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Aborto y demografía

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(Ayer en La Nueva España) ABORTO Y DEMOGRAFÍA Según las estadísticas oficiales, Asturies es una de las regiones españolas donde más abortos se efectúan, práctica que ha aumentado en el último año. Al mismo tiempo, España es uno de los países europeos donde más interrupciones del embarazo hay. No creo que haga falta señalar lo indeseable que es un aborto, salvo en aquellos casos en que sea inevitable o imprescindible. Entiéndase bien: las mujeres tienen derecho al aborto cuando lo deseen; ahora bien, no es un acto trivial: entraña molestias físicas y angustia, en los casos de menores complicaciones, y, desde algunos puntos de vista, plantea problemas de orden moral al tener en cuenta la realidad del nasciturus. Ahora bien, ¿cuál es la razón de ese considerable número de abortos? Suelen aducirse razones de tipo económico. Pero esas razones de orden económico no se presentan de repente, de existir, existirían antes del embarazo. Si seguimos escudriñando en las estadísticas, nos encontramos con este dato: el 30% de las mujeres que interrumpieron su embarazo no usaba ningún método anticonceptivo. Y es posible que alguno de los métodos anticonceptivos utilizados lo fuese inadecuadamente. De modo que es fácil que un número no pequeño de embarazos posteriormente no deseados se deba a que las parejas -estables o no- no tengan en cuenta las consecuencias de sus actos y se guíen por algo semejante al saulino “comamos hoy y bebamos, que mañana moriremos”. En otro orden de cosas, no existe una implicación unívoca entre la alta tasa de abortos y la extensa caída demográfica que se produce en todo el mundo, pero sí tiene una cierta relación con las mentalidades. Como sabrán, la natalidad está cayendo aceleradamente en una gran parte del orbe, hasta el punto de que en algunos países anda por debajo de 2,1 hijos por mujer, cifra que se estima el límite para el mantenimiento de la población. Esa tendencia tiene varios riesgos. Las pensiones, pensaremos todos en primer lugar. Pero no solo eso: puestos de trabajo que no se ocupan y para los que habrá que acudir a mano de obra de fuera, si es que se encuentra preparada para esos puestos; la defensa del país, cuestión importante de la que no se suele hablar; el envejecimiento de la población, con las subsiguientes consecuencias de falta de innovación y de dependencia; la convivencia y, acaso, confrontación entre la población inmigrante y la aborigen, que bien pudiera ser entre una concepción abierta y democrática y otra teológica y antidemocrática. Las razones para que las mujeres (y las parejas) tengan hoy muchos menos hijos son de tipo diverso. La primera, evidentemente, es el control de la natalidad. Hoy ya no vienen al mundo los hijos que vienen sin quererlo (o “los que Dios nos da”), sino los que se desea tener. Pero a partir de ese presupuesto actúan causas muy variadas: la primera es la salida del hogar de la mujer y su incorporación al mundo del trabajo. En esa situación, los descendientes pueden limitar o cortar la carrera de la mujer y, por tanto, no ser deseados. Además, en general, tanto la mujer como el hombre prefieren tener un cúmulo de experiencias antes de disfrutar de descendencia, de ahí que la edad del primer hijo se haya retrasado bastante, o que se acuda a técnicas de preservación de óvulos para su fecundación en edad tardía. Un ejemplo concreto de esa forma de pensar la expresaba el otro día una joven de 20 años: —Yo no quiero verme atada por una cosa así —y estiraba los brazos indicando lo que sería un bebé de pocos meses— para media vida. Antes tengo que viajar por el mundo, comprar un coche, tener un piso, experimentar. Pero no hemos de ocultar otra verdad: para muchos, los hijos son una carga agobiadora o insoportable que nos limita en nuestra libertad personal, de ahí que se prefiera no tenerlos, tenerlos muy tarde o en número limitadísimo. Y tal vez sea esta la razón principal que esté explicando la tendencia demográfica actual y, al mismo tiempo, la de que se sustituya por mascotas la necesidad de proyección de afectos que antes proporcionaban los hijos. Suele argumentarse como razón primordial para la renuncia a la descendencia o su limitación la económico: en muchos posibles padres no se vería con claridad la posibilidad de mantener y educar a sus vástagos. Sin embargo, ese argumento que parece tan obvio y tan “materialista” -lo “materialista” suele parecer una evidencia incontrovertible- no parece ser el fundamental. Hay abundantes gobiernos que ofrecen todo tipos de incentivos para fomentar la natalidad: guarderías, exenciones tributarias de por vida, facilidades para obtener vivienda…, pero nada tiene efecto alguno sobre esa progresiva renuencia a tener hijos. Porque se trata, fundamentalmente, de un problema de mentalidades. ¿Y el futuro, dirán ustedes? Pues hagan sus camientos, más o menos pesimistas u optimistas. Pero que no se nos olvide que el futuro anda muchas vueltas y revueltas antes de convertirse en presente.

... Espanta les mosques

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(Ayer, en La Nueva España) L’APRECEDERU …. ESPANTA LES MOSQUES La especulación sobre el problema demográfico es, en gran medida, un flatus vocis, un tópico que, en la práctica, no tiene otro contenido que las palabras con que el discurso se construye. Lo que llamamos la crisis demográfica tiene tres patas: envejecimiento, baja natalidad, huida hacia otros países en busca de trabajo. El primero es una bendición; el segundo, una tendencia universal, agravada en Asturies; el tercero, consecuencia de nuestra economía. En nuestra nacionalidad todo ello se complica por una especial mentalidad dominante, fruto de cuarenta años de parasocialismo franquista y su continuidad posterior hasta nuestros días: lo que no es público no es o es un ser degradado. Sobre la baja natalidad, que responde a una visión del mundo determinada y a expectativas individuales, poco o nada pueden hacer los gobiernos, igual que es difícil intervenir sobre esa inmovilista cosmovisión asturiana. En lo referente al empleo, lo que hay que hacer es fomentar la creación de empresas y el desarrollo de las existentes. ¿Cómo? Entre otras cosas, no dando tanto la lata. Las exigencias burocráticas y las demoras, disuaden y encarecen: al final, empobrecen, impiden crear empleo, expulsan al exterior. Y he aquí que para dar algún contenido al flatus vocis de la crisis demográfica ahora se propone crear un nuevo problema, un documento que “refleje el impacto demográfico de todas las políticas del Gobierno”. Les hago gracia de explicarlo: pura especulación, en el mejor caso. Lo que es seguro es que habrá más burocracia y más dilaciones, para nada. En lugar de inventar nuevos problemas harían bien en eliminar algunos de los existentes. No estaría mal que, por ejemplo, hiciesen algún caso al conjunto de recomendaciones para el campo de la “Declaración de Monteagudo”: “Menos burocracia y más discriminación positiva para el campo”. ¿Lo harán? ¿Ustedes que creen? En fin, que cuandu nun tien que facer o nun sabe qué facer, col rau…

No pierdan el tiempo ni nos tomen el pelo

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(Ayer, en La Nueva España) NO PIERDAN EL TIEMPO NI NOS TOMEN EL PELO Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares… (A. Machado) Lleva la política asturiana ocupada un largo tiempo (y ocupa en ello también a parte de la intelectualidad y de la opinión) en dos cuestiones: el despoblamiento, especialmente el geográfico, y la pérdida de población, la llamada crisis demográfica, dos cuestiones solo tangencialmente relacionadas, aunque pudiere parecerlo. Las dos son, por otro lado, tendencias prácticamente universales, aunque en España y en Asturies revisten especial intensidad; en nuestro país, extremadamente. El abandono de los pequeños núcleos de población a favor de los grandes se debe a un factor económico, la búsqueda de empleo o de un mejor empleo o salario; la demanda de mejores servicios y de una mayor oferta de ellos (desde los sanitarios a los de las tiendas de productos varios); pero, especialmente, a la presencia potencial de mayores ocasiones de entretenimiento, de relaciones personales, de diversión, de conocimientos y experiencias, de sentirse “más libre” y menos controlado por el entorno. En el caso de Asturies existe una razón específica añadida. Con una población creciente desde mediados del XVIII al menos, el territorio se ha ido ocupando, para vivienda y para explotación, a terrenos inconcebiblemente ocupables sino por la extrema necesidad, tanto de ganar el pan como por la inexistencia de tierra en los valles: miren ustedes cuántas casas están encolingadas en los montes, piensen en cuántas en el fin del mundo y comprenderán que se abandonen esas tierras en cuanto se pueda. Recuerden, además, cuál era la economía de esas familias, la de la miseria. Durante un tiempo, las aldeas vacías venían a reforzar las cabeceras de comarca, pero desde hace algunas décadas la mayoría de esas villas ya no son centros de atracción ni de creación de ocupación: solo algunos núcleos con especial atractivo turístico resisten o algunos muy cercanos a Uviéu, Xixón y Avilés, que actúan a modo de villas residenciales. La cuestión demográfica, es decir, y fundamentalmente, la combinación de aumento de las expectativas de vida unido al descenso abrupto de los nacimientos es también un problema prácticamente universal, al menos en los países más o menos industrializados, y no depende, en general, de las condiciones económicas de cada Estado. La gente ha decidido tener menos hijos y tenerlos cada vez más tarde, sustituyendo en muchos casos los afectos paterno o materno filiales por los habidos con las mascotas, más firmes, más sometidos a la voluntad del padre-dueño, menos costosos y que causan menos disgustos. Que en España y, especialmente, en Asturies, la cuestión sea más grave es más harina del mismo costal. ¿Se puede hacer algo para revertir esas tendencias? ¿Y, sobre todo, se puede hacer algo desde las instituciones? Pues, en general, poco, porque consiste, fundamentalmente, en un problema de mentalidades y de expectativas, personales y colectivas. Ahora bien, si se trata de mantener en activo, y por lo tanto, ocupando el terreno a los agricultores o ganaderos que sobreviven en la zona rural o a los vecinos que lo hacen sin actividad, lo principal es que ni la UE ni el Gobierno central ni el autonómico se dediquen a crear problemas todos los días: los purinos, los lobos, las construcciones o las reformas en las aldeas, el aprovechamiento forestal, los parques con vecinos dentro, la convivencia de las labores ganaderas con los urbanitas recién llegados…: cada día una molestia para que desistan y abandonen. Otras medidas, digamos, “de atractivo”, pueden servir para que algunas personas, pocas, abandonen los grandes núcleos y se desplacen a las villas, raramente a los pueblos, salvo para fines de semana y veraneos. Pero eso son gotas de agua en el océano del despoblamiento. En cuanto a lo relativo a la demografía, algo pueden ayudar estímulos económicos, garantía de libros y ordenadores gratuitos para estudios, medidas de conciliación familiar… Empero, en algunos países con fuertes acicates de ese tipo, la natalidad sigue bajando. Y no me digan nada de la política de inmigración para compensar nuestro vacío demográfico. ¡Ay qué risa, Basilisa! Pero si aquí no hay empleos, ¿quién va a acudir masivamente? (Otra cuestión es la de los empleos que no quieren cubrir los llariegos, pero es esa otra materia). Paralelamente a ese vaciamiento, muchos de nuestros jóvenes mejor preparados marchan fuera, a otras comunidades, a Europa, al ancho mundo. Porque nuestro problema fundamental es un problema de empresas, es decir, de trabajo, que tiene varios factores, uno de ellos, inveterado, de falta de capitales; de crecimiento de las empresas, de tecnología y de exportación. Las hay. Muchas. Multinacionales y propias. ¿Qué he de decir yo que durante años he impulsado el “Premiu a la Meyor Empresa del Añu”, como reconocimiento y estímulo a ese tipo de empresas? Pero son insuficientes. Ahí es donde han de poner su trabajo y su tiempo los partidos e instituciones frente al despoblamiento y la crisis demográfica: en la creación de empresas y su crecimiento, no, por entendernos, “en la creación de empleo”, que no es más que una consecuencia. Y, para ello, hay algunas cosas que se pueden realizar, entre otras, no poner continuamente trabas a la inversión y eliminar burocracia. Lo que implica no querer volver a un pasado imposible en el presente, justamente el camino que, en general, se ha venido siguiendo hasta ahora. Y no seguir inflando, con palabras y apoyos, el discurso colectivo dominante, que, por ser discreto, lo resumiré con una frase del yerbatu don Salvador Ordóñez en LA NUEVA ESPAÑA del 7 del corriente: “A un muchacho vasco cuando entraba a trabajar como aprendiz le decían: Fíjate y observa, que un día montarás tu empresa. Aquí: ¡Que no te exploten!”. Pero esa mentalidad que todo lo impregna y domina sí que es difícil de cambiar. Mas convendría empezar. Y si a ello no se dedican, por lo menos no nos tomen el pelo ni pierdan el tiempo, tratando de hacer que van a arreglar lo que no tiene arreglo, ni siquiera en los limitados términos en que es posible, mientras ustedes no cambien.

Despoblamiento y sustrato cultural musical

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(Ayer, en La Nueva España) L'APRECEDERU DESPOBLAMIENTO Y SUSTRATO CULTURAL MUSICAL El sábado 31 de xunetu, festividad de san Ignacio, pescadores deportivos y cazadores se manifestaban en Uviéu para protestar contra el Gobiernu y exigir que se atendiesen sus demandas y se dejasen de perseguir sus actividades. Hay que señalar que la actividad cinegética, aparte de su papel en el control de algunas especies destructivas, como los jabalíes, constituye un vector importante en la economía de algunos pueblos y comarcas. Pero las continuas restricciones e incumplimientos por parte de la Administración hacen que muchos cazadores abandonen y que otros vayan a dejar su dinero en comunidades vecinas. La pesca deportiva, especialmente la de embarcación, genera también mucha riqueza. En cualquier caso, y dentro del respeto a la naturaleza, ambas actividades constituyen un entretenimiento consuetudinario a que los individuos tienen derecho. (Por cierto, lamento el infortunio mientras pescaba de Jorge Díaz, hijo de José Díaz Jove, quien fue presidente de la Federación Asturiana de Pesca y que deja inédito un interesante “Memorias de un cebero”). En la conferencia de presidentes de Salamanca, el nuestro, don Adrián, manifestó su preocupación por la crisis demográfica, que descomponía en tres vectores: despoblamiento, falta de nacimientos, envejecimiento. Pues bien, como he dicho más veces, las políticas “progresistas” consisten fundamentalmente en poner todos los medios posibles para que quien quiera quedarse en el campo emigre por desesperación, ya con prohibiciones, ya protegiendo los depredadores o, como en este caso, dificultando actividades tradicionales como la caza. Tradiciones y cultura: publicó recientemente LA NUEVA ESPAÑA un reportaje sobre Mari Luz Cristóbal Caunedo, ejemplar en tantas cosas, admirable cantante. Si ustedes lo leen, encontrarán a través de sus preferencias antiguas, algunos datos que reflejan cuál ha sido (y es, en parte) el sustento cultural musical general de nuestra patria. Es el mismo que se sigue demandando en las peticiones populares de las radios: la Piquer, la copla, Escobar, las folklóricas… Lo nuestro: un castro resistente.

Del feminismu d'ayer al de güei (Dolores Ibárruri)

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1932. Mitin ("mitín", dicen dalgunos falantes) de Dolores Ibárruri nel Fontán (Uviéu). El mitín tien una mena feminista. D'esmenu doña Dolores llevanta les faldes hasta la cabeza. ¿Llevaba bragues? Lo que ye seguro ye que llevaba'l tapín.

Grita: "Hijos sí, maridos, no", ente l'entusiasmu d'una parte del muyeríu.

Yá ven lo que va del femenismu d'ayeri al de güei: a favor del amor llibre, sí, pero en contra del desiertu demográficu. 


(Ehí-yos pongo dos semeyes de doña Dolores, non mui moza, pero más moza de lo qu'apaez nes fotos habituales; por ciertu, la Colau dáse-y un aire).





Güei, en LNE:

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(Trescribo, como davezu, los primeros párrafos)
L'aprecederu

¡Cómo se atreven!

Las familias numerosas y su calvario

15.11.2017 | 03:47
¡Cómo se atreven!
Abro LA NUEVA ESPAÑA del 6 de noviembre. A bombo y platillo el Gobierno anuncia medidas importantes a favor de las familias numerosas. Algunas de ellas: van a reducir los plazos de entrega de los títulos ¡de seis meses a menos de uno!; simplificarán los trámites para su expedición y renovación, y ampliarán la vigencia de ellos de los cinco años actuales hasta diez. De igual manera, se reducirá la tramitación en ciertos casos en que es necesario hacer la renovación una vez al año.
¡Pero cómo se atreven! Lo que pregona en realidad el Gobierno a través de doña Pilar Varela es la confesión de que vienen siendo una inutilidad para la gestión administrativa y que esa ineficacia causa molestias y trastornos, muchas veces económicos graves, a los ciudadanos, como las propias familias numerosas han reiterado quejándose no sólo de la dilación, sino de tener que presentar los mismos documentos en cada renovación.
¡Qué falta de pudor! Yo, desde luego, nunca haría pública esa confesión de ineficacia. Callaría como un afogáu. Y no crean ustedes que se trata de una circunstancia administrativa singular: las dilaciones -y los daños que acarrean- son la forma común de producirse la Administración asturiana y de casi todas las municipales.
Pero, como ven, la política exitosa consiste en vender como un logro la corrección (aunque sea limitada) de nuestra incompetencia. Todo cuela, al parecer.
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Extinguiéndonos: de momento, el futuro.

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La menor tasa de natalidad (7,48 por mil habitantes) y la mayor tasa de mortalidad (12,16 defunciones por cada mil habitantes).

Y la segunda menor esperanza de vida al nacimiento (80,84).

[datos del Insituto Nacional de Estadistica]

Demografía: EL ESPEJO DEL FRACASO

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Las perspectivas que vien publicando habitualmente el INE sobre la evolución futura de la demografía asturiana (menos población, más envejecimiento, menos nacimientos, todo ello en los puestos de cabeza de España y de Europa) no aportan ninguna novedad sustancial a lo que ya sabíamos. Ahora bien, quizás convenga subrayar su significado: reflejan la constatación de un total fracaso económico y social, el de estos últimos treinta años.

Asturies ha venido recibiendo en estas tres décadas pasadas enormes inversiones del Estado y de España, en políticas económicas (incentivos, reconversiones), en infraestructuras, en políticas sociales (pensiones, prejubilaciones). Sin embargo, ninguno de estos vectores ha impedido que nuestra estructura económica siga siendo poco efectiva, pequeña y, cada vez, más distanciada de la del conjunto de España; de escaso dinamismo. Ello se ha traducido en la falta de perspectivas para el conjunto de nuestra sociedad y en el crecimiento de la emigración de los jóvenes, ya por necesidad económica, ya por razones de ímpetu vital. Evidentemente, nuestra paralítica economía no ha sido capaz de traer gentes de fuera.

Es cierto que, en alguno de los vectores del crecimiento demográfico, la natalidad, por ejemplo, no interviene únicamente el factor económico, pesan también cuestiones de mentalidad y de discurso social, pero, aun así, esos vectores “superestructurales” están íntimamente ligados al de las perspectivas económicas y con él se realimentan.

Durante estas tres décadas las grandes actuaciones en materia económica han venido guiadas más a conservar lo que se tenía (y, muchas veces, a conservar lo que era imposible de conservar) que a crear futuro; a dilatar lo inevitable que a abrirse a lo nuevo; a apoyar y cuidar aquellos sectores que garantizan el voto a los partidos que a los atisbos de economía emergente. Las administraciones, además, tanto la autonómica como las municipales, han servido de freno, mucho más que de estímulo, a la actividad económica. Así, a la falta permanente, por ejemplo, de suelo industrial abundante y barato, o de incentivos al empleo adecuados, se une una burocracia que entorpece las inversiones y desconfía del empresario y que dilata los trámites hasta el infinito. Y ni siquiera en lo que es una visión compartida, la de las infraestructuras, se ha sido capaz de presionar al Estado para que se cumpliesen mínimamente los compromisos de plazos.

Todo ello, además, se ha adobado con un discurso social arcaico y conservador, cuya componente más notable es lo que he denominado a veces “la mentalidad de economato”, discurso que, en cuanto tal, nos aísla de España y de Europa, diagnostica erróneamente el pasado, y propone para el futuro soluciones ficticias o inviables. Ese discurso no sólo es el arma intelectual del PSOE, IU y sus muletas sindicales, lo es también del PP y de muchos de los sectores sociales de algún peso. Ese arcaísmo social general lo ve de inmediato cualquier persona que llega a Asturies a pasar unos meses con nosotros o que sale fuera. Citemos, por ejemplo, a Díaz-Formenti, en la Nueva España del domingo 22 de payares del 2009: «Me gusta el dinamismo de EE UU en las cuestiones empresariales; Asturias, por el contrario, es como una vieja menopáusica».

Ese arcaísmo inútil se completa, además, con una mentalidad-praxis absolutamente nociva: la inexistencia en los partidos políticos mayoritarios no ya de un discurso acerca la sociedad asturiana y su futuro, sino de un análisis sobre su realidad; ausencia que se combina con una deletérea sumisión de cada una de esas fuerzas a los dictados de Madrid, tras los que corren con verdadero entusiasmo aún en los casos en que se sabe que van a apoyar decisiones contrarias a nuestros intereses (discurso federal, financiación autonómica, estatuto de Cataluña, por ejemplo).

¿Es posible el cambio en las tendencias demográficas futuras? Digamos, ante todo, que el intento de resolución de las mismas como una variable independiente (incentivando, por un decir, la natalidad con cheques-bebé o el trabajo de las madres mediante becas de guardería) carece de cualquier sentido y no tendrá más que efectos limitadísimos. Sin un cambio profundísimo en nuestra estructura productiva y nuestro dinamismo económico no lograremos invertir la tendencia. Pero ello, a su vez, no ocurrirá sin una radical modificación de nuestra concepción de la realidad, de nuestras perspectivas de futuro, de nuestros discursos sobre nosotros mismos y nuestra inserción en España y en el mundo, de nuestra autoestima y de nuestro proyecto como comunidad. Lo que, a su vez, exige una remoción total de quienes con su discurso y sus hechos vienen despilfarrando todas las oportunidades con que se nos ha querido ayudar, que son quienes, al mismo tiempo, mantienen y justifican esa mentalidad conservadora, arcaica, sumisa a Madrid y cerrada al mundo (que a ellos, por cierto, les va muy bien, aunque a los asturianos les venga muy mal).

¿Qué quien le pone el cascabel al gato? ¿Qué por dónde empezar? —dirán ustedes.

Pues miren, no hay riestra que no se haga panoja a panoja, silo de trigo que no se haya llenado grano a grano, cambio social que no se haya producido antes en cada una de las cabezas que pueden ver, que son capaces, después, de querer cambiar y que, efectivamente, echan adelante un pie, primero, otro a continuación, para ponerse finalmente en movimiento.