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Favoreciendo el empleo

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FAVORECIENDO EL EMPLEO Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares La fórmula es fácil, como ustedes saben: se invierte un capital -en diversas formas y cantidades-, se fabrica un producto o se presta un servicio, se requiere personal para esa fabricación o servicio. De esa cadena se producen beneficios para el capital invertido y, en forma de salarios, para las personas que intervienen en la fabricación o en la atención a las necesidades o demandas de otros. En su modo industrial, agrario y ganadero, ese proceso tiene su inicio en el beneficio de la naturaleza (minería, fuentes energéticas), de la tierra cultivable o de los animales. Es esa la forma en que se produce el empleo y, por ello, la posibilidad de que quienes no tengan bienes de fortuna puedan disponer de medios para su alimentación, vestido, vivienda, ocio, etc. Aunque caben matices, es una evidencia que tanto el aumento de la población mundial, como el aumento general del bienestar se debe en gran parte al incremento en la explotación de los bienes beneficiables de la tierra. Ahora bien, en una parte del mundo contemporáneo se ha extendido una a modo de mística religiosa que considera la minería como una especie de violación de lo sagrado. En España, por ejemplo, existe en los últimos tiempos una sistemática oposición a la minería, social, institucional y política. El ejemplo más notable: la Ley de Cambio Climático, de 2021, impide explotar el uranio en España, del que tendríamos reservas para décadas. ¿No lo usamos? Sí, lo importamos de Rusia. Sigamos: para todo eso que llamamos la transición energética, son necesarios esos escasos minerales que llamamos “tierras raras”. Lo son para las baterías de los coches eléctricos, teléfonos móviles, sector aeroespacial… Ahora bien, Occidente depende, en general, de China para muchos de esos minerales, hasta el punto de que las recientes tensiones provocadas por el xateru Trump han hecho decrecer la adquisición de esos materiales. Consecuencia: «La falta de tierras raras por el bloqueo chino obliga a parar plantas de Ford, Suzuki o Setllantis» (y algo tendrá ello que ver, como consecuencia, en el empleo, digo yo). Esa ausencia de minerales raros y su extrema perentoriedad para la industria avanzada, ha obligado a la UE a impulsar en todo su territorio un plan para la explotación de esos materiales. En concreto, en España se localizan varias zonas con esa riqueza -47, en total-, en Extremadura, Galicia, Castilla-La Mancha y Andalucía, y Bruselas trata de impulsar su explotación. Ahora bien, dada esa oposición general de carácter entre místico y medroso, seguramente será difícil poner en práctica muchas de esas actuaciones. Aquí, en Asturies, en concreto, tenemos paralizada, por esas razones, una explotación minera en Salave desde hace años, sin ni sí ni no, o, por poner otro caso, IU exige a sus socios del PSOE en el Gobierno regional prohibir los sondeos mineros en Peñamayor, mediante una proposición no de ley para revocar los permisos de investigación del Principado y evitar una futura explotación de los minerales. No acaba ahí la cosa. Ustedes, personas atentas a todo lo que ocurre en nuestro país, tendrán una enorme lista: cada vez que se afuraca la tierra para hacer una prospección o se anuncia la posibilidad de una cantera o minería, surge la oposición vecinal, agabitada siempre por algún partido de los denominados progresistas, esto es, de los que están a favor del empleo. En el ámbito de la energía ocurre otro tanto. Les ofrezco, simplemente, un titular de LA NUEVA ESPAÑA: «La falta de redes eléctricas pone en jaque grandes proyectos industriales en Asturias. El retraso en la ejecución "urgente" de infraestructuras imposibilita el aumento de la producción de zinc en Azsa y el horno de Arcelor en Avilés, entre otros planes». Ya comprenderán ustedes que esa grave carencia supone falta de inversión y de puestos de trabajo. Esas redes, que se han denominado «anillo central» de Asturias, llevan un retraso de más de un quinquenio, retraso que es debido fundamentalmente a la inoperancia de la administración central, pero, asimismo, a oposiciones vecinales y municipales de variado signo, que en algún caso, pero no de forma general, están cargadas de razón. Ahora bien, cualquier nueva estructura relacionada con la renovación energética, la descarbonización, el tratamiento de los residuos, encuentra una oposición sistemática, sen cuales sean sus garantías o su ubicación. Hagan cuenta de los parques eólicos detenidos por la oposición vecinal o municipal, de los parques de baterías (estos, con la ayuda del Gobiernu), de las plantas de depuración de residuos ganaderos. Cuando no hay una oposición de principio por su “maldad” intrínseca, la hay por motivos coyunturales. En general, todo el mundo está a favor de las energías limpias, la descarbonización y de palabrería como “la sostenibilidad”, “la resiliencia”, etc., pero no de esas concretas actuaciones que la permiten, por lo menos, como me gusta repetir, “non na mio quintana”. Algunos precisan, con esa retórica tan propia del progresismo medioambiental: “Estamos a favor de las empresas, pero que no sean contaminantes”. O sea, de los milagros o los imposibles. De lo que no se está a favor en ninguno de estos casos es del empleo, del real, del que puede existir. Y si, además, caemos en el pintoresquismo de que la Universidad reconozca la objeción de conciencia para la participación de los profesores en proyectos militares, llegamos ya al extremo. Por cierto, cuando uno tiene la obligación de participar en algo que no le gusta, dimite, no escapa de su obligación.

Ayer, en La Nueva España: Todo mentiras: van a por ellos.

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                    TODO MENTIRAS: VAN A POR ELLOS

                Todo eso de evitar el despoblamiento del campo, de conservar la actividad en pueblos y aldeas es una auténtica mentira, es más, es un engaño que trata de ocultar la práctica real de las políticas de los Gobiernos, en plural: autonómicos, municipales, el del Estado. Podrán, eso sí, ir a vivir a las zonas que ahora se van despoblando algunos artesanos, unos cuantos autónomos con buena comunicación, algunos robinsones…, pero el campesino-ganadero, aquel que ha venido poblando y ocupando el territorio desde los castros prehistóricos acá, dándole forma, humanizándolo y conservándolo, está siendo perseguido y está llamado a su práctica extinción.

                Esa tendencia tiene una evolución propia y universal: razones económicas y sociales han ido llevando a las villas y a las ciudades a los campesinos desde hace unas cuantas décadas. Es un hecho ya irreversible. Ahora bien, contra aquellos que resisten, ya porque han logrado tener una economía aceptable, ya por razones de vocación, o por ambos motivos, vienen poniéndose en marcha de forma sistemática y continuada una serie de medidas tendentes a hacerles la existencia imposible, a arruinar sus vidas y sus economías o, por lo menos, a incordiarlos en extremo, especialmente a los agricultores-ganaderos de la zona norteña. Recuerden ustedes, por ejemplo, las exigencias sobre la evacuación de los purinos o las múltiples prohibiciones o limitaciones que pesan sobre sus actividades, como el rozar o recoger leña.

                En Asturies ese conjunto de actuaciones contrarias a la supervivencia agrícola-ganadera tiene su muestra ejemplar en el dislate de un parque, el de Los Picos —ampliación del de Pidal—, que se crea con poblaciones dentro y con el aplauso y el entusiasmo de casi —casi, subrayo— todas las fuerzas políticas. Pues bien, desde su creación —incluida la disparatada configuración jurídica supraterritorial inicial, corregida por los tribunales— el parque no ha supuesto más que sucesivos inconvenientes para la población activa y la disminución drástica de esta. Eso sí, algunas inversionucas, con su correlato de favores y votos, han suscitado, en general, el apoyo de las mayorías concejiles.

                La última embestida contra el agricultor ganadero norteño proviene ahora de la conjunción entre quienes agitan el discurso ecologista —tengan o no en él un interés directo— y los partidos llamados progresistas para dar un apretón más al collar del garrote vil con que se lo va acogotando: la gestión del lobo.

                Si ustedes siguen con un mínimo de atención las noticias, verán como son frecuentes y crecientes las noticias de daños al ganado por el lobo y las quejas y desesperación de los ganaderos. Pues bien, hasta ahora existía un plan de gestión del lobo en nuestro territorio que permitía eliminar algunos pocos ejemplares al año, para limitar, al menos, su crecimiento y expansión, plan que se venía ejecutando a medias, con muchos problemas por denuncias en los tribunales de los ecologistas.

                Pues bien, en este momento el Gobierno PSOE-Podemos quiere declarar el lobo especie protegida en toda España, declarándolo intocable. Para ellos, y para sus corifeos del hermano lobo, es el lobo quien está en peligro, no el ganado ni el ganadero, y vienen a aducir que los tan aireados daños al ganado no son tantos, no tienen importancia o se deben a que el ganadero no sabe cuidarlo (si no es que, en el fondo, sospechan que son los ganaderos quienes ataragañan a las reses para cobrar los daños). Los gobiernos de Cantabria, Galicia y Castilla-León y Asturies, que conocen de primera mano lo que pasa, se han opuesto. Pero el Gobierno del Estado ya ha adelantado que no es partidario: “El lobo debe protegerse en toda España, como recomiendan los científicos”.

                La razón de fondo es muy sencilla. Las fuerzas progresistas saben que la ecologista es una religión en alza, cada vez con más votos, digo, más fieles. Y que, por el contrario, el ganadero-campesino es una especie en regresión, que da pocos votos y dará menos y que, además, suele estar más o menos controlada por sus pastores concejiles cuando accede a las urnas.

                De modo que los franciscanos del “hermano lobo” triunfarán sobre los de la “fraternidad entre los hombres” proclamada ya por los romanos en aquel “nada de lo que es humano lo considero ajeno” de Terencio, o en la agitada por la Revolución francesa, que creíamos la modernidad y lo progresista, pero no.

                Por cierto, quien emburrió aquella desafortunada ampliación del parque de Los Picos fue doña María Luisa Carcedo; quien ahora se manifiesta contra las pretensiones de las comunidades norteñas al respecto del lobo, don Hugo Morán.

                Socialistas ilustres, ciudadanos ilustres. Convertientes en consigna del lamento de Plauto y Hobbes: “Homo homini lupus”.