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Lo que piensen de verdá los profesores: esto ye la enseñanza

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(Casi toos, polo menos). Lleeila, que merez la pena:


La carta d'una profesora de Marchena qu'espreceta contra la mala educación de pás y fíos, y de los abusos y la indiferencia de l'Alministración pa colos profesores.




Eva Romero expuso en el Claustro su indignación por la multitud de problemas en la educación

Don Emilio: España no existe

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Emilio Calatayud: «En España no hay término medio, y así nos va con los chavales»

El magistrado de menores de Granada denuncia la «pérdida de autoridad; los padres no pueden ser unos colegas»


Don Emilio, diga usted la verdad, que es más dura: España no existe, lo que existe son los españoles, que son los que toman las decisiones, quienes son cobardes o sensatos, quienes obran bien o mal, quienes se dejan seducir por sus propias logomaquias o quienes quieren ver el mundo como es.
«Los epañoles no tienen (o no tenemos) término medio, y así les va (o nos va) con los chavales». Así, mejor.

La "educación" (o la civilización) de los españoles

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Trescribo equí un artículu de Roberto L. Blanco Valdés, caderalgu de Derechu Constitucional y autor de dellos estudios interesantes, el más reciente sobre l'actual estructura federal del Estáu. L'artículu ye de La Voz de Galicia (Portugal, la civilización y nós), del 17/02/13. El títulu, "Menos mal que nos queda Portugal".


¡Menos mal que nos queda Portugal!

Eran las 11.07 horas del pasado 15 de febrero: el primer ministro portugués, Passos Coelho, se subía a la tribuna de oradores de la Asamblea de la República cuando comenzó a sonar Grândola Vila Morena, la maravillosa composición de José Afonso, contraseña en 1974 del comienzo de la Revolución de los Claveles. Desde una de las tribunas de invitados de la Cámara una treintena de personas la cantaban al unísono, mientras el primer ministro sonreía y la presidenta de la Asamblea solicitaba, muy tranquila, que los invitados mantuviesen silencio o fueran desalojados, lo que se produjo, pasados apenas tres minutos, con absoluta corrección. Mientras, algunos diputados entonaban con sus labios, pero en silencio, la canción que había interrumpido al presidente. Fue todo tan conmovedor y tan cordial con la institución parlamentaria, que Passos no pudo por menos que proclamar sobre la marcha: «De las formas en que los trabajos pueden ser interrumpidos, esta parece la de mejor gusto».

Solo hay que comparar ese incidente, cuyas imágenes pueden consultarse en Internet (http://www.youtube.com/watch?v=M53-cxC8B1E), con los acontecidos recientemente en otros Parlamentos españoles (en el de Galicia o en el Congreso de los Diputados, por ejemplo) para constatar la inmensa diferencia que existe entre un país donde el respeto a las instituciones forma parte de su cultura civil y otro donde la barbarie gana prestigio social a paso de gigante.

En la Asamblea portuguesa cantan el Grândola, mientras en el Parlamento gallego un grupo de energúmenos, convencidos de que sus problemas son los peores que tiene hoy la humanidad, insultan brutalmente a los diputados y a la Xunta y los amenazan de muerte de forma reiterada, sin que el fiscal superior de Galicia actúe de oficio, como es su obligación, cuando se ha cometido un presunto delito de forma pública y notoria.

En la Asamblea portuguesa los llamados al orden por la presidenta de la Cámara abandonan el lugar sin dar ni media voz o hacer un aspaviento, mientras que en el Parlamento gallego o en las Cortes los alborotadores -pues ese, y no otro, es su nombre en castellano- han de ser sacados a empellones en medio de una tangana vergonzosa, mientras siguen insultando como salvajes a los representantes populares.

En la Asamblea portuguesa viejos diputados comunistas, curtidos en mil luchas, acompañan el Grândola en silencio, solo con el movimiento de sus labios, mientras en O Hórreo diputados de la oposición que acaban como quien dice de nacer jalean a los que amenazan de muerte a sus colegas, y los de IU aplauden en el Congreso a los que patean como locos.

En Portugal, su larga dictadura acabó con la Revolución de los Claveles. Aquí con el dictador pensando que lo dejaba todo atado y bien atado. Un contraste. Unos contrastes.

Roberto L. Blanco Valdés


TRES MOMENTAZOS

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                Londres. Juegos Olímpicos. Domingo, 10. Final de baloncesto. Acabado el partido, igualado hasta el final, Kobe Bryant, tras celebrar apenas unos segundos su victoria, se acerca al banquillo español, donde Paul Gasol se encuentra sentado y abatido. El estadounidense le pone las manos sobre los hombros, Pau se pone en pie y ambos se abrazan largamente. Tras Bryant, tras su ejemplo, puestos en fila como quienes se acercan a dar el pésame en un funeral, uno tras otro, los miembros del equipo de EEUU van dando la mano a Gasol. No es un pésame, es, como ha señalado Luis M. Alonso aquí, en La Nueva España, el homenaje del vencedor al derrotado que ha peleado hasta el final, que ha puesto en apuros al muy superior vencedor y que ha constituido —en el sentido no desgastado del tópico— «un digno rival». A mí me ha recordado, entre otros muchos episodios históricos en que los triunfadores muestran su respeto hacia los derrotados, el cuadro de La rendición de Breda, en que el vencedor, Spínola, evita la humillación del vencido, Justino de Nassau. Y en el momento de contemplar la escena sentí un punto de emoción y otro de admiración por el conjunto de virtudes cívicas que en el homenaje del Dream Team a Gasol estaban implícitas y se manifestaban.
                El segundo episodio tiene también lugar en el mismo escenario. La reportera de RTVE Izaskun Ruiz está entrevistando a Usain Bolt, que acaba de ganar los cien metros lisos (y, subrayémoslo, que acude inmediatamente ante una cámara de importancia relativa). De pronto, el campeón gira noventa grados y deja la entrevista. Ella tarda unos segundos en averiguar qué pasa y luego dice «es el himno nacional». La cámara muestra al jamaicano, serio, escuchando, y a Izaskun desorientada, moviéndose a su lado, inquieta como una lagartija. Cuando acaba de sonar el himno —el de EEUU— la reportera le comenta: «Ha sido muy respetuoso con el himno de Estados Unidos». La entrevista concluye y la reportera, entre risas nerviosas, se dirige a los compañeros del plató y exclama: «¡Qué momentazo!» A qué se refiere no cabe duda: no habla de la entrevista ni de Usain Bolt, sino del desconcierto que le ha causado que la dejasen con la palabra en la boca para escuchar un himno. Lo corroboran sus compañeros de plató —un él y un ella— «Sí, qué momentazo», «es lo que tiene el directo».
                Si la primera anécdota dice mucho de las virtudes cívicas de un grupo de estadounidenses, la segunda dice mucho de nosotros. En un país donde se han perdido las virtudes sociales de la cortesía, del respeto y la educación ante tantas cosas, y especialmente ante los símbolos, donde se tiene en lo mismo la bandera de un estado que el pendón de un club de fútbol, donde se escucha con la misma actitud un himno estatal que «Paquito el chocolatero», donde se aplaude y premia a un futuro presidente por mostrarse como un villano ante la bandera de un país o se silba a esa persona, ya presidente, mientras se realiza el homenaje a los soldados muertos, es normal que cunda la desorientación cuando alguien se comporta como una persona normal en otros lugares, es decir, con educación y respeto ante los símbolos de los demás.
  
                El tercer acontecimiento es local y personal, pero también significativo. Colunga. Día de mercado. Encuentro a una vecina, ya de varias décadas de edad, a la que invito a sentarse a mi lado en la terraza en la que estoy, a la espera de una tercera persona. De pronto me enseña el cuello, donde cuelgan dos cadenas y dos medallas. «¿Acuérdeste de que les había perdido y de que les anduve buscando como lloca?». Efectivamente, había estado en su casa y me lo había contado. «Pues aparecieron». «¿Y dónde?». «Pues, ente les dos cames, onde les buscara miles de veces». «Púsomeles allí Diosín». «Bueno, verás, garré a san Cucufato» (ustedes ya conocen la fórmula del rito apotropaico: «San Cucufato, los cojones  te ato, si no me das lo que te pido, no te desato»),« coyí la cuerda y amarré-y, amarré-y hasta que non pude más», me va diciendo mientras sus manos hacen el gesto de apretar y dar vueltas y los labios se comprimen en señal de esfuerzo, «y dixe-y: y si nun paez, vengo y apriétote más». «¡Oye, y aparecieren lluegu, onde buscara venti veces!». «Y claro, entós fui y di-y les gracies y desamarrelu».

                Y, mientras reitera su relato, me ensimismo y pienso que es una lástima que no podamos realizar algún rito propiciatorio semejante a fin de solucionar la crisis, y que se solventase así. Pero, además, pienso, ¿a quién, en concreto, íbamos a ensogar? Es entonces cuando aparece de pronto mi trasgu particular, Abrilgüeyu. Se sienta en la silla de la derecha de mi vecina. Lleva la montera un poco torcida y en los coloretes de sus papos y en el brillo de sus ojos se percibe que hoy, día de mercado, ha debido ya realizar algunas libaciones de sidra.
                «Te propongo un negocio», me dice. «Hacemos una estatuilla de la Merkel con ese fin y las vendemos por millones. ¡Con la manía que le tiene la gente, que le echa la culpa de todo!» Le digo que es un disparate, y que, sobre serlo, las partes pudendas de doña Ángela no son partes fácilmente amarrandas, por más que se diga que los tiene como el caballo de Santiago. «Eso es igual», me objeta, «lo importante es atar la cuerda por ahí, y, sobre todo, la formulilla recitativa». «Y si acudimos al asturiano ganamos más en eufonía, escucha: «Ángela Merkel, el (equis) te ato, si no solucionas la crisis no te desato». Escandalizado le digo un «¡quita, quita!», «además, igual nos metemos en un lío fenomenal con el expresidente de Bankia y del FMI. ¡Menudo lío!»
                «¡Bueno, mejor! Así amarramos dos pájaros —y nunca mejor dicho— de un tiro. Piénsalo bien, nos haríamos ricos, ¡con la manía que todo el mundo mira a la alemana y con las ganas que tienen de que ocurra un milagro!». Y, con su descaro habitual, birla la copa de una mesa vecina y la acaba de un trago. Devuelve el recipiente vacío, se vuelve hacia mí y me dirige una mirada cínica:
                «¿Crees, además, que nuestra fórmula iba a ser más inútil, estúpida o milagrera que la mayoría de las fórmulas con que los economistas y los gobiernos intentan solucionar el problema? ¿Que esas fórmulas tienen menos de recitado mágico que la angelacucufatesca nuestra?»

                Aviso a mi vecina de que es hora de largarnos, antes de que Abrilgüeyu acabe por convencerme.

La bestia humana

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«Nos insultaban y nos llegaron a tirar piedras, mientras esperábamos a las unidades de apoyo para apagar el fuego». Así es como los vecinos de Yátova, un pueblo entre Castellón y Valencia, recibían a los bomberos que venían a salvar sus bienes, su paisaje, y, acaso, sus vidas.

Inmediatamente, al leer la noticia, he recordado sucesos parecidos que ocurren con frecuencia, por ejemplo, las noches de los viernes y los sábados. De entre ellos, ha dejado en mí impronta imborrable uno sucedido en la madrugada del 9 de noviembre de 2002. Un conductor entró a toda velocidad en una zona peatonal de copas de la capital asturiana y llevó por delante a más de treinta personas, algunas de ellas heridas de consideración. Cuando los sanitarios y la policía acudieron en auxilio de las víctimas y a tratar de poner orden en el caos, sufrieron el ataque de los circunstantes. «Llovían vasos y botellas por encima de nuestras cabezas. Peligró nuestra integridad física» —manifestó uno de los agentes—. Y, mientras tanto, algunos se dedicaban a rajar las ruedas de las ambulancias y a insultar y amenazar a los sanitarios.

Es «la bestia humana». No la «bêtise», la fatura, la estupidez humana, tan infinita, sino más, como el universo, según Einstein, y de la cual pretendía convertir Flaubert Bouvard et Pécuchet en una especie de enciclopedia. No, no la «bêtise»: la «bestia humana», el comportamiento animal que seguramente emerge de nuestro arqueocerebro, de nuestro cerebro reptiliano, donde se procesan y cuecen los odios, las filias, la agresividad, las fobias.

Pero no crean ustedes que este comportamiento bestial ocurre solo en circunstancias extremas o en estados de excitación de drogas o alcohol, es el mismo que brota en ocasiones en algunos grupos de forofos futbolísticos, idéntico al de los padres que insultan descontroladamente o pegan al entrenador porque no alinea a su hijo en el equipo infantil o al árbitro porque no ha pitado un hipotético penalti a favor de sus tiernos infantes.

Más aun. En personas que, aparentemente, se mueven en los ámbitos de la cortesía y la educación, en personas que se definirían así mismos como petronios de la respetabilidad, brota a veces un impetuoso chorro incontenible de bestialidad. Muestra reciente, la del coloquio organizado por la Universidad Católica de Ávila sobre el humanismo, en el que participaban el cardenal Antonio Cañizares y el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. Al comienzo, una parte del público («feos, católicos y sentimentales», supongo, y, por añadidura de clase media y alta) empezó a abuchear e increpar a este último, hasta el punto de que el cardenal hubo de pedir respeto con estas palabras: «Hemos venido a hablar de humanismo, y el humanismo exige respeto a las personas».

Esas actitudes de bacantes destrozando a Penteo, esa materialización de la troquelación shakespeariana de la vida como «un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia» no es de ahora, sin duda, sino de siempre (basta con mirar a la democracia griega clásica o a su literatura para verlo), pero en los últimos tiempos, a mi entender, se ha agravado porque en una gran parte de la sociedad su «yo» ha sufrido una notable infatuación, mediante una doble anomalía óptica: por un lado no perciben otra realidad sino la vista a través de la lente de aumento de «sus derechos»; por otro, una especie de cataratas discursivas hacen que el estado y sus servidores sean percibidos no como los dispensadores de los servicios de que la sociedad se dota a sí misma, sino como una especie de «oscura turba de nocturnas aves» depredadoras.

Envueltos así en una especie de vesícula aisladora como aquellas en que El Bosco envolvía a sus personajes, esos yos suman a la agresividad innata de la especie la moderna añadidura de la elefantiasis de su solipsismo antisocial.

Sobre inquietante, esa realidad produce el sobresalto, cuando se piensa en ella, de que muchos de esos ciudadanos conviven con nosotros con la apariencia de normalidad, trabajan con nosotros, son nuestros familiares o nuestros amigos. Y de que su condición de enemigos íncubos de la democracia —que es, ante todo, diálogo, tolerancia, respeto, convivencia— no impide el que con su voto decidan el destino de nuestra sociedad cada pocos años.

La bestia humana

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Esi ñiciu del nuestru raigón reptilianu, esi comportamientu de besties que desurde tantes vegaes y en tantes manifestaciones de la vida. Incluso en persones que podemos suponer educades y estudiaes, de clase meya o alta, con perres y con una ocupación que debería ser exemplar.

Asina Andrea Fabra, la fía de Carlos Fabra, col so "¡Que se jodan!" nel Congresu. ¡Qué más da que imprecase a los del PSOE o a los paraos! Lo execrable ye'l xestu, la so pasión, el so voceríu, la xestualidá del so cuerpu, y too ello, nel sitiu onde s'alluga, el Congresu, y represnetando lo que representa, los ciudadanos.

Lo peor ye eso, l'aprucimientu nella de la bestia humana, del anubrimientu del logos, de la pulsión reptiliana, de la bestia humana.


¡Esta Andrea Fabra!

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Y como diría mio güela. "!Paez mentira pa ella, una rapaza tan curiosina y tan de bona familia! ¡Non si les más mosquines muertes son munches vegaes les peores!"


Et in Arcadia ego

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Nel campu la ilesia de Duz, San Xuan, onde saco delles vegaes semeyes de guapes flores. Como no podía ser menos, ehí tán les muestres del pasu de los nuestros rapazos, "la xeneración más preparada qu'inxamás tuviéramos", xente normal, por otra parte, non especialmente gafo, per otru llau, pero, munchos d'ellos, con poca sensibilidá pa tolo que nun sea "yo", "yo", "yo".


Y, como se ve, toles perres gastaes na escuela, en rollos de mediuambiente y n'educación mediuambiental, en pinturines, cuadrinos, llantación d'arbolinos y otres caxigalines; too ello, ná de ná, pólvora y fumu, pómpares de xabón. O sea, una invitación más a la reflesión sobre la educación, les mentires sobre los efectos que-y atribuimos y les perres que se tiren nella.

El fútbol, los males d'Asturies y la mala educación

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L'episodiu de les faltosaes y babayaes de dos xugadores del Uviéu nel balcón del Ayuntamientu de la capital, insultado al Presidente del Gobiernu, señor Areces, a Xixón y al Sporting son eso, faltosaes y babayaes, pero desurden un mal más profundu.

En primer llugar, denoten la falta de xacíu, de séntíu común, de dambos futbolistes: hai coses que -entá diciendo babayaes o siendo groseru- pueden emitise n'algunos sitios o ámbitos, pero non en otros, de más prestancia, solemnidá o representación. Dicho con claridá, ún puede rutiar cuando ta solu en casa, pero facelo nuna comida ente amigos ye una grosería; y si ye yá nuna cena de gala, dizlo too sobre'l que lo fai.

Per otru llau, lo que fain les sos palabres nun ye más que repetir espresiones y conductes inciviles que son tan frecuentes ente esa magaya que ye un parte pequeña (pero parte y sonora) de los espectadores que se mueven na rodiada del fútbol (del Sporting, del Uviéu y de tolos clubes de fútbol): una conducta y una visión del mundu enfermos, y daqué peor entovía.

En tercer llugar, eses faltosaes traducen l'espíritu de corripia (yá al marxen del fútbol) qu'apreta y afuega a tantos asturianos, que creen que lo que nun ye'l so pueblu nun esiste (o que ye l'enemigu), y que constituye, esi espíritu de corripia, ún de los grandes problemes de los asturianos, polo que somos incapaces de xuntanos, de venos como un conxuntu, y que nos lleva, como consecuencia d'ello, a que nun nos faga casu ningún gobiernu y a que'l restu d`España nun sepa de la nuestra esistencia, coles consecuencies obvies en riqueza y empléu.

Finalmente, tanto l'Ayuntamientu d'Uviéu, como Gabino de Lorenzo tán teniendo un comportamientu mui inaceptable al venir a dar cobertura a eses conductes inciviles mediante'l procedimientu de venir a buscar causes "oxetives" pa ello. Nada xustifica l'insultu al Presidente Areces, anque esti actuase, a la fin del partíu del Sporting, como un Berlusconi cualquiera sentándose nel llugar del entrenador pa les ruedes de prensa; nada xustifica l'insultu al Sporting, nada los destrozos.

Por cierto, y anque soi yo'l másimu críticu de la TPA pol so antiasturianismu y el so desconocimientu d'Asturies, tó decir que'l tratamientu que dio a los dos partíos, el del Uviéu y el Sporting fue esquisitu y esquisitamente igual, y que, por una vegada, fízolo bien, al menos, nesi aspectu.