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Causes del despoblamientu, del abandonu del campu y de la probitú

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Invítolos a lleer en LNE (si son suscriptores, porque nun ta n'abierto) esti tremendu artículu de Pilar Martínez qu'invita al desesperu y a mandar a... a políticos, funcionarios y xueces: La reclamación de daños por animales salvajes Un procedimiento como adentrarse en el laberinto de Dédalo Y que, en parte, ta relacionáu con esta información: Los cazadores, reacios a matar lobos con autorización por el "acoso" ecologista "Es normal que haya gente que no quiere problemas ni andar por los juzgados, aunque luego quede en nada", señala el Presidente de la Federación. Pues nada, asina nos va, y falamos del despoblamientu de l'Asturies oriental y central.

Un imposible y algunos posibles

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(El sábadu, en La Nueva España) INCENDIOS: UN IMPOSIBLE Y ALGUNOS POSIBLES Me atrevo a decir alguna cosa sobre los incendios del campo y lo que pudiere hacerse en el futuro para reducir su número o violencia. El primer remedio, el remedio fundamental que se propone, es un imposible: «Para frenar los incendios del monte asturiano hay que reintroducir una especie en extinción: el paisano», escribía, aquí, en LA NUEVA ESPAÑA, José Antonio González Díaz, profesor de Geografía y Ordenación del Territorio en la Universidad de Oviedo, el 22 de agosto. Pero eso es imposible: desde hace décadas el campo se ha ido abandonando por razones económicas y vitales, y aún quienes quedan hoy allí tienen una media de edad muy alta. Eso no tiene reversión. La consecuencia, en gran medida, es que, abandonados el campo y el bosque al matorral, los fuegos son ahora más virulentos y corren por una extensión mayor. ¿Cabe hacer algunas cosas para limitar la situación y prevenir el daño? Diría que la principal es no seguir incentivando a quienes aún viven de la ganadería y la agricultura -principalmente de aquella- para que se marchen, es decir, dejar de crearles molestias innecesarias o de exigirles actuaciones que pudieran ser menos complicadas o inexistentes. Pero, en general, lo que sienten los habitantes del campo es que se los hostiga permanentemente o que se desconoce cuál es la realidad de su trabajo y su ámbito. Y ya me dirán si consideramos las palabras de alguien que estuvo en la Administración, aunque no las tengamos por generalizables universalmente: «La triste realidad es que odian a los ganaderos. Yo he oído hablar a algunos funcionarios de la Consejería de Agricultura (o de Medio Rural) y para ellos un paisano con vacas es un elemento a perseguir». Señalemos dos fuentes permanentes de molestias o impedimentos. La primera tiene que ver con la burocracia y la política, y son las dificultades y trámites que los paisanos tienen para limpiar, desbrozar, cortar leñas o hacer quemas controladas. El discurso oficial es que todo ello es posible y que las quejas no tienen motivación o que responden a un discurso político. La realidad es que cuando se pregunta, no a los discurseadores de los medios o a los funcionarios, sino a los habitantes del agro las respuestas son tajantes: todo son dificultades y trámites impertinentes. La respuesta de un padeciente: «Sí, llegalmente hai una normativa que regula les quemes controlaes ente ochobre y marzu, el problema ye qu'esa normativa ye casi imposible de cumplir y la xente ya renuncia a solicitar quemes porque cuando se autoricen nun quema y les zones que permiten nun son realmente les que más falta tienen. N'Onís por exemplu solicitóse munches vegaes nos caberos años y namás se autorizaron dos y fue depués de tar tola nueche orbayando. Como anécdota, ún d'esos dís yo gasté dos mecheros y nun llegó a quemar nada...». O de otro: «ta prohibíu tou, hasta jacer un borrón en un práu, hai que pidir permisu y dántelu pa quemar el día que orbaya. Lluego piden acotar lo quemáu al ganáu cinco años pa que rexenere. ¡En cinco años sin carga ganadera ta pa quemar otra vez, hom!». Y si desean más información real sobre la realidad: https://www.lne.es/asturias/2025/08/31/revolucion-desbroce-emerge-rescoldos-incendios-121089836.html. La segunda de esas fuentes de ataques a la actividad campesina es el lobo. Su cada vez más frecuente actividad provoca que el ganado ocupe cada vez menos zonas de pasto alejadas de la casería y, por tanto, que estas se vayan llenando de maleza. Al margen de que, como es evidente, levanta entre los ganaderos una sensación de burla y persecución por parte de las administraciones y los defensores del pueblo lobuno que invita a desistir de su ocupación, a poco que se den las condiciones para abandonarla. Otro de los aspectos en que se pueden intentar modificar las cosas es en la propiedad de los montes. Estos días ha menudeado el ejemplo de Soria y otros lugares, y la escasa incidencia de los incendios en sus bosques. Una de las causas que se aducen es el aprovechamiento colectivo de sus montes y su gestión comunitaria, de vecinos y ayuntamientos. En Asturies, sin embargo, tenemos un 50% de los montes comunales que son en realidad propiedad de nadie. Modificar legalmente esa situación, implicar a vecinos y ayuntamientos, como desde hace décadas vienen, entre otros muchos, reclamando Juan Luis Rodríguez-Vigil y Jesús Arango, que fueron miembros del Gobiernu y que no pertenecen a las “fuerzas del mal”, y a los que, sin embargo, hacen menos caso que las monjas de Belorado a su obispo, sería necesario; aunque, a decir verdad, la limitación de “efectivos”, de habitantes en activo, en el campo asturiano, condicionaría su efectividad. Se pueden tomar algunas decisiones más. Por supuesto, se puede mejorar la coordinación entre administraciones, la prevención, los medios contra incendios, etc. Ahora bien, lo que hay que tener presente es que les perres nun les dan les sebes. Dicho de otra forma, he visto propuestas que multiplican ad infinitum y para todo el año las dotaciones personales, los medios, las actuaciones, etc. Es una visión del mundo muy general, ya no carmencalvista, sino milagrera. Ha de tenerse en cuenta, además, que existen multitud de corporaciones locales de escaso músculo financiero y mínima dotación de personal. Un par de notas marginales, pero pertinentes. En enero de 2020 don Pedro creaba el Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico. Y en 2021 presentó un plan multimillonario para hacer frente a la «pérdida de población, la dispersión poblacional y baja densidad y el envejecimiento de la población», al que se destinaban 10.000 millones de euros. Hoy, gastados 13.000 millones en cosas varias dentro de ese programa, ya ven ustedes cómo sigue todo, en el abandono progresivo de los pueblos y en escasez de medios. Segunda nota. Es de este periódico, del 5 de septiembre: «Los afectados por los incendios que hace ocho años arrasaron 2.000 hectáreas de los municipios de Ibias, Allande, Degaña y Cangas del Narcea no han recibido todavía ni un euro de los 500.000 anunciados en ese momento por el Gobierno de Asturias. Mientras que en 2023, tras uno de los mayores incendios de la región, el 40 por ciento de los afectados se quedaron sin ayuda regional». Pues nada, ustedes dirán.

Alegría y torcedor

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(El caberu día del añu pasáu en LNE) L’APRECEDERU ALEGRÍA Y TORCEDOR No he expresado aquí mi alegría por el galardón a la sidra asturiana y su cultura como Patrimonio Mundial Inmaterial, galardón ligado a la Denominación de Origen y sus palos, realizados con manzana llariega. Lo hago ahora. No obstante, ese gozo se encuentra nublado por el conocimiento del mundo real de la sidra, o mejor, del mundo real del fruto que la produce. Solo 7.122 toneladas han sido recogidas bajo la denominación DOP, 853 parcelas registradas para esa producción y 380 productores. Si ello es limitado, el futuro parece más oscuro. El precio que se paga por el kilo del fruto no compensa los gastos que origina, y ello cuando, como en la mayoría de los casos, el único salario es el sudor del propietario. Aumentar el precio de la manzana para incentivar plantaciones “industriales” implicaría incrementar más el precio de la bebida de denominación, pero ese incremento tiene un límite: la sidra compite mal con el vino en su capacidad de “matar la sede” y se consume más rápido, por lo que para hacerlo, para competir en ello, habría de desembolsarse una cantidad de dinero superior a la del consumo del fruto de la uva. Pero el problema va más allá: tiene que ver con el abandono general del campo y, por tanto, la falta de trabajadores y de continuidad en las tareas tradicionales. De eso mismo se acaban de quejar los cultivadores de fabes, de que no hay continuidad, de que los pocos jóvenes que quedan no quieren saber nada. Y es que, desde hace décadas, el campo y sus habitantes se encuentran perseguidos por tierra, mar y aire: por la UE, sus limitaciones -ya desde nuestra entrada fernandomoraniana- y sus abusos burocráticos; por los lobos, Teresa Ribera y el PSOE; por los urbanitas, como pone de manifiesto la iniciativa de Ignacio Arias y su hija Marina de preservar el derecho del campo a ser campo.

No pierdan el tiempo ni nos tomen el pelo

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(Ayer, en La Nueva España) NO PIERDAN EL TIEMPO NI NOS TOMEN EL PELO Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares… (A. Machado) Lleva la política asturiana ocupada un largo tiempo (y ocupa en ello también a parte de la intelectualidad y de la opinión) en dos cuestiones: el despoblamiento, especialmente el geográfico, y la pérdida de población, la llamada crisis demográfica, dos cuestiones solo tangencialmente relacionadas, aunque pudiere parecerlo. Las dos son, por otro lado, tendencias prácticamente universales, aunque en España y en Asturies revisten especial intensidad; en nuestro país, extremadamente. El abandono de los pequeños núcleos de población a favor de los grandes se debe a un factor económico, la búsqueda de empleo o de un mejor empleo o salario; la demanda de mejores servicios y de una mayor oferta de ellos (desde los sanitarios a los de las tiendas de productos varios); pero, especialmente, a la presencia potencial de mayores ocasiones de entretenimiento, de relaciones personales, de diversión, de conocimientos y experiencias, de sentirse “más libre” y menos controlado por el entorno. En el caso de Asturies existe una razón específica añadida. Con una población creciente desde mediados del XVIII al menos, el territorio se ha ido ocupando, para vivienda y para explotación, a terrenos inconcebiblemente ocupables sino por la extrema necesidad, tanto de ganar el pan como por la inexistencia de tierra en los valles: miren ustedes cuántas casas están encolingadas en los montes, piensen en cuántas en el fin del mundo y comprenderán que se abandonen esas tierras en cuanto se pueda. Recuerden, además, cuál era la economía de esas familias, la de la miseria. Durante un tiempo, las aldeas vacías venían a reforzar las cabeceras de comarca, pero desde hace algunas décadas la mayoría de esas villas ya no son centros de atracción ni de creación de ocupación: solo algunos núcleos con especial atractivo turístico resisten o algunos muy cercanos a Uviéu, Xixón y Avilés, que actúan a modo de villas residenciales. La cuestión demográfica, es decir, y fundamentalmente, la combinación de aumento de las expectativas de vida unido al descenso abrupto de los nacimientos es también un problema prácticamente universal, al menos en los países más o menos industrializados, y no depende, en general, de las condiciones económicas de cada Estado. La gente ha decidido tener menos hijos y tenerlos cada vez más tarde, sustituyendo en muchos casos los afectos paterno o materno filiales por los habidos con las mascotas, más firmes, más sometidos a la voluntad del padre-dueño, menos costosos y que causan menos disgustos. Que en España y, especialmente, en Asturies, la cuestión sea más grave es más harina del mismo costal. ¿Se puede hacer algo para revertir esas tendencias? ¿Y, sobre todo, se puede hacer algo desde las instituciones? Pues, en general, poco, porque consiste, fundamentalmente, en un problema de mentalidades y de expectativas, personales y colectivas. Ahora bien, si se trata de mantener en activo, y por lo tanto, ocupando el terreno a los agricultores o ganaderos que sobreviven en la zona rural o a los vecinos que lo hacen sin actividad, lo principal es que ni la UE ni el Gobierno central ni el autonómico se dediquen a crear problemas todos los días: los purinos, los lobos, las construcciones o las reformas en las aldeas, el aprovechamiento forestal, los parques con vecinos dentro, la convivencia de las labores ganaderas con los urbanitas recién llegados…: cada día una molestia para que desistan y abandonen. Otras medidas, digamos, “de atractivo”, pueden servir para que algunas personas, pocas, abandonen los grandes núcleos y se desplacen a las villas, raramente a los pueblos, salvo para fines de semana y veraneos. Pero eso son gotas de agua en el océano del despoblamiento. En cuanto a lo relativo a la demografía, algo pueden ayudar estímulos económicos, garantía de libros y ordenadores gratuitos para estudios, medidas de conciliación familiar… Empero, en algunos países con fuertes acicates de ese tipo, la natalidad sigue bajando. Y no me digan nada de la política de inmigración para compensar nuestro vacío demográfico. ¡Ay qué risa, Basilisa! Pero si aquí no hay empleos, ¿quién va a acudir masivamente? (Otra cuestión es la de los empleos que no quieren cubrir los llariegos, pero es esa otra materia). Paralelamente a ese vaciamiento, muchos de nuestros jóvenes mejor preparados marchan fuera, a otras comunidades, a Europa, al ancho mundo. Porque nuestro problema fundamental es un problema de empresas, es decir, de trabajo, que tiene varios factores, uno de ellos, inveterado, de falta de capitales; de crecimiento de las empresas, de tecnología y de exportación. Las hay. Muchas. Multinacionales y propias. ¿Qué he de decir yo que durante años he impulsado el “Premiu a la Meyor Empresa del Añu”, como reconocimiento y estímulo a ese tipo de empresas? Pero son insuficientes. Ahí es donde han de poner su trabajo y su tiempo los partidos e instituciones frente al despoblamiento y la crisis demográfica: en la creación de empresas y su crecimiento, no, por entendernos, “en la creación de empleo”, que no es más que una consecuencia. Y, para ello, hay algunas cosas que se pueden realizar, entre otras, no poner continuamente trabas a la inversión y eliminar burocracia. Lo que implica no querer volver a un pasado imposible en el presente, justamente el camino que, en general, se ha venido siguiendo hasta ahora. Y no seguir inflando, con palabras y apoyos, el discurso colectivo dominante, que, por ser discreto, lo resumiré con una frase del yerbatu don Salvador Ordóñez en LA NUEVA ESPAÑA del 7 del corriente: “A un muchacho vasco cuando entraba a trabajar como aprendiz le decían: Fíjate y observa, que un día montarás tu empresa. Aquí: ¡Que no te exploten!”. Pero esa mentalidad que todo lo impregna y domina sí que es difícil de cambiar. Mas convendría empezar. Y si a ello no se dedican, por lo menos no nos tomen el pelo ni pierdan el tiempo, tratando de hacer que van a arreglar lo que no tiene arreglo, ni siquiera en los limitados términos en que es posible, mientras ustedes no cambien.

Divinas palabras

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Esti día (06/06/2021), en La Nueva España DIVINAS PALABRAS O su versión actualizada: “Divinos planes”. Al modo en que Pedro Gailo en la obra de Valle-Inclán lanza su jaculatoria en latín para apaciguar a los circunstantes, este Pedro, Sánchez Pérez-Castejón, lanza planes para tratar de calmar las aguas del presente e infundir alguna esperanza en los ciudadanos. Ya saben, hace muy pocas fechas aquel de la España del 2050 (¡qué de inmediato acude a nuestras mentes el “cuán largo me lo fiáis” de nuestros clásicos!), en que todos seremos felices, sostenibles, resilientes, no contaminantes y trabajaremos poco. Pues bien, más recientemente, el 22 de mayo, presentó en la Moncloa un plan de 10.000 millones de euros de los fondos europeos para luchar contra la despoblación rural. Con el título de Pueblos con futuro: un plan para la cohesión y transformación del país, el documento enuncia 130 medidas que “pretenden garantizar la incorporación de los pequeños municipios en una recuperación verde, digital, con perspectiva de género e inclusiva”. Y afirmó que la "batalla" del Gobierno "contra la despoblación y por lo rural es sincera, decidida y comprometida hasta el final". Lo que más llama la atención de todos estos planes es que, por un lado, la situación real de nuestra economía y nuestras finanzas no parece ser nunca obstáculo para que el Gobierno prometa euros sin cuento y que, por otro, esos fondos europeos parezcan un maná caído del cielo que nunca tendrá límite y que no habrá que devolver en cuantía alguna. Pero, a continuación, uno no puede dejar de reparar en que una parte sustancial de la voluntad mágica de esos planes se sustenta en las “divinas palabras” con que se califican: sostenibles, resilienciantes, inclusivos, verdes, digitales, con perspectiva de género… Y, si uno indaga en sus significados, esto es, en aquello que significan en cuanto a lo que designan, empieza a dudar de su capacidad de comprensión. ¿Qué significa con precisión, por ejemplo, “sostenible”, cuando se califica así un desiderátum sobre los alimentos, el transporte, las ciudades, la actividad económica y otros cuantos designata? Créanme, a mí se me escurre de las manos, como una anguila que se intentase capturar a mano. Pero la cuestión de fondo es la mentira en que consiste gran parte del discurso sobre el despoblamiento. Ante todo, el despoblamiento de las zonas rurales es una tendencia mundial, que tiene dos componentes. El primero histórico y económico: con una escasa capacidad de producir bienes y viandas, el hombre fue extendiendo su dominio sobre todas las tierras que podían proporcionarle cobijo y alimento, por precario o miserable que fuera, a lo que iba unido una natalidad abundante (el de la demografía es, en parte, otra cara de la historia). Modificada por fortuna esa situación, esas tierras y lugares han ido siendo abandonadas progresivamente, en busca de mejor fortuna o empleo. Por otro lado, y en paralelo, los seres humanos han venido tendiendo a buscar hábitats (la ciudad) donde no solo hay mejores empleos o servicios, sino donde la vida social es más variada y atractiva: y, así, con necesidad o sin ella, se abandona el caserío por la aldea, esta por la villa, la villa por la ciudad, y la ciudad por las grandes capitales. De manera que ese es un proceso inevitable e irreversible. En todas partes ese abandono del campo va unido a una demografía declinante y dominada por grupos etarios de avanzada edad, al tiempo que “el monte” va ocupando lo que antes era “dondo”, tierra domada para el cultivo o el pasto. Se puede, es cierto, y así sucede, “volver al medio rural”, pero no “al campo”. Se establecen, de este modo, servicios ligados al turismo, algunos cultivos nuevos en zonas fáciles y accesibles, trabajos ligados a la ocupación digital, pero poco más. Para estos nuevos y escasos moradores o trabajadores cabe facilitar las comunicaciones y algunos servicios, a fin de ayudarlos en su residencia. Pero, sobre todo, lo que es necesario es que a quienes aún resisten (con vocación, es cierto, muchos de ellos, no meramente con resignación) en el sector primario, ya en el cultivo, ya en la ganadería, no se los persiga con normas absurdas, con exigencias que no tienen ningún sentido o poniéndoles todo tipo de obstáculos para desarrollar su actividad económica y su vida social. He dicho aquí que, frente a tanta palabrería, “¡a por ellos!” parece ser la consigna real que guía la actuación real de la Administración y la política, para acabar con esa actividad y esas personas, y acelerar el despoblamiento. Lo demás son divinas palabras y divinos planes, o, como dice el Martín Fierro del pájaro Tero: “En un lao pegan los gritos / y en otro tienen los güevos”.

Ayer, en La Nueva España: Casi siempre sigue (a peor)

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                                L’APRECEDERU

                               CASI SIEMPRE SIGUE (A PEOR)

                Se lo he dicho a ustedes hace pocas semanas: “Van a por ellos”. Se trata de expulsar de las zonas rurales norteñas a sus habitantes productivos, a aquellos que no vivan de las pensiones o las subvenciones. El campo, para el señorito dominante, ecologista o vividor de las urnas, ha de ser un paisaje vacío para grabar vídeos o pasearse ocasionalmente por él con sus hijos o “allegados”.

                LA NUEVA ESPAÑA nos ha ofrecido esta semana pasada dos ejemplos más de ese acoso y voluntad de exterminio. El primero, el fin de la moratoria de caza en el Parque Nacional. Esa decisión tiene efectos devastadores sobre toda la zona, no solo para aquellos de sus habitantes que practicaban la caza, sino para el amplio entorno que vivía de los desplazamientos provocados por esa actividad: hoteles, guías, restaurantes, gasolineras… El parque ha dejado de ser una fuente de ingresos, para convertirse únicamente en una de gastos. Y añadan ahora el problema del crecimiento descontrolado de las alimañas, sin tasa alguna.

                El segundo es el testimonio  del quesero más joven de queso gamonéu. Los titulares impulsan a la compasión y al aplauso: “Quiero criar a mis hijos en los Picos, que el lobo no me eche”,  “no deseo vivir de ayudas ni de daños, sino de lo que nos animales nos dan, pero esto se está yendo de las manos”. Y si leen el contenido, la indignación por las continuadas mentiras y burlas de que son objeto estos asturianos los llevarán a ustedes al borde de la apoplejía.

                Si el marqués de Pidal, el impulsor de la red de parques nacionales y el creador del de Covadonga, viera esto hoy sé lo que diría. Porque la caza era para él parte sustancial del recinto protegido, y, sobre todo, porque conocía la vida de los paisanos y los pastores y nunca se le hubiera ocurrido acabar con ella.

Ayer, en La Nueva España: Todo mentiras: van a por ellos.

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                    TODO MENTIRAS: VAN A POR ELLOS

                Todo eso de evitar el despoblamiento del campo, de conservar la actividad en pueblos y aldeas es una auténtica mentira, es más, es un engaño que trata de ocultar la práctica real de las políticas de los Gobiernos, en plural: autonómicos, municipales, el del Estado. Podrán, eso sí, ir a vivir a las zonas que ahora se van despoblando algunos artesanos, unos cuantos autónomos con buena comunicación, algunos robinsones…, pero el campesino-ganadero, aquel que ha venido poblando y ocupando el territorio desde los castros prehistóricos acá, dándole forma, humanizándolo y conservándolo, está siendo perseguido y está llamado a su práctica extinción.

                Esa tendencia tiene una evolución propia y universal: razones económicas y sociales han ido llevando a las villas y a las ciudades a los campesinos desde hace unas cuantas décadas. Es un hecho ya irreversible. Ahora bien, contra aquellos que resisten, ya porque han logrado tener una economía aceptable, ya por razones de vocación, o por ambos motivos, vienen poniéndose en marcha de forma sistemática y continuada una serie de medidas tendentes a hacerles la existencia imposible, a arruinar sus vidas y sus economías o, por lo menos, a incordiarlos en extremo, especialmente a los agricultores-ganaderos de la zona norteña. Recuerden ustedes, por ejemplo, las exigencias sobre la evacuación de los purinos o las múltiples prohibiciones o limitaciones que pesan sobre sus actividades, como el rozar o recoger leña.

                En Asturies ese conjunto de actuaciones contrarias a la supervivencia agrícola-ganadera tiene su muestra ejemplar en el dislate de un parque, el de Los Picos —ampliación del de Pidal—, que se crea con poblaciones dentro y con el aplauso y el entusiasmo de casi —casi, subrayo— todas las fuerzas políticas. Pues bien, desde su creación —incluida la disparatada configuración jurídica supraterritorial inicial, corregida por los tribunales— el parque no ha supuesto más que sucesivos inconvenientes para la población activa y la disminución drástica de esta. Eso sí, algunas inversionucas, con su correlato de favores y votos, han suscitado, en general, el apoyo de las mayorías concejiles.

                La última embestida contra el agricultor ganadero norteño proviene ahora de la conjunción entre quienes agitan el discurso ecologista —tengan o no en él un interés directo— y los partidos llamados progresistas para dar un apretón más al collar del garrote vil con que se lo va acogotando: la gestión del lobo.

                Si ustedes siguen con un mínimo de atención las noticias, verán como son frecuentes y crecientes las noticias de daños al ganado por el lobo y las quejas y desesperación de los ganaderos. Pues bien, hasta ahora existía un plan de gestión del lobo en nuestro territorio que permitía eliminar algunos pocos ejemplares al año, para limitar, al menos, su crecimiento y expansión, plan que se venía ejecutando a medias, con muchos problemas por denuncias en los tribunales de los ecologistas.

                Pues bien, en este momento el Gobierno PSOE-Podemos quiere declarar el lobo especie protegida en toda España, declarándolo intocable. Para ellos, y para sus corifeos del hermano lobo, es el lobo quien está en peligro, no el ganado ni el ganadero, y vienen a aducir que los tan aireados daños al ganado no son tantos, no tienen importancia o se deben a que el ganadero no sabe cuidarlo (si no es que, en el fondo, sospechan que son los ganaderos quienes ataragañan a las reses para cobrar los daños). Los gobiernos de Cantabria, Galicia y Castilla-León y Asturies, que conocen de primera mano lo que pasa, se han opuesto. Pero el Gobierno del Estado ya ha adelantado que no es partidario: “El lobo debe protegerse en toda España, como recomiendan los científicos”.

                La razón de fondo es muy sencilla. Las fuerzas progresistas saben que la ecologista es una religión en alza, cada vez con más votos, digo, más fieles. Y que, por el contrario, el ganadero-campesino es una especie en regresión, que da pocos votos y dará menos y que, además, suele estar más o menos controlada por sus pastores concejiles cuando accede a las urnas.

                De modo que los franciscanos del “hermano lobo” triunfarán sobre los de la “fraternidad entre los hombres” proclamada ya por los romanos en aquel “nada de lo que es humano lo considero ajeno” de Terencio, o en la agitada por la Revolución francesa, que creíamos la modernidad y lo progresista, pero no.

                Por cierto, quien emburrió aquella desafortunada ampliación del parque de Los Picos fue doña María Luisa Carcedo; quien ahora se manifiesta contra las pretensiones de las comunidades norteñas al respecto del lobo, don Hugo Morán.

                Socialistas ilustres, ciudadanos ilustres. Convertientes en consigna del lamento de Plauto y Hobbes: “Homo homini lupus”.

NO DEN LA LATA CON EL DESPOBLAMIENTO

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(Asoleyóse en La Nueva España del 16/1/20)


                                    NO DEN LA LATA CON EL DESPOBLAMIENTO

Desde hace pocos años, la palabra “despoblamiento” constituye uno de los ejes del discurso social y político. Algunas agrupaciones políticas, como Teruel Existe, han logrado su éxito gracias a agitar las quejas por el despoblamiento, y seguramente inducirán a otros territorios a intentar lo mismo en próximas elecciones.

Bajo esa palabra existen al menos dos conceptos distintos, más o menos difusos, más o menos cargados de emociones, el del vaciamiento, dentro de un estado o región, de territorios que han estado poblados, o, incluso, muy poblados, hasta hace poco (un ejemplo, el de las aldeas asturianas); el de la disminución del número de pobladores del conjunto de una región o Estado (Asturies, otra vez, como ejemplo).

Cuando escucho a un político o a un tertuliano agitar la bandera del despoblamiento como un problema que hay que abordar (soluble, por tanto), sé que estoy escuchando a alguien que no sabe de qué habla o a alguien que miente, ya por seguir la moda ya por obtener votos. La razón es sencilla: el despoblamiento, en la primera de las acepciones, la del abandono, para entendernos, de los territorios rurales y la concentración en las ciudades, es un proceso imparable que arranca, al menos, desde finales del siglo pasado y que se ha acelerado en los últimos años. Es, además, una tendencia mundial, de todos los continentes.

Nos centraremos en el despoblamiento comarcal, para hablar otro día del demográfico. Por visualizar la cuestión en nuestro país: las aldeas se vacían a favor de las capitales comarcales, estas a favor de Xixón y Uviéu; la comarca entera de Les Cuenques, también sobre estas dos últimas poblaciones. A su vez, una cantidad importante de población joven emigra a Madrid, Barcelona, Europa u otros continentes. La desertización de las zonas rurales tiene un efecto secundario: la muerte del paisaje tradicional y el echarse a monte el territorio, con lo que supone de pérdida de caminos, ruinas de edificios, pérdida de saberes, etc.

Ese doble proceso de concentración y de emigración tiene fundamentalmente razones económicas y de empleo, que no son exactamente las mismas. La principal, que la agricultura y la ganadería tradicionales, que sostenían una población numerosísima y entrañaban una ocupación extensísima del territorio han, por fortuna, desaparecido. ¿Quién volvería a vivir hoy en aquellas condiciones? Por otro lado, la producción agraria, cárnica y láctea es mayor que la del pasado, al margen de la baratura de las importaciones.

Con la industria pequeña, agraria o no, y parte de los pequeños negocios que vivían en las zonas rurales o en las cabeceras de comarca ocurre lo mismo: atendían a pequeños mercados geográficos y a un número importante de población en esos ámbitos. Menguada esta; abaratados los costos de transporte, razón por la que pueden ser inundados por productos de fuera; con mayor facilidad de los residentes para realizar sus compras en otros lugares por la facilidad y comodidad de los desplazamientos, desaparecen o su sostenimiento es muy difícil

¿Qué puede hacerse para atenuar en alguna medida ese despoblamiento? En particular, ¿qué puede hacerse para que subsista un sector primario de cierta entidad que garantice ocupación y paisaje? No demasiado, porque, en realidad, si bien es cierto que aparecen algunas nuevas incorporaciones y algunas explotaciones de cultivos antes inexistentes, no muchos quisieran seguir allí, si pudiesen, o están esperando por la jubilación. Pero es que, además, la marcha hacia las grandes concentraciones urbanas tiene un componente cultural que actúa al margen de las motivaciones económicas, como lo tiene también, en el ámbito demográfico, la disminución del número de hijos en las familias.

Pero sí cabe hacer algunas cosas, que pueden resumirse en dos: no legislar en contra del medio rural, no tocar a todas horas… los crotales, con exigencias y pejigueras continuas. Señalemos algunas de ellas.

Ante todo, resolver cuestiones que llevan décadas sin querer abordarse, como la gestión de los montes vecinales; reducir la burocracia o, en todo caso, aumentar los medios para facilitar los trámites administrativos para los ganaderos, y, al mismo tiempo, dotar de medios a las explotaciones para la gestión telemática de “los papeles” (en Euskadi ya lo han hecho por el procedimiento de llevar la fibra a través de los tendidos eléctricos); facilitar la expansión de las explotaciones y la comercialización de sus productos.

En el ámbito de las decisiones negativas hay que señalar especialmente la creación de parques, que acogotan la actividad, con ciudadanos y explotaciones dentro; el imperio de una  mentalidad ecologista ciudadana que convierte en un calvario el trabajo ganadero y lleva al desánimo a sus propietarios, poniendo a los animales salvajes por encima de los intereses humanos (y de los animales domésticos).

Podríamos añadir otros muchos conflictos que provienen de no considerar la vida en lo rural como una vida con sus peculiaridades. ¿Quién no recuerda, en lo reciente, conflictos por los gallineros o multas por transportar unos metros un árbol caído en el remolque de un tractor, al no ser este un vehículo específico para el transporte? ¿O la sanción por defenderse de la agresión de un jabalí en un terreno cercano a una casa?

La lista sería larga. Baste con decirlo claro: No den la lata con el despoblamiento hablando de aquello que no tiene solución, pero hagan todo lo posible por no seguir fomentándolo con sus decisiones o con su inacción.


Una nota de llectura: despoblamientu

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Una nota de llectura: despoblamientu.

De la novela de Jerome K. Jerome,

"Somos criaturas del sol, amamos la luz y la vida, este es el motivo por el cual nos apiñamos en las ciudades y el campo se halla cada vez más desierto. [...]
(En el campo) nos sentimos atemorizados, como niños extraviados en una monumental mansión... [...]
Reunámonos en las ciudades, encendamos las grandes hogueras de la alegría -que son los millones de faroles de gas- y gritando, cantando a coro, nos sentiremos valientes".

La novela ye, nin más nin menos, de 1889.

Güei, en LNE: "Despoblamiento, PP, babel"

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En L'aprecederu: "Despoblamiento, PP, babel": les falsedaes sobre'l despoblamientu. El PP debería ocupase menos del "bable" y más del so babel.