante el Éxodo. Y el testamento del Rey Casto señala que la victoria de Pelayo “defendió enalteciéndolo al pueblo asturiano y cristiano” (“asturiano”, no otro). Hay historiadores que niegan el episodio de Covadonga; otros que reducen su entidad a poco más que una escaramuza. Como quiera que sea, sobre esa “realidad” se construye un discurso que da origen a la historia fundacional de Asturies, y, siglos más tarde, a la de España, reduciendo o ignorando, en este caso, la existencia de otras reconquistas y otros concursos en lo que va a ser el Estado Español. En algunas ocasiones, también, ese discurso se tiñe de lo que podríamos llamar “nacionalcatolicismo”. Con todo, la importancia política del lugar no empieza a tener relevancia hasta el XVIII, cuando los ilustrados, con Jovellanos entre ellos, comienzan a pensar en dotar a Covadonga de suntuosidad monumental, al tiempo que tratan de convertir en emblema del origen de lo español a Pelayo y Covadonga. De todas formas, no es hasta el último tramo del XIX, con la restauración canovista —por el medio, Alejandro Pidal y Mon, Roberto Frasinelli y el obispo Sanz y Forés—, cuando se pone en pie la actual basílica y se engrandece el entorno de la cueva. El segundo elemento es el religioso. Desde que tenemos noticia hay un culto mariano en Covadonga, en la “Cueva de la Señora”, continuación, probablemente de un anterior culto a una divinidad femenina en el misma lugar (“Diva/Deva”, diosa, es el nombre del río que de la gruta brota). Ahora bien, hay que señalar que Covadonga, como centro religioso, tardó mucho en salir de su ámbito local. Es más, hasta hoy compite con bastantes otros santuarios en su capacidad de atracción en su fiesta, el 8 de septiembre. Tampoco desde el ámbito estrictamente eclesiástico recibió Covadonga una atención exquisita, pues es solo en 1783, con el papa Pío IX, cuando la diócesis adquiere misa y oficio propios de Nuestra Señora de Covadonga, y es en esa fecha cuando se señala el 8 de septiembre como la de la festividad. También en ese momento se concede la indulgencia plenaria a los fieles que ese día o los ocho siguientes visiten la capilla de la cueva. Tal vez lo que más ilumine la escasa magnificencia y proyección del lugar hasta esas fechas apuntadas sean las palabras de Sanz y Forés al conocerlo: “¿Pero esto es Covadonga?”. Ahora bien, esa ligazón del sitio con, de un lado, lo religioso y, de otro, con determinadas versiones de España o, simplemente, de “lo español” provocan el rechazo o la distancia de ciertas izquierdas. Me acuerdo, por ejemplo, de la ingenuidad de don Gerardo Iglesias, durante el debate sobre la institución del Día de Asturies, intentando averiguar la efeméride de la batalla de Covadonga, a fin de separar la fiesta de la Comunidad del día religioso. Es, asimismo, notable el empeño del asturianismo de izquierdas en convertir la fecha del 25 de mayo en la Fiesta del país, en el intento doble de separarse de lo religioso y de lo políticamente “españolista”, como si, por cierto, el pronunciamiento de la Xunta Xeneral en esa fecha no fuese una manifestación tendente a devolver al rey al trono y de mantener la integridad e independencia de la nación española. En otro orden de cosas, Covadonga establece a su alrededor otro espacio de sacralidad, el de la sacralidad de la naturaleza, si es que se acepta el concepto, de lo que es un epifenómeno la creación el 24 de julio de 1918 del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga (de sus avatares posteriores, mejor dejarlo correr hoy). Y todo ello alguna excelsitud ha de tener. Cuando Alejandro Pidal y Mon le reenviaba a Cánovas, su reciente socio, las truchas pescadas en Covadonga por el canónigo covadonguín Máximo de la Vega, manifestaba el prócer malagueño que “no había comido en su vida cosa más sabrosa”.

Ayer, en LNE: Pelayo y los invisibles

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                                       L’APRECEDERU

                               PELAYO Y LOS INVISIBLES



                Revisando archivos, encuentro uno en que voy anotando la recurrente aparición de tres negaciones, la de la idea de Reconquista como un término adecuado; la de la existencia de la batalla de Covadonga (ni siquiera habría habido una “agarradiella”, como tituló una narración Rafael Álvarez-Borbolla); la de rechazar cualquier veracidad sobre lo que la tradición nos venía diciendo sobre la persona de Pelayo: de su nacimiento y genealogía, al lugar de su tumba.
                Que conste que ese negativismo o hipercriticismo no es nuevo. Ya a comienzos del XX nuestro Julio Somoza, aquel gran devoto de Xovellanos, sostenía lo mismo. Seguramente tienen razón todos estos historiadores, pero lo que es indudable es que hubo un estado asturiano, que se expandió, que inventó un arte asturiano e, incluso, la tumba del Apóstol y su camino. Eppur si muove¡, nos veríamos tentados a decir, como Galileo.
                Esa práctica desaparición o borrado de nuestra vista del panorama histórico tradicional me lleva, por caminos diversos, a algunos invisibilizados en estos días de sufrimiento. Los niños, por ejemplo. Además de enclaustrados, lo que no están los perros, ¿alguien pensó en máscaras o guantes de su talla?
En un artículo publicado el 13/4/20 en LA NUEVA ESPAÑA, Campo Vidal da voz a las quejas de mucha gente de los pueblos, quienes protestan que se impida a la gente desplazarse a sus huertos. “En los pueblos no se nos deja ir al huerto, mientras que en las capitales se puede viajar en metro”. Y reflexiona el articulista: “El que redactó el decreto […] lo hizo en una ciudad y pensando solo en las ciudades”. En los urbanitas, corregiría yo, porque cuántos miles de asturianos tienen una huerta o una pumarada y no pueden atenderlas.
                ¡Como si fuese más fácil contagiar a alguien segando o plantando en solitario que viajando o comprando con él!
                ¿“Desescalarán” (o mejor, “desubmergirán”) pronto a esta gente? Lo dudo.

Güei, en LNE: Pelayo y los invisibles

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L'aprecederu

Pelayo y los invisibles


(Les interpretaciones de la historia d'Asturies, los neños, los huertos, los praos y les pumaraes).


Un saludu y una felicitación a toles Covadongues

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Un saludu y una felicitación a toles Covadongues: un nome tan emocionalmente arreyáu a la tierra.




Güei, en LNE: El Reino sin atributos

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(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)
L'aprecederu

El reino sin atributos

La relación conflictiva de los asturianos con su propia historia

03.09.2018 | 00:08
"Asturias, un Reino de dos siglos", "El nacimiento del Reino de Asturias", he aquí dos títulos claros, rotundos, para celebrar el decimotercer centenario del nacimiento de lo que durante doscientos años fue el Reino de Asturies, en continua expansión, con relaciones comerciales y diplomáticas con Europa. Sin embargo, el lema con que se anunciaba la exposición del pabellón del Principado en la Feria de Muestras tenía algo de confuso: "El Reino que nació en Asturias", como si tratase de proyectarse hacia el futuro del XVI o del XX y de soslayar el hecho central: un Estado, un Reino que duró dos siglos.
En 1999, en Santander, una exposición de Universidad y Gobierno sobre la prehistoria titulaba: "Cántabros, el origen de un pueblo". Años antes, aquí, idénticos organizadores sobre idéntica materia rotulaban: "Ástures, pueblos bárbaros en la frontera del imperio". Lo que va de un título a otro es todo un síntoma de lo que va de un país "normal" a otro donde su intelligentsia tiene una relación particular de odio/recelo/vergüenza para con el territorio donde se asienta. Pues bien, me parece que en la elección del título del decimotercer centenario hay una sombra de esa relación conflictiva con nuestro propio ser e historia.
Contrastando con el vecino pabellón xixonés, donde se homenajeaba a Quini con rotulación bilingüe, el asturiano estaba totalmente ausente en el del Principado, como si nuestra lengua no existiese. 

Güei, en LNE, Turismo: mirando hacia el verano

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(Trescribo, como davezu, los primeros parrafos)
L'aprecederu

Turismo: mirando hacia el verano

02.01.2018 | 03:08
Turismo: mirando hacia el verano
Aunque no podemos competir con el sol y las playas de Levante, el Sur y las Canarias, el turismo no para de crecer en Asturies. Todo tipo de turismo: el del excursionismo de rutas fáciles o difíciles, el de aventura, el cultural, el de la naturaleza, el que frecuenta las casas rurales? Sin embargo, habría algunas cosas que cambiar o mejorar. Especialmente este año en que las varias conmemoraciones a que llama Covadonga supondrán una vigorosa apelación a la visita.
Quizás, ya que acabamos de mencionar el espacio sagrado de la fundación del Reino y de la basílica, sea conveniente empezar por aquí: muchos planes y discurrimientos se han trazado, pero lo poco que se ha ejecutado no ha logrado solventar los atascos multitudinarios en su entorno ni aliviar la incomodidad y el malhumor de los miles de personas que quedan atrapados o han de dar la vuelta.
Aunque se ha mejorado en algo, no existe aún un instrumento que aúne de forma clara, inmediata y eficaz todas las ofertas culturales existentes en Asturies -desde museos a cuevas prehistóricas, pasando por el arte sacro-, y permita a los visitantes disponer de un abanico amplio de opciones y poder realizar sus reservas.
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Güei, en LNE: "Un tal Blázquez, digo, Pelayo"

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(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos) 
L'aprecederu

Un tal Blázquez, digo, Pelayo

La versión de la Historia de Asturias de un libro de texto de Bachillerato

18.04.2017 | 03:31
Un tal Blázquez, digo, Pelayo
Foro ha denunciado que la "Historia de España" de la editorial Akal para el Bachillerato trata de forma inadecuada la historia del Reino de Asturies. La editorial ha respondido que se encontraban "pasmados" y que Foro pretendía instaurar la censura.

LA NUEVA ESPAÑA les ha ofrecido a ustedes (28.03.2017) el citado pasaje. Está hecho todo de medias verdades, ocultaciones y juicios matizables u opinables. Entre otras cosas, dice de la batalla de Covadonga que "en la actualidad se considera esta batalla como una continuación de las muchas escaramuzas que venían produciéndose, desde mucho tiempo atrás, entre cántabros y vascones y las guarniciones romanas y visigodas del valle de Duero". ¡Sopla!, que diría un pacato. ¿Continuación de las guerras con los romanos? ¿Y por qué no entre neandertales y sapiens? Pero, sobre todo, ¿cómo que "entre cántabros y vascones"? ¿No vino aquí hasta Augusto para pelear con astures y cántabros? ¿Y La Carisa? ¿Y el Picu Homón?, por ejemplo. ¡Así que, según los de Akal, lo de Asturies es en realidad de nuestros vecinos, no nuestro!

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Mañana, en Xixón, Día de la Nación o Día d'Asturies

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Mñana, día 8 de septiembre, el PAS va facer, como davezu, un homenaxe a Pelayu, como fundador del Reinu y Estáu d'Asturies.

Va celebrase a la 1 la tarde, na Plaza'l Marqués, en Xixón, delantre la estatua Pelayu.

Como queremos que sea un homenaxe abiertu a la ciudadanía, vamos facelu cola sola bandera d'Asturies, y invitamos a tolos que quieran a tar presentes y acompañanos.



Ehí nos vemos. 

Día de la Nación o Día d'Asturies: invitación y recuerdu

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Volatina espardía con motivu'l día 8 per Asturies. Hacia 1975 o 1976

El próximu día 8 de septiembre el PAS va facer, como davezu, un homenaxe a Pelayu, como fundador del Reinu y Estáu d'Asturies.

Va celebrase a la 1 la tarde, na Plaza'l Marqués, en Xixón, delantre la estatua Pelayu.

Como queremos que sea un homenaxe abiertu a la ciudadanía, vamos facelu cola sola bandera d'Asturies, y invitamos a tolos que quieran a tar presentes y acompañanos.



Ehí nos vemos. 

GRANDEZA Y MISERIA DE COVADONGA

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Sobre Covadonga podemos fijar la mirada de muchas maneras: patrióticas, religiosas, históricas, contemporáneas. Veamos algunas de ellas.

La primera y más notable es sin duda la relacionada con el primer rey asturiano, Pelayo. En el entorno de Covadonga debió darse un encuentro de mayor o menor intensidad entre las tropas mahometanas y un grupo de asturianos que se oponían a su pretensión de dominio. Ese lance de armas supuso, en primer lugar, un freno a la expansión de los árabes y el islam. En alguna medida, pues, constituye un episodio fundamental en la construcción de la Europa moderna. De forma más inmediata, las consecuencias del choque suponen la gestación del estado o reino asturiano, que, durante más de un siglo, creará su propio arte, crecerá hacia el oeste, el sur y el este, hará nacer el potente foco religioso de Santiago de Compostela y, ulteriormente, verá surgir en su frontera oriental el condado de Castilla, el territorio que constituirá el eje futuro de la política española. La conciencia de esa singularidad histórica de comienzo ex novo la subrayan los asturianos inmediatamente posteriores. Así, la Crónica Pelayana, para la cual los asturianos se habían convertido en el pueblo elegido por Dios («Escoyó Dios Asturies y per tol redol d’Asturies punxo unos montes firmísimos, y ye’l Señor el protector del so pueblu dende entós, agora y mientres el mundu durar»), o el testamento del Rey Casto, que señala que la victoria de Pelayo «defendió enalteciéndolo al pueblo asturiano y cristiano» («asturiano», no otro).

Desde el primer momento, pues, Covadonga presenta la conjunción de lo político y lo religioso, aunque, en la práctica, el significado político del lugar no se tradujese en el boato monumental y la trascendencia social que acompaña a otros centros religiosos de condición excepcional, y menos a los que unen a su carácter religioso una impronta política. Puede, al respecto, percibirse una cierta decepción en las palabras de Ambrosio de Morales durante su visita en 1572 al lugar o recordarse la exclamación del obispo Sanz y Forés en el XIX: «¡Pero esto es Covadonga?». Pues en efecto, es únicamente con Carlos III cuando los ilustrados, embarcados en un proyecto de enaltecimiento de España, comienzan a pensar en dotar a Covadonga de suntuosidad monumental, al tiempo que tratan de convertir en emblema del origen de lo español a Pelayo y Covadonga. Ahora bien, no es hasta el último tramo del XIX, con la restauración canovista —con nuestro Alejandro Pidal y Mon por el medio, así como Roberto Frasinelli y el ya citado Sanz y Forés— cuando se pone en pie la actual basílica y se engrandece el entorno de la cueva.

Pero es que tampoco desde el ámbito estrictamente eclesiástico recibe Covadonga una atención exquisita, pues es solo en 1873, con el papa Pío IX, cuando la diócesis adquiere misa y oficio propios de Nuestra Señora de Covadonga, y es en esa fecha cuando se señala el 8 de septiembre como la de la festividad. También en ese momento se concede la indulgencia plenaria a los fieles que ese día o los ocho siguientes visiten la capilla de la cueva. No debe olvidarse, además, que aun hoy en día, y pese a su conocimiento y significación, Covadonga compite en «popularidad» con muchos otros santuarios locales a lo largo de todo el país, muy notablemente, el propio 8 de septiembre.

Aunque en otro orden de cosas, Covadonga establece a su alrededor otro espacio de sacralidad, el de la sacralidad de la naturaleza, si es que se acepta el concepto, con la creación del primer parque nacional de España.

Ahora bien, al margen de lo antedicho, la célula madre del Reino Astur es asimismo paradigma o espejo de la propia tierra. La incapacidad de hacer de ella un potente emblema de lo colectivo; la desatención que padeció durante tantos siglos; la competencia con otros santuarios locales, tan característica de nuestro fraccionamiento como país, de esa miopía que nos impide ver más allá de nuestro valle o concejo, en lo interior, pero percibir agigantado lo exterior; incluso, en el ámbito medioambiental, el disparate de la ampliación y gestión del parque para seguir discursos foráneos, perjudicando, como consecuencia, a paisanos y vecinos; todo ello es tan asturiano, tan nuestro, que, aunque solo fuese por ello, habría que ver a Covadonga como el más entrañable de nuestros yos.

¿He dicho «la desatención que padeció durante tantos siglos»? He dicho mal, no es únicamente pasado, es presente. Descuidada en los servicios para los visitantes, con una terrible dejadez en los caminos para llegar a ella y en su entorno, convertidas las promesas para su mejora en otras tantas de les «pómpares de xabón» a que la Administración asturiana nos tiene acostumbrados, desaprovechados el santuario y su entorno para nuestra promoción turística o para contentar adecuadamente a los visitantes, hoy mismo el viajero sufre ante ella la decepción de Ambrosio de Morales y podría exclamar las mismas palabras de Sanz y Forés arriba citadas: «¡Pero esto es Covadonga?»

Pues sí, efectivamente, es Asturies.

COVADONGA: PATRIA, RELIXÓN Y SENTIMIENTU (2)

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Nel 1918, Agarradiella en Covadonga, 66 décimes de versos octosílabos perpetraes por Rafael Álvarez- Borbolla López (“Pin d’Escola”), narren dende’l Guadalete a Covadonga nún estilu xabaz y toscobeyu:

“A daquesti, una llanciá/; a l’utru, un estadoñazu;/ al d’ainde, un llabanazu;/ una espicha al d’acullá;/ daquel cai d’una porrá../ y, en fin, nún creu, garabates,/ fesories, trientes, forcates,/ hachos, foces y cuchielles/ esmigayen los infielles/ qu’entá ximielguen les pates”.

Del primer terciu del XX son tamién los 283 versos del romance-silva nel que, col títulu de “La victoria de La Cruz”, Marcos del Torniello repasa la batalla y los sos preliminares. José Benigno García, que ye un escritor de versu sueltu, graciosu y de bona llingua cuandu s’acorripia nel campu costumista, asoleya equí la so otra faceta de xabacería, toscobeyería y insoportable patriotismu ultraderechista y ultraespañolista, abondo frecuente na so producción. Véase esta muestra d’antilliteratura:

Y entós la media lluna de los moros,/ esmondongada y rota,/ los cuernos, retorcíos,/ va escondese/ debaxo de la cola/ del rabo de la burra saltarina/ que Don Pelayo amonta

Pachu’l Péritu (Francisco González Prieto), en quince penoses décimes y col títulu de “La Virxen de Covadonga”, narra tamién la pelayina agarrapela nel primer terciu del sieglu.

Nun diálogu con un pelegrín, al que se lu invita a dir a Covadonga, Pachín de Melás (Emilio Robles Muñiz), a lo llargo de los 50 versos de romance-silva que constituyen la composición, pon l’acentu nel significáu del marianu y hestóricu del santuariu, pero ensin aparase a describir en detalle l’agarrapela nin poner l’entusiasmu nes glories béliques:

Pelegrín, pelegrinu

De vida andariega,

Non marches, descansa,

Ya tas en mio tierra,

Ya tas en mio Asturies...

¡¡Bendita sía ella!!

Agustín de La Villa, tamién nún romance-silva, de 93 versos, da-y un enfoque distintu y prestosu a la cuestión: “Arremontose la Santina” asoleya l’enfadu de la patrona porque los asturianos tán dexando les sos costumes y la so llingua:

“La Patrona d’Asturies, la Santina,/ piquiñina, galana y gayaspera,/ que, dende Covadonga,/ mos ampara y gobierna,/¡está que fuma en pipa con nosotros...! /Así-y dixo a Xesús, en son de quexa:/ (En bable lisu y llanu, que la Virxen,/ pa nel cielo charrar, no usa otra llengua)”.

Vien darréu un diálogu de la Virxen col so fíu, esponiéndo-y el motivu les sos quexes. La Santina, na so espirica, señala la perda les señes d’identidá (escarpinos, monteres, calzón cortu..), pero, sobre tou:

“ Tú considera/ qu’empérrense en rezame d’otru mou/ que non ye na so llengua:/ en una xerigoncia que no entiendo,/ que, como en bable, lo entendiera.” /.../ “Y too, por non hablar como Dios manda,/ en bable, la más dulce y suave llengua./ Así que, Tú verás: sin que lo igües,/ ¡nin arrastru me lleves a la Cueva..!”

Probablemente el testu con voluntá más llírica de los años anteriores a la Guerra Civil sea’l de Constantino Cabal, “Ye pequeñina y galana”, una serie de pentasílabos y decasílabos que, ensin dexar de tener presente la batalla, tienen un calter marianu, aborden la devoción popular y muestren, curiosamente, al final del poema, la presencia emocionada d’un “yo” narrador que se comporta como pá o ma de la Virxina, añicándola. Asina diz un retayu:

Ai, quién coyera

Los sones toos entemecíos /.../

De los marmullos y chuchurríos

Que fain divina

La carbayera

Pela tardina.

Quién los coyera...!

Pa igua-y un cantu que fora asina

Como un arrullu de paxarinos,

De carbayeres y de pimpanes,

A la Santina

de les Santines,

Nuestra Señora de los endrinos

Y les mazanes..!

Nel 1945, cinco años dempués de muertu l’autor, José d’Abego y Sánchez, asoléyase un romance de 188 versos, La danza prima. Covadonga-Pelayo, que tien como exe fundamental l’agarrapela auseviense. Nel testu remanecen ecos d’otros testos del romanceru español:

Dengún colos invasores/ se atreve a midir sos armes, /sinón un príncipe godu/ que de Don Pelayu traten.... Y, más alantre: Soberbiosos y enfotaos/ en so númeru y coraxe,/ dende el Sella hasta Cuadonga/ llenen valles y cañaes.

Poemes marianos y llíricos son los de Xuacu Fana, “¿Cómo quies, mio Santina, que te quiera?” (en delles combinaciones de 7 y 11 sílabes); el del siempre apreciatible Lorenzo Novo Mier, “Suañu de lluz”, un romance de 8 y 11 versos que tien como estribillu el popular “La Virxen de Covadonga/ ye piquiñina y galana”; y el tamién romance “Nuestra Santina”, de R.J. Roque Pérez- Santamarina Durantes.

Nel 1968 asoléyase un testu de José León Delestal, “Pachín en Covadonga”, qu’aborda una visita a Covadonga dende los peores parámetros de xabacería y gracies gordes del monólogu.

Nel 1975, la sociedá Amigos del Bable convoca un concursu, “Primera Andecha de la Poesía Bable”, dedicáu precisamente a Covadonga. Al añu siguiente asóleyense los principales trabayos del concursu, ganadores o non, xuntu con otros anteriores de la tradición lliteraria; toos ellos embaxu’l títulu de Covadonga n’a poesía bable. Les obres que del concursu s’enxerten son “Cova Dominica”, de Florina Alías, primer premiu; “Primer poema dende’l norte”, un testu polimétricu, con rima ocasional, d’Aladino Fernández Suárez, segundu premiu; “Embaxu esti cielu gris”, una serie de cuartetes octosilábiques, de José Ángel Cabal Ciorda, segundu premiu tamién; “Camín del cielu”, de Bernardo Guardado Rodríguez, una estaya de pariaos endecasílabos; “Santiquina mía”, de María Jesús Guardado Tomás, un romance- silva onde’l “yo” emisor dialoga cola Virxen. En xeneral, la mayoría d’ellos son de mena llírica y mariana. Sólo’l de Bernardo Guardado s’enfota na descripción de la batalla.

Merez la pena destacar la composición de Florina Alías, un conxuntu d’once sonetos y dos tercetos encadenaos onde s’aborda’l tema ausévicu dende una perspectiva panorámica, temporal y temática: la resistencia a Roma, la independencia d’Asturies, la batalla, la emigración, la construcción de la basílica. El conxuntu ye meritoriu. Ésti ye ún de los sonetos:

¡Lluegu, el gozu d’oyer a los canteros

al tallar so la piedra filigranes,

el cantar como canten los raitanes,

o como l’agua nos despeñaeros...!



¡Gozu’l d’oyer a los picapedreros

con el cincel, y al son de sos afanes,

el repicar en piedra a unes campanes

que suañaren devinos campaneros...!



Y alzose la Basílica a María

Na mesma Covadonga, onde tovía

Pel monte, per el valle y pela Riera,



Trai el ecu la voz recia y bravía

D’aquel canteru que baxare un día

Pel vino, a cortexar la tabernera.

COVADONGA: PATRIA, RELIXÓN Y SENTIMIENTU (1)

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La materia de Covadonga anició, según yera d’esperar, una producción abondosa na nuestra lliteratura. La primera d’elles ye del padre la nuestra hestoria lliteraria, Xosé Caveda y Nava. “La batalla de Covadonga” (desurdía a principios del XIX, en momentos que traten de facer espolletar la xuntura ente Covadonga, como raigón hestóricu prestixosu, y un proyectu ideolóxicu de grandeza nacionalista española) tien como centru emocional/temáticu la narración detallada de la contienda y el so significáu políticu. El narrador, que se dirixe a un oyente/llector anónimu, señála-y:

¿Non ves, amigu isti templu

que llevantó la piedá /.../

Pos ye un recuerdu de gloria

Pa toa la cristiandá /.../

Equí, cuando espavoría

Lloraba España’ l so mal /.../

Un esforciadu rapaz,

De Rodrigu descendiente

Y afrenta del musulmán....

Y, tres un detalláu relatu la batalla, qu’incluye’l diálogu ente Oppes y Pelayu, les eshortaciones a los combatientes cristianos, l’amarraza y l’ésitu godu-astur, la conclusión (versos 443 a 448):

Y sobre roines sangrientes

Del vencíu mosulmán,

Enarbólase la cruz

Que fo del trunfu señal;

Y a España torna Pelayu

Ara tronu y llibertá.


Tola lliteratura posterior de mena patriótica nun va salir d’esti esti esquema ideolóxicu: Asturies como trubiecu (ocasional) d’España, nún actu de presencia divina que reinstaura les glories godes. El significáu autónomu d’Asturies nun esiste, la hestoria pa sigu tampocu, los tres sieglos del reinu d’Asturies, menos. Pa decilo con claridá: la Covadonga los nuestros lliteratos ye una Covadonga nacionalista-españolista y centraliega, pasada pola relixón nacional, una anti-Asturies, nel fondu.

Tamién nel XIX, Benito Canella Meana (1809-1892; pá del rector y editor Fermín Canella Secades) fae dos sonetos que s’asoleyen nel 1879: “La batalla de Coadonga” y “La virxen de Coadonga”. El primeru muévese nel esquema políticu patríoticu; el segundu entama un subxéneru d’una orientación más mariana y devocional, con presencia de un “yo” nun sólo emisor/marrador, sinón suxetu temáticu/emotivu. Esta segunda estaya d’enfoque covadonguista tendrá tamién descendientes, anque, entá nella, casi nunca dexará de tar presente, anque sea mui per delláu, el significáu nacionalista-españolista del llugar o la referencia a la engardidiella escontra los moros.

Ye nel 1852 cuandu Marcelino Flórez de Prado, con motivu de la visita de María Cristina de Borbón, enxerta nún diálogu ente dos personaxes, onde se traten materies relatives a Asturies y la visita, un curtiu romance la engarradiella Covadonga.

Ye tamién nesi sieglu antepasáu cuandu Teodoru Cuesta aborda la materia, al menos dos vegaes: una nún relatu en venticincu octaves reales, “Recuerdu hestóricu”, que s’enxerta dientru l’esquema marirreguerianu del ámbitu de la casa rural, los apellidamientos a los oyentes dientru la ficción, el símil de raigañu homéricu, etc.; otra al través d’un romance de 162 llinies, “A la Santísima Virxen de Covadonga”, aquél más políticu/hestóricu, ésti más marianu, y cola presencia d’un “yo” que dialoga cola Virxen, y onde la Santina apaez como la madre identitaria de los asturianos:

Uquier aliende un to fíu,

Ellí estas; metanes l’alma,

Pa qu’a la gloria lu guíes

Un altarín te llevanta.

Y lloñe, allende los mares,

To memoria non s’aparta

De los astures retueyos

Que dexaron so quintana,

Barruntando la fortuna

Que con trabayu y constancia

Algamen, volviendo al ñeru

Fiel recuerdu de la infancia.

A finales de 1880, en México, el llaniscu Ánxel de La Moría, escribe sendos poemes con motivu del 8 de septiembre. Ún ye un romance endecasilábicu de 72 versos, “¡Ixuxú! ¡Viva Cuadonga!”; l’otru, trece octaves endecasilábiques, “A mio ma la del Cielu”. Los dos tienen una disposición asemeyada, un diálogu ente l’emisor y los oyentes (los poemes tán fechos pa lleese na festividá septembriega a otros “americanos”), que, a vegaes, ye cola Santina. Los dos son poemes fundamentalmente marianos y devocionales, d’una llingua culta, cuayaos toos d’asturianismu:

¿Boberas? Mialma, non, que l’embelesu

Asturias ye del mundu y sus riberas.

¿Qué munchu entónces ye, si, embobecíu,

no abocano al parllar del pueblu míu?

Perdóname, Santina, que asturianu

Antes que nada só baxo les teyes....



Y nel maju decir de los astures/ que igual nun tevo nin tendrá nas llenguas/ dexádeme gritar altu, mui altu:/ ¡Covadonga y ná más! ¡Pelayu y cierra!

José Quevedo asoleya Batalla del Guadalete, un total de 665 versos en 75 octaves reales y 13 quintilles, onde, col so estilu y el so asturianu vulgares, relata los antecedentes de la mitografía covadonguista y, nún apóstrofe final, emplaza a los invasores, vencedores de momentu, pa Covadonga:

Y vosotros, moritos farfantones,/ los que vais a La Meca en romería,/ y todos vos volveís abuluciones/ y fer monades desque risca’l día,/ non andéis enfotaos coles aiciones/ que remanecen de la traidoría,/ porque non faltará quien vos componga:/...¡pol pronto tais citaos pa Covadonga!