Belarmineros vergonzantes


En la lucha daba saltos / jabonados de delfín

Uno de los principales rasgos de identidad de la izquierda es, pese a la autoproclamada voluntad cientifista y aun materialista, su fuerte impronta metafísica, su resistencia a tratar con la realidad y a afrontarla tal como es. Pueden ustedes comprobarlo al discutir, por ejemplo, en las circunstancias actuales, sobre los recortes y el déficit. La postura más extendida es la de oponerse a ello, afirmando, de un lado, que no es necesario y, de otro, que se trata de «derechos (inalienables)». Como si la realidad de nuestras dificultades para financiar el gasto no estuviese ahí y como si existiesen derechos prepolíticos (en el ámbito personal y jurídico) o devengos que pudiesen ser tales cuando no hay dinero o medios para hacerlos efectivos.

Pero aun cuando se avienen a reconocer que es necesario reducir el gasto y el déficit —lo que no es común—, entran entonces en un largo proceso argumental y discursivo que trata de evadir tanto la realidad como el pensamiento concreto. Nunca oirán ustedes «pues mejor que subir un tanto el IRPF es mejor aumentar un cuánto la recaudación por IVA», u otras propuestas mensurables. No. Ante cualquiera medida se argumenta siempre que «hay otros sitios donde recortar», sin que nunca se exprese cuáles son esos «sitios». Si se consigue urgir a que se concrete dónde retajaría el interlocutor, el pensamiento empieza a proceder en el modo que se podría describir perfectamente con los versos de Lorca arriba citados, «en la lucha daba saltos / jabonados de delfín». El interlocutor se escurre del abrazo de lo concreto y da saltos en su discurso de argumento en argumento, de tópico en tópico, cual libélula alloriada: Wall Street, los banqueros, Angela Merkel, los eurobonos, el neoliberalismo, la globalización (nunca el capitalismo «comunista» chino, nunca el petróleo y las reservas en dólares de los árabes)… Y, sin embargo, cuando acaban su alado discurrir, el problema, al igual que el dinosaurio monterrosiano, sigue estando ahí: cómo hacemos para pagar lo que no tenemos con qué y cómo, al modo de la Epístola Moral, «igualamos con la vida el presupuesto».

Otra muestra de la fuerte condición metafísica de la mayoría del pensamiento de la izquierda occidental es su permanente expectación ante la parusía o apocalipsis. De forma sucesiva, e igualmente decepcionada, la izquierda siempre espera el santo advenimiento que vendrá a librar al mundo de sus males. Si ustedes dirigen la vista a lo próximo, era don Vicente Alberto Álvarez Areces el que nos abriría el Mar Rojo hacia la tierra prometida, y hemos acabado casi ahogados. Si cambian de ámbito y recuerdan, fue en su día el señor Miterrand —quien sumergió la economía francesa en el caos— el que traería el socialismo a la sociedad capitalista; vino después Obama, quien iba a cerrar Guantánamo (silencio absoluto), y acabar con las guerras de Irak y Afganistán (que concluyen cuando estaba previsto por la administración Bush, por cierto, y donde seguirá la presencia militar estadounidense, pero silencio también); en nuestro país fue don José Luis Rodríguez Zapatero —libera nos, Domine— el que nos iba a conducir a la felicidad terrenal eterna. Ahora, todos los ojos se dirigen al nuevo santo advenimiento, que va a remediar todos nuestros males, el de monsieur François Holland… Y, así, hasta la próxima decepción, el próximo olvido y la próxima espera en éxtasis de la parusía.

«Natura non facit saltus», dice el adagio clásico. Es posible. Pero quien sí realiza piruetas y triple saltos mortales, más imprevisibles aún que los de ciertas partículas subatómicas, es el pensamiento sedicente de izquierdas. Resulta fascinante seguir, por ejemplo, la argumentación de quienes no quieren «someterse a los mercados» (esto es, quieren que les presten pero sin intereses o al interés que decida el prestatario), declaman que debemos rebelarnos ante la exigencia de que devolvamos la deuda, se les da un ardite el déficit, rechazan la política monetaria (por escasamente expansiva) del Banco Central, desprecian los riesgos de inflación, exigen que las instituciones den a la máquina de los euros, etc. En una palabra, lo que están pidiendo en realidad es salirse del euro y emitir moneda propia sin límites, a fin de que el estado inyecto dinero inflactivo en la economía, pague la demanda de gasto social sin tasa, financie proyectos de inversión pública sea cual sea su utilidad, costo o uso. Pero cuando se los lleva a ver que la conclusión lógica de sus propuestas políticas, y la única forma real de realizarlas, es salir del Euro, practican la marcha atrás (argumental) y vuelven a la cantinela inicial: Angela Merkel, globalización, Banco Central, eurobonos, derechos (inalienables), negativa a someterse a los mercados, rechazo a solventar los problemas de la banca…

Y en estas líneas estoy cuando se aparece mi trasgu particular, Abrilgüeyu. Lleva en sus manos una estampilla de juguete y se divierte acuñando papeles.

—En realidad —me dice—, lo que desean es emitir belarminos otra vez, pero cuando se enfrentan al significado de su propio discurso no se atreven a evidenciarlo ante sí mismos.

—«Belarmineros vergonzantes». Tal es el nombre que les cuadra. Puedes usarlo si te apetece.


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